Diario Sur

Contra la vanidad

Tres de las obras que forman parte de la exposición de Miguel Gómez Losada.
Tres de las obras que forman parte de la exposición de Miguel Gómez Losada. / SUR
  • La pintura de Miguel Gómez Losada ha sufrido un proceso de depuración consistente en eliminar lo otrora necesario y hoy superfluo. Ello no es óbice para que mantenga cierto preciosismo

Si la pintura de Miguel Gómez Losada (Córdoba, 1967) es, ante todo, un ejercicio de evocación y recuerdo, al recorrer ‘Palo Tambor’, en la Galería Yusto/Giner, aquellos visitantes que presenciaran su anterior exposición en este mismo espacio podrán, quizás, rememorar uno de los pocos óleos sobre lienzo que colgaban en aquella ocasión: ‘Cajita rusa’ (2014). Esa suerte de viaje o itinerario que puede nacer para unir esta exposición con aquella pieza no responde en modo alguno a una cercanía temática –ambos conjuntos son ciertamente lejanos–, como tampoco a una proximidad estilística. Esa suerte de nexo descansa en algo, tal vez, más intangible, aunque se revela en lo formal: quedan conectadas por una misma intención, por un mismo ‘sentir’ respecto a la pintura.

Esto es tanto como decir que en aquella caja representada, abierta y vacía, se hallaba probablemente la ‘semilla’ de las 16 pinturas que el artista presenta ahora. Si me apuran, aquel vacío adquiere, a la luz de estas obras recientes, cierto sentido metafórico. Si bien aquella rotunda pieza estaba pintada en su integridad y las actuales conceden una importancia determinante al blanco del fondo, acentuado por recurrir Gómez Losada al ‘non-finito’ y no definirlas en su integridad, comparten, sin embargo, una aplicación del color firme y con afán constructivo, casi arquitectónico. Es decir, zonas de color sin gradación, aunque tampoco propiamente planas, que ayudan a mantener la imagen al tiempo que la desnudan de cualquier exceso.

Pero esa eliminación de lo que ahora parece sobrante no significa que la pintura del cordobés se haya convertido en gráfica –nada sería más fácil–, ya que mantiene el pictoricismo; esto es, el gusto por las capacidades texturales y sugestivas del color y de la propia materia pictórica. Bastaría poner como ejemplos la falda verde del personaje femenino que centra una de sus grandes piezas, con sus matices lumínicos que nos trasladan calidades textiles y táctiles, o el brochazo –por no decir barrido– que se transforma en algunas obras en auténtico suelo de madera con sus vetas. El paso de la brocha que deja su rastro se convierte instantáneamente, como si se transubstancializase, en aquello que representa, aunque sin negar su naturaleza pictórica.

‘Cajita rusa’ era una obra ciertamente singular en el conjunto de su anterior muestra. Gómez Losada no nos hace viajar ahora, como entonces, a través de la evocación. Sus obras han dejado de ser evocaciones y no se constituyen en ambientes o atmósferas que nos introduzcan y nos arropen en otro tiempo, el de lo vivido que es sugerido. Ya no están aquellos papeles trabajados en casi toda su superficie, aunque leve y desvaídamente, como si la sutil y casi delicuescente materia pictórica fuera una sustancia que nos atrajera y en la que quedáramos atrapados cual tela de araña. Ha desaparecido también aquella narcótica dulzura pictórica, aquellos colores apaciguados que venían con su manto cromático a generar una sensación de ensoñación –algunos de ellos parecían estar próximos al sepia, que simboliza, merced a la fotografía antigua, la remembranza–. En cambio, ahora estas obras son como ‘flashes’, como fogonazos de un recuerdo.

Pero a pesar de esa distancia, fruto de una constante búsqueda y posicionamiento en contra de lo acomodaticio, las obras siguen poseyendo esa cualidad de recuerdo, casi de viaje a otra época que parece luchar por hacerse presente en las telas de Gómez Losada. La aparente indefinición de algunos fragmentos de las figuras o la importancia del vacío (el blanco en este caso), le sigue otorgando a su pintura esa cualidad memorística y de remembranza. De hecho, algunas de esas imágenes se nos muestran como restos arqueológicos, como registros de un tiempo –su imaginario se alimenta, en buena medida, de escenas de la música de décadas pasadas– que subsisten habiendo perdido definición y su integridad, especialmente los detalles, merced a ese tiempo transcurrido que los borra.

Podríamos decir que su factura pictórica es absolutamente semántica, pues en esa reducción o en esa economía de la imagen que desarrolla se genera, en gran medida, el significado y puede que se deslice cierta definición de la propia pintura. Algunos procesos de maduración conducen a una concentración y a la adquisición de intensidad, a una suerte de ‘deshidratación’ que lleva a eliminar gradualmente lo prescindible, lo otrora necesario y hoy superfluo. Ése parece ser el caso de Gómez Losada. Tanto que su pintura actual es pura economía de la imagen y de la factura pictórica. El pintor no da un brochazo de más. Pareciera que pinta contra la vanidad del propio creador, como si el primer paso consistiera en refrenar el impulso por sumar, por mostrarse derrochando virtudes y capacidades. En definitiva, operar contra la vanidad y quizás contra la banalidad de ese derrochar. Contención pudiera ser un buen término para definir su actitud, pero, si atendemos a su proverbial preocupación por situar su ejercicio dentro de unas coordenadas de la tradición pictórica española, ascetismo podría ser otro concepto válido para referirse a una práctica volcada a cierta desatención al exceso de lo material; incluso senequismo pudiera ser afín debido a ese dominio pasional que evidencia Gómez Losada. Para éste, la posibilidad de comunicación a través de la pintura parece descansar en ‘decir-mejor’ en lugar de ‘decir-más’; el exceso no asegura una correcta comunicación, la anhelada conexión entre obra (artista) y el receptor.