Diario Sur

Los precursores del arte pop disparan en el Pompidou de Málaga

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Dos visitantes contemplan el retrato-relieve de Arman realizado por Yves Klein / Salvador Salas

  • La franquicia del museo francés dedica su nueva exposición temporal al Nuevo Realismo

«Disparé porque quería ver sangrar y morir el cuadro». Niki de Saint Phalle y Jean Tinguely habían colocado sobre una tabla de madera una capa de yeso. De ahí colgaban diversos objetos y bolsas llenas de pintura. Luego apretaban el gatillo y el cuadro se convertía en un paredón acrisolado. Ahí está Niki, en medio del descampado y de la imagen, amartillando un rifle sobre su cadera izquierda. Junto a ella, oscuro, de oscuro, Jean, apuntando al cuadro blanco con una pistola. Ahí están los dos en la portada del catálogo. Ahí está ‘Tir’ (1961), el tablón agujereado como un San Sebastián sangrante de pintura multicolor, la obra de Niki de Saint Phalle incluida en aquella serie, ‘Disparos’. Una pieza como el eco de una detonación en las paredes inmaculadas del Centro Pompidou Málaga.

Cuadros hechos a balazos, con un lanzallamas, con lámparas de tubo y los restos de una cena. Obras a partir de trozos de carteles arrancados de las paredes. La nada envuelta con tela y cuerdas. El llamado Nuevo Realismo, la corriente que hace medio siglo plantó cara al esteticismo de la pintura abstracta que parecía marcar la pauta. Un grupo reivindicado ahora por el Centro Pompidou Málaga como precursor del arte pop que haría explosión poco después. A ellos dedica la franquicia su nueva exposición temporal y uno de ellos, Jacques Villeglé, autor de collages a partir de carteles reciclados, hacía memoria ayer en la filial malagueña: «Queríamos crear una belleza nueva... Como hacía Picasso, que por la mañana hacía pintura clásica y por la tarde rompía todos los moldes».

A sus 90 años, la voz de Villeglé suena dulce y apacible. A sus 90 años recuerda los detalles, las anécdotas, con el entusiasmo de aquellos días, hace más de medio siglo, en París. Allí, en junio de 1959, Villeglé colocó varios carteles que había despegado de los muros de las calles en el suelo del piso de Françoise Dufrêne. Quería que la gente los pisara, los rasgara con las suelas de sus zapatos. Aquella alfombra multicolor quedó bautizada como ‘Maillot Carpet’ y ahora cuelga de las paredes del Centro Pompidou Málaga.

Es una de las piezas que compone un proyecto que saca pecho a este lado del Atlántico. En la otra orilla, artistas como Robert Rauschenberg, Jasper Jons y John Chamberlain participaron de aquella mirada sobre el lado poético de la realidad. Sin embargo, la franquicia malagueña del Pompidou se detiene en los representantes franceses del Nuevo Realismo con el argumento de que su propuesta resultó «especialmente innovadora» debido a «su diversidad de planteamientos y radicalidad de propuestas».

El director del Museo Nacional de Arte Moderno del Centro Georges Pompidou, Bernard Blistene, lo resumía ayer en la franquicia: «Es muy importante que desde un punto de vista europeo se aborde un movimiento que parte de la voluntad de adelantarse al movimiento norteamericano y que reúne a artistas de varias nacionalidades. La fuerza de este colectivo (...) se centra en la diversidad de los artistas que lo componía. Es un movimiento de inventores. Me gustaría tener esta exposición en el Centro Pompidou de París».

«No se ha visto en ninguna parte lo que se va a ver aquí. Estamos celosos...», había deslizado antes el director general del Centro Georges Pompidou, Denis Berthomier, en alusión al montaje que reunirá hasta el próximo 25 de septiembre una selección de 15 piezas de autores como Yves Klein, Raymond Harris, Daniel Spoerri y Christo. Este último y Villeglé son los únicos representantes de aquel grupo que siguen con vida. Villeglé visitaba ayer la exposición y volvía sobre los pasos de aquel colectivo que basaba su propuesta en el reciclaje de materiales y técnicas para componer una obra mestiza y, por momentos, rabiosa.

La reacción de Villeglé y los suyos consistió en un arte de acción, a pie de calle, que tomaba elementos como los carteles de las paredes, las bombillas usadas o el propio calor del fuego para elaborar obras en busca del lado poético de la realidad cotidiana. Ahí están los tubos de neón riéndose de la Estatua de la Libertad que saludan al visitante nada más poner el pie en la exposición. Es 'America America' (1964) de Martial Raysse y convive con la sobria 'Declaración constitutiva' del Nuevo Realismo' escrita a mano por el crítico Pierre Restany sobre un papel azul. “Nuevo realismo = nuevos enfoques perceptivos de lo real”, lanza el manifiesto que ocupa la primera estancia del montaje.

«La creación del Nuevo Realismo consistía en reunir a personas diferentes que hacían cosas diferentes. (… ) En nuestra época teníamos que romper con todo lo que había», esbozaba el autor sobre los años posteriores a la segunda Guerra Mundial en los que empezó a cuajar el proyecto comunitario. «Al salir de la guerra, la censura intelectual completa que habíamos vivido nos obligaba a romper con los moldes. A los 17 años encontré un libro y pude conocer a Picasso y obras surrealistas que durante la guerra no se veían por ninguna parte, no se podía hablar de ellas. No sabía qué quería hacer, pero quería hacer una revolución intelectual y cuando llegas a los años 50 te preguntas qué queda por hacer», apostillaba Villeglé.

La reacción de Villeglé y los suyos consistió en un arte de acción, a pie de calle, que tomaba elementos como los carteles de las paredes, las bombillas usadas o el propio calor del fuego. Ahí están los tubos de neón riéndose de la Estatua de la Libertad que saludan al visitante nada más poner el pie en la exposición. Es ‘America America’ (1964) de Martial Raysse y convive con la sobria ‘Declaración constitutiva’ del Nuevo Realismo’ escrita a mano por el crítico Pierre Restany sobre un papel azul.

«Nuevo realismo = nuevos enfoques perceptivos de lo real”, lanza el manifiesto que ocupa la primera estancia del montaje. A la vuelta de la esquina esperan los collages a partir de carteles urbanos elaborados por Françoise Dufrêne, Raymond Hains y Jacques Villeglé. Esa misma vocación de reciclaje surge en los ensamblajes de Arman, representados aquí con ‘Miaudulation de fritance’ (1962), elaborada a partir de lámparas de tubo. O el ‘Bajorrelieve’ (1961) realizado por César a partir de trozos de carrocería de coche. Obras casi suntuosas, como ‘Pilot link’ (1961-64) donde Gérard Deschamps reutiliza la tela de carteles publicitarios japoneses como lienzo sobre un bastidor.

Pintados a fuego

Yves Klein echó mano de un lanzallamas para elaborar su serie ‘Pinturas de fuego’ aquí presente con la enigmática suelta en sombra quemada de ‘F74, Peinture de feu sans titre’ (1961). Más acciones. Daniel Spoerri organizando comidas temáticas por países en la Galería J de París, allá por 1963. La sala se convertía en un restaurante, los camareros eran críticos de arte y la mesa, tal y como quedaba justo después del ágape, se convertía en obra de arte, pegada a modo de cuadro, de naturaleza más viva que muerta, sobre la pared. Ahí tienen ‘La comida húngara’ para comprobarlo.

Y es justo esa «dimensión de performance» del Nuevo Realismo lo que reivindicaba ayer la comisaria de la muestra, Sophie Duplaix, quien acotaba: «Este movimiento se desarrolló con gran originalidad y es precursor de los americanos, aunque puede que no haya tenido tanta resonancia internacional».

Resonancia. El eco de un disparo a ras de suelo, en medio de un descampado, al corazón del arte.