Arte para dar voz a los refugiados

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Algunos de los chalecos utilizados por los refugiados. / Fernando González

  • El Museo Jorge Rando estrena la exposición 'Punto quebrado, las huellas del éxodo'

Que la vida imita al arte resulta, cuando menos, discutible. Sobre todo hoy, justo hoy, cuando entra en vigor el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía para que este Viejo (y desmemoriado) Continente empiece a deportar a los refugiados que arriban a sus costas huyendo de la miseria y de la guerra. La vida no imita al arte. Más bien al contrario, justo hoy, sobre todo hoy, en las salas del Museo Jorge Rando, que a la vuelta de la escalera que lleva a su tercera planta ofrece un puñado de chalecos mal llamados salvavidas, porque no flotan. Los venden las mafias a los desesperados en busca de un futuro. Pero no flotan, se hunden y, con ellos, quieren los llevan y así en las orillas griegas se amontonan esos chalecos que son trampas como las cruces en un cementerio bajo el mar.

Amalie Leschamps estuvo como voluntaria en Lesbos (Grecia) y después de muchas gestiones consiguió hacerse con algunos de esos chalecos, sobre los que ha tejido parches donde pueden leerse algunas palabras: “cuotas”, “Egeo”, “socorro”... Forman parte de 'Grito ahogado', la pieza que recibe al visitante como un mazazo mudo en 'Punto quebrado, las huellas del éxodo', la exposición que acaba de inaugurar el Museo Jorge Rando sobre la tragedia de los refugiados.

A Leschamps le brota una lágrima mejilla abajo cuando recuerda sus días junto a los desterrados de la Tierra, cuando se muerde el labio después de recordar, hoy, justo hoy, que España sólo ha acogido a 18 refugiados, casi los mismos chalecos que hay desplegados en el museo de El Molinillo. “Tenemos la huella ahora mismo y va a ser una losa para todos los europeos si esto sigue así”, vaticina Leschamps con un hilo de voz.

Porque el hilo teje el discurso de 'Punto quebrado...', que reúne las propuestas del colectivo Arte de la Fibra, cuyas creaciones unen arte y artesanía para, partiendo del tejido y de la costura, adentrarse en terrenos como la instalación, el vídeo o la pintura. De este modo, el Museo Jorge Rando cita hasta el próximo 4 de junio, en colaboración con la empresa de gestión cultural ID Arte, a diez creadores en cuya obra “el tejido traspasa su uso funcional para desarrollar su sentido artístico”, en palabras de la directora del museo malagueño, Vanesa Díez.

Los parches tejidos por Leschamps sobre los chalecos se enfrentan así al vídeo 'Sonidos ahogados' de David Catá, donde muestra la parte más característica de su trabajo: sus obras cosidas con aguja e hilo sobre su propia piel. El resultado aparece en las fotografías 'Mi vida a flor de piel' (2013), colocada junto a la instalación a partir de anzuelos y sedas de pescas ''Existir é resistir' (2008) de Maribel Domenech.

Justo al lado, tres delicadas esculturas a partir de mallas metálicas a cargo de María Ortega y reunidas bajos el título 'El abrazo' (2013). Las manos ofrecen un relieve acogedor, casi cálido, contrapuesto aquí con 'Detiene o acoge' (2015) de la misma autora. La serie de Ramón Iglesias 'Apariencias errantes' (2016) recuerda a los juegos visuales de Chema Madoz al convertir una corbata en una espada, un cuello de camisa en una soga o una pajarita en un martillo.

También sutil otra serie, 'A-mnesia' (2013), donde Concha Romeu entrelaza retratos de personas cuyos apenas se atisban. También oculta la mirada en 'Tríada' (2007) pintada sobre tela de saco por Cristina Gámez.

Y justo al lado, las esculturas de María Muñoz, donde unas manos blancas cobijan un nido, una casa. Y esas ramas secas como espinas duelen hoy. Sobre todo, hoy.