Antonio Herráiz: veinte años de belleza útil

Antonio Herráiz posa en el interior de su estudio, situado en la zona de La Malagueta.
Antonio Herráiz posa en el interior de su estudio, situado en la zona de La Malagueta. / Salvador Salas
  • El estudio malagueño cumple dos décadas como pionero del diseño gráfico y la identidad visual

  • Herráiz ha permanecido muy vinculado a la actividad cultural a través de trabajos para museos, teatros y editoriales

'Por querer vivir mejor / nos fuimos AY! a Madrid, / y por la misma razón / a Málaga AY! nos volvimos. / Se me antoja que este asunto / de vivir mejor AY! o peor / es, ciertamente, un problema / de difícil AY! solución'. El poema está impreso en un díptico marrón claro, acompañando a una fotografía en la que aparecen sonrientes Antonio Herráiz, su mujer y su hijo mayor, los tres a lomos de una motocicleta recién comprada, matrícula: MA-3131-AY. Las dos letras del final de la placa sirvieron a Herráiz como excusa para componer los versos de la tarjeta con la que quiso anunciar a familiares, amigos y conocidos su regreso al sur. Y en ese tarjetón, realizado hace más de 25 años, quizá resida la esencia de su trabajo como diseñador: simplicidad, belleza y eficacia.

Antonio Herráiz ya es una marca, como esa que él mismo y su equipo se encargan de vestir con letras, imágenes y, sobre todo, ideas. Y en ese afán, su estudio ha cumplido dos décadas como pionero del diseño gráfico y de la identidad visual en España.

El sello de Herráiz forma parte de la vida cotidiana de cientos de miles de personas –en el sentido literal de la expresión–, aunque los destinatarios no sepan que suyos son, por ejemplo, la rotulación de las calles del Centro Histórico de Málaga o el aspecto de las tarjetas de crédito de Unicaja. Sin embargo, es en el ámbito de las industrias culturales donde Herráiz ha desplegado su fina y serena creatividad.

El Teatro Cervantes, el Museo del Patrimonio Municipal y el Centro Andaluz de las Letras son algunas de las instituciones culturales que le deben su identidad visual. A ellas se unen compañías como la aceitera Hojiblanca o el grupo ORP, al que colocó sin mucho convencimiento una hormiga que entusiasmó tanto al cliente que se ha convertido en su santo y seña iconográfico.

«El buen diseño tiene que ser simple», sostiene Herráiz (Málaga, 1953), que predica con el ejemplo a través de composiciones donde la tipografía suele jugar un papel protagonista. «No debería haber intención de firma, pero todos tenemos nuestra venilla de artista...», concede Herráiz, que ofrece una buena muestra de esa «venilla» en el cuadro que hay justo tras él. Lo pintó a principios de los 80, años en los que llegó a mostrar sus creaciones en la sala de exposiciones de la Diputación Provincial.

«Llegué a este mundillo de rebote, estudiaba Turismo y empecé a pintar por puro placer, ingresé luego en Bellas Artes y de ahí me fui dirigiendo al diseño de manera natural», recuerda Herráiz. «Es importante la belleza», desliza. Una belleza que, en su caso, debe ser útil para cumplir su cometido. «Cuando me hablan de diseño y de su función práctica, a menudo pienso en ese cartel que aún hay en muchos ascensores que recordaban que los niños no deben viajar solos y que luego se pintaban y transformaban para decir justo lo contrario. Sin ánimo de ofender, me parece un rótulo un poco horrible. Que el diseño sea útil no significa que tenga que ser árido, poco atractivo, más bien todo lo contrario», defiende.

Historia de la ciudad

Herráiz ha puesto en práctica esa máxima de la belleza útil en carteles, tipografías, diseños editoriales y multitud de proyectos y soportes. Una trayectoria que encuentra uno de sus territorios predilectos en el ámbito de la cultura. Porque a través de sus creaciones puede seguirse sin apenas zonas de sombra la historia cultural de la ciudad de las últimas dos décadas. Desde aquellos carteles promocionales de los ciclos en el Teatro Cervantes de mediados de los años 90 que había que cambiar cada semana hasta los reclamos de ‘Días de verano’, la exposición que en la actualidad puede verse en el MuseoCarmen Thyssen Málaga.

«El sector ha cambiado mucho en este tiempo, sobre todo desde el punto de vista de la técnica. Recuerdo que durante mis primeros años de trabajo apenas podía realizar los encargos en Málaga en un solo establecimiento, donde me pusieron el mote de ‘Pantonio’ Herráiz, porque iba siempre con la ‘pantonera’ para elegir la tonalidad justa», rememora con media sonrisa Herráiz, en alusión al código Pantone, el más extendido en las artes gráficas a la hora de escoger un color determinado.

Y justo, ahí, en el mundo editorial, está uno de los flancos preferidos de Herráiz. «Creo que en medio de este aluvión digital se está produciendo un regreso al papel, a la concepción del libro como un objeto y como una obra de arte», reivindica el diseñador, que vio cómo su actualización para la colección de poesía Monosabio llegaba hasta las salas de exposiciones de Nueva York.

Y, sin embargo, a la hora de elegir un trabajo con el que quedarse en estas dos décadas, Herráiz se decanta por una obra mucho más modesta, en apariencia, pero compleja desde el punto de vista visual y formal: «Si tuviera que elegir un trabajo que definiera nuestra manera de hacer las cosas, creo que me decantaría por el folleto que hicimos para el Museo Picasso Málaga en 2007. Fue un ejercicio compositivo brutal, que llevó muchas horas de reflexión, aunque a simple vista pueda parecer sencillo. Una hoja dividida en nueve cuerpos trabajada sólo con la tipografía y a dos tintas, con el texto en español y en inglés. No hay imágenes, ni corondeles ni cambios tipográficos, pero creo que quedó limpio y accesible, claro y al mismo tiempo atractivo».

Una producción analógica y artesanal que vivió su particular eclosión, en el caso de Herráiz, a finales de la década de los 80 del siglo pasado, con la edición de la revista ‘Puerta Oscura’, promovida por la DiputaciónProvincial: «Estaba en una agencia, haciendo anuncios para inmobiliarias y folletos de supermercados y aquella revista supuso un soplo de aire fresco brutal. Hacíamos cosas muy innovadoras, algunas también un poco locas, la verdad, pero a muchos nos sirvió para aprender y para abrir nuestra mirada a otras maneras de crear».

Simplicidad, innovación y eficacia. Sobre esos tres pilares ha levantado –y mantenido– Herráiz un estudio que en este tiempo se ha convertido no sólo en referencia, sino también en un vivero de talento por el que han pasado profesionales que luego han montado sus propios estudios. «Llegamos a ser ocho personas trabajando en el estudio, pero eso pasó, por desgracia. Lo más difícil en este tiempo ha sido justo eso, tener que desprenderme de gente que eran grandes profesionales», admite Herráiz, sentado a la mesa junto a uno de los cuadros que pintó en los 80 y de su luminoso y ordenado despacho, que desprende una serenidad de artesano.

Más allá de la tecnología

«Lo más difícil es la idea. Luego llegan la composición, el color, la elección de la tipografía o de las imágenes, pero lo fundamental, la base de todo lo demás sigue siendo la idea», reitera Herráiz, para quien la innovación es la manera de diferenciar un trabajo de otro, «pero la innovación entendida mucho más allá de las aplicaciones de la tecnología», remacha Herráiz sin ocultar su querencia por el trabajo reflexivo.

«Siempre me he quejado de los tiempos cortos. Como empresario debería reconsiderarlo (ríe), sobre todo ahora que hay trabajos que se cobran por la mitad de lo que hace unos años... Es cierto que la presión creativa hace falta para mantenerte en tensión, pero me resisto a dejarme llevar por esa vorágine», argumenta Herráiz con la misma serenidad que postula, la que destilan sus creaciones: «Lo siento, pero no sé adaptarme a hacer las cosas de cualquier manera». AY!