Elgar: El escribidor de chistes

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Manuel García Duarte, en la mesa de dibujo de su casa de Málaga en la que crea sus viñetas. / Álvaro Cabrera

  • Manuel García Duarte, el decano de los humoristas gráficos, cuelga el lápiz «con pena»por los problemas de salud a sus 89 años y después de 70 con una viñeta diaria en SUR

Tiene mérito estrenarse a los 18 como dibujante por orden del director de un periódico –‘La Tarde’– y acabar firmando más de 25.000 chistes antes de que la vista, la memoria y las piernas flaqueen. Elgar cierra hoy el espejo en que se miraba y lo miraban los lectores en SUR, pero no por consejo médico sino porque le han prescrito a la vez varias de sus facultades físicas camino de los 90, que cumplirá en febrero. «Me doy de baja con mucha pena, pero no puedo seguir. La vista me falla, las piernas no me responden», explica el incansable escribidor que ha sobrevivido a periódicos, revistas y directores en la ruta que va de las planchas de plomo a Internet.

Él encontró hace muchos años su horma tecnológica en el prodigioso fax para enviar y en esos visores como de relojero que utiliza para dibujar en una gran mesa para luego jibarizar el original a tamaño folio. Sus pinitos de posguerra poniendo textos a los dibujos de su hermano José Luis (‘Garay’) en el suplemento ‘Chaveas’ acabarían siendo la salida al estado de necesidad y el material de su porvenir. Su hermano se fue a la mili y a él le ordenaron literalmente sucederle en el ‘minijob’ de dibujar sonrisas en un tiempo feo. «El director, Antonio Gallardo, se empeñó y a base de insistir me fui defendiendo poco a poco», resume el debut. Reconoce que su afición de verdad era «escribir cuentecillos de humor y eso es lo que hacía al ayudar a mi hermano en los pies de los dibujos».

No sospechaba aún que su vida y él consistirían en sus viñetas aunque la vocación cómica a diez pesetas el chiste le aconsejaba que lo mejor era meter en su curriculum a ese personaje real que durante 40 años, y de ocho a tres, también fue administrativo y luego gerente del Colegio de Aparejadores. «Conocía a los 2.000 de Málaga que ahora deben ser 4.000 por lo menos, pero creo que muchos estarán pasando hambre», se lamenta Elgar, un tímido muy directo sobre todo fuera de la viñeta y que sin rotulador y lápiz se ve desnudo de sintaxis. «Yo no sé expresarme bien con palabras», acierta a justificar su escasa disposición a la entrevista, donde ya una pregunta le pone en guardia. «¿Yo, facha? Eso es lo dice mucha gente, pero no he sido ni franquista ni monárquico y Rajoy se lleva sus palos. Me considero un republicano de derechas y un hombre religioso», concreta su etiqueta sepia e intransferible alguien que no batalló en otra guerra que en la de sacudirse penurias de posguerra. Bromea y aclara que tampoco es ese compositor inglés que asoma nada más buscar en wikipedia. Manuel Garcia Duarte es un malagueño de Marruecos. Nació en El Araich en 1926, hijo pequeño del apoderado del Banque d’Etat du Maroc en Alhucemas, y mamó, travieso y con viruelas en la cara, el Protectorado hasta emigrar en la primera juventud. «El futuro entonces no tenía futuro», tira de chisteteca para justificar su expatriación oblivoluntaria en 1944 a Málaga en busca de los garbanzos. Su hermano –«un magnífico pintor»– lo acogió en ‘La Tarde’. En Elgar se cumple lo de las etiquetas desdibujadas y también que el destino a veces no sólo está por escribir sino pendiente de que el interesado se ponga a dibujarlo mal, bien o regular. Así lo ha venido haciendo por vocación sobrevenida los siguientes 70 años, pero se considera, pese a lo que digan Ángel Idígoras y otros grandes del gremio «un mal dibujante y por eso no cambio tanto los personajes», tira de modestía un artista que se defiende muy bien en la caricatura. Tal vez también porque no tenga más hijos propios que miles de viñetas, tampoco concede en señalar alguna que le guste especialmente y sólo una que le quitó el sueño y puso en cólera al ministro José Utrera Molina:«Había venido a Málaga a despedirse de un amigo muy enfermo, y así titulaba el periódico en la página en la que abajo iba mi viñeta en la que veía en la cama a un señor enfermo y un político le decía que no se preocupara, que le iban a conceder una medalla a título póstumo. Fue una casualidad en la que nadie reparó, pero imagínate la que se lío».

¿Previsor?

Entre su legión de viñetas hay clones, en realidad hijos de trucos de oficio que resultan inoxidables. «Siempre tengo un dibujo disponible, incluso ya el de la felicitación para el año nuevo 2016», advierte con picardía de prolífico escribidor. «¿Previsor yo? Nada de eso. Soy un despistado sin remedio», responde buscando la segunda opinión médica en su mujer, Ana, que asiente discreta y siempre risueña. Nueve años menor que él, se hicieron novios cuando ella tenía 15. «Mírala, era de las niñas más guapas de Málaga, pero hoy seguro que me habrían metido en la cárcel por pederasta», ironiza entre risas y la eximente de casi siete décadas de fidelidad a prueba de dibujos y cambios de casa. «Casi siempre hemos podído ahorrar y nos ha gustado tener una segunda casa, como ahora en Rincón, donde guardo muchos libros. Con tanto aparejador conocido, ya me dirá si lo teníamos fácil», se justifica. El cariño y la admiración hacia el dibujante delatan a Ana, que se mueve con agilidad de falsa octogenaria en el papel de secretaria. Se ve a la legua que es la pieza clave para que el viejo Elgar no se haya visto diogenizado por sus viñetas, almacenadas en cajas bajo un orden estricto y femenino.

Allí duerme la saga de criaturas en nómina, incluido ese chucho callejero, cagón y sin ‘chip’ sectario. No pasarían seguramente un examen de inmortalidad pero son desde hace mucho parte de la fauna inmorible del humor gráfico español y de la memoria de tres generaciones de malagueños. En ella seguirán en un rincón oficinistas abúlicos, ricos de puro y panza, marujas ordinarias, pijas ociosas, mendigos muy informados, jornaleros pero no tontos, beatas de verruga tridentina, niños cabrones e incluso toros parlantes de lo antitaurinos que son...La lista es larga sin necesidad de una búsqueda forense. En el eterno tebeo coral de la vida española, Elgar ha acertado con el material de sus viñetas ‘vintage’ para encerrar sobre todo el cabreo como seña de identidad. A sufridores y castigadores de cualquier oficio les ha puesto el traje típico de los tópicos y miserias que mejor les sientan, ya sea con Franco, en la transición en bragas o en la democracia treintañera que él dibuja entre tangas, chanclas y tanganas políticas. «Los de Podemos plantean algunas cosas necesarias que hay que cambiar, pero no se dan cuenta de que somos un país sin dinero», opina quien desde hace tiempo apenas puede leer y sigue una dieta dura de radio, tele y periódicos para alimentar a tanto entratañable personaje. En su DNI le gustaba poner lo de dibujante. «Sería una pasada que figurara ‘humorista’», se defiende. Con más de 25.000 chistes, sin embargo, es incapaz de contar uno.