Aquel verano de la jefa de Prensa del Circuito Europeo de golf

La familia López-Bachiller, con nueve hijos, posa en Torremolinos en las vacaciones de 1965.
La familia López-Bachiller, con nueve hijos, posa en Torremolinos en las vacaciones de 1965. / SUR

María Acacia López, guardiana de los secretos de algunos de los mejores jugadores del mundo, nació en Torremolinos

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Pocos saben que María Acacia López-Bachiller, guardiana de los secretos de algunos de los mejores jugadores de golf del mundo, nació en Torremolinos. La jefa de Prensa del Circuito Europeo, una mujer menuda y afable que logró abrirse paso en los años setenta en un universo hermético y dominado por hombres, recuerda los veranos de su infancia en la Hacienda San Miguel, propiedad de su bisabuela María Barrabino, cuya labor solidaria resulta clave en la historia de la entonces barriada. Medio siglo después, en la memoria de María Acacia permanecen intactos el olor a dama de noche y jazmín de la casa familiar y el sabor de los tejeringos que alegraban sus desayunos.

Llevó a Severiano Ballesteros a comer pescaíto frito a La Carihuela, «y le encantó», y se deshace en halagos hacia Miguel Ángel Jiménez, pero jamás escribirá un libro de memorias: «Sería como traicionar la confianza que los jugadores han depositado en mí toda la vida. No podría»

Nacida en 1954, esta comunicadora y representante de golfistas ha pasado su vida recorriendo los cinco continentes y compartiendo experiencias con leyendas del deporte, además de formar parte de la organización de diez ediciones de la Ryder Cup y de los Juegos Olímpicos de Barcelona, pero de entre todos sus recuerdos escoge una fotografía familiar, con sus ocho hermanos, tomada en Torremolinos en el verano de 1965. La Hacienda San Miguel, que ocupaba enclaves como la plaza de la Costa del Sol o la avenida de Los Manantiales, tenía por entonces cañas, nísperos, granados, higueras, nogales y chumberas: «Mis hermanos y yo subíamos a los árboles y merendábamos todas esas frutas y jugábamos con nuestras primas a escondernos entre las plantas de la caña de azúcar».

María Acacia López, en una entrega de premios. / SUR

El mapa de aquel Torremolinos poco tiene que ver con su trazado actual: «Recuerdo la calle San Miguel, atravesada por la vía del tren; la calle Cauce, donde las vecinas iban a lavar la ropa en pilas de piedra, o las casas de pescadores de La Carihuela, que visitábamos con frecuencia para ver sacar el ‘copo’». La construcción de las urbanizaciones Playamar y La Nogalera, diseñadas por el arquitecto Antonio Lamela, autor del estadio Santiago Bernabéu, las Torres de Colón o el aeropuerto de Barajas, «supusieron una revolución». Antes de la eclosión turística, María Acacia y sus hermanos se divertían sumando las matrículas de los pocos coches que pasaban por Torremolinos: «Nos asomábamos a la barandilla de la terraza que daba a la actual plaza Costa del Sol, por la que pasaba la antigua carretera Madrid-Cádiz, y allí nos tirábamos horas».

Cuando aún vivía su bisabuela, cuyas cesiones de terrenos contribuyeron a transformar Torremolinos, María Acacia acudía a menudo de visita a las casas de otras familias de la zona como los Navajas, los Manoja, los Muñoz Cobo o los Guerrero Strachan. «A mi bisabuela siempre le gustaba tener batatas en almíbar, licor de guindas casero, algún bizcocho y tortas de aceite por si venían de visita. Era una mujer genial, muy adelantada a su tiempo. Me regaló mi primer traje de flamenca y me enseñó a bailar y a hacer gazpachuelo con la mayonesa preparada en un mortero».

Antes de la eclosión turística, jugaba con sus hermanos a sumar las matrículas de los pocos coches que pasaban por Torremolinos

Aquellos veranos forjaron el carácter de María Acacia, que se matriculó en Relaciones Públicas en Madrid. Allí, de casualidad, el golf se cruzó en su camino: «Un compañero que trabajaba en La Manga Club necesitaba gente para hacer prácticas y me ofrecí voluntaria». Su dominio de otros idiomas resultó fundamental para que las federaciones de varios países, como Francia, Inglaterra e Italia, reclamaran su presencia para gestionar la comunicación de los campeonatos profesionales que comenzaban a organizarse en Europa.

Recuerdos y amigos

Un año después de hacer prácticas en La Manga («sin remunerar, pero curramos tanto como aprendimos»), conoció a Seve Ballesteros, que acabó convirtiéndose en uno de sus grandes amigos en el circuito: «Hablábamos de todo, le decía hasta lo que no quería oír. Lo recuerdo entrando en el ‘team room’ de la Ryder de 1991, diciendo: «Well done, my team». Los jugadores comenzaron a chillar de alegría». La muerte en 2011 del genial jugador cántabro, ganador de cinco ‘majors’, «fue un mazazo para todos».

A Seve lo llevó a comer pescaíto frito a La Carihuela tras el sub-25 que se disputó en Torrequebrada, «y le encantó», pero su libro de recuerdos con los jugadores españoles no termina en Ballesteros. María Acacia conoce a Sergio García desde los ocho años, es íntima amiga de José María Olazabal desde hace décadas y ha visto nacer a los hijos de Cañizares, ahora profesionales, pero jamás escribirá sus memorias: «No podría, sería como traicionar la confianza que han depositado en mí durante todos estos años». Basta ver a esta malagueña en acción en cualquier torneo o acto promocional para constatar que los golfistas de élite toman sus indicaciones como mantras ineludibles.

Para Miguel Ángel Jiménez, paisano, guarda las palabras más especiales: «Tiene un corazón que no le cabe, siempre está ayudando a los demás, no sabe decir que no». La apertura de su escuela en Torremolinos, el único campo de golf de esta localidad, supuso uno de los momentos más emocionantes en la trayectoria de María Acacía. Aquí, en este antiguo barrio de pescadores, donde los veranos olían a jazmín y tejeringos recién hechos compartidos en familia, comenzó todo.

Fotos

Vídeos