La desconocida historia del Castillo de Santa Clara

Antes de convertirse en el primer gran hotel de Torremolinos, esta espectacular construcción fue un cuartel de carabineros y un punto de encuentro de informadores europeos contrarios a las dictaduras

La desconocida historia del Castillo de Santa Clara
Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Mucho antes del turismo de masas y el hormigón de los paseos marítimos, del destape y la obsesión por las suecas, Torremolinos albergó algunos de los primeros grandes hoteles de Andalucía. Entre ellos destaca el Castillo de Santa Clara, una espectacular fortificación erigida en 1763 en plena Punta de Torremolinos, conocida como el morro, para defender la estratégica Bahía de Málaga y frenar el avance de los piratas después de que la última quema de casas y molinos resultara devastadora en la zona. Allí, más de un siglo después, se instaló George Langworthy, un rico comandante militar nacido en Manchester y que era conocido como el inglés de la peseta por dedicarse a repartir monedas entre ancianos sin hogar, pescadores que se quedaban en tierra o cualquiera que se acercara a la finca.

En 1898, Langworthy y su pareja, Anne Margaret Roe, adquirieron el castillo, por entonces un cuartel de carabineros, y lo transformaron en una residencia con espléndidos jardines y miradores sobre el mar. También mandaron construir caminos hasta las playas de La Carihuela y El Bajondillo, separadas por la elevación rocosa donde se sitúa el castillo. Sin saberlo, estaban dando los primeros pasos en la historia del turismo en Torremolinos. El fallecimiento por neumonía de Anne Margaret en 1913 hundió a Langworthy, que a su regreso de la Primera Guerra Mundial se dedicó a practicar la beneficencia.

Las donaciones comenzaron a hacer mella en las finanzas del comandante, una situación agravada por los problemas surgidos en la Bolsa de Nueva York que acabarían derivando Gran Depresión. A finales de los años veinte, Langworthy decidió convertir su casa y fortaleza en un hotel, aprovechando también la construcción del aeropuerto de Málaga, que en 1919 había establecido su primera línea comercial. El Hotel Castillo de Santa Clara fue dirigido inicialmente por el norteamericano Mark Hawker, detenido en 1937 por percibir una comisión de la embajada inglesa como informador, según recoge una investigación de Rosa Sánchez-Dehesa y María Ángeles Valle de Juan. El hotel se convirtió así en sus inicios en un improvisado lugar de encuentro de los liberales británicos de la zona, contrarios a los movimientos fascistas europeos.

La dictadura española terminó de rebelar a los Hawker, que dejaron Torremolinos. Langworthy, que en 1918 había sido declarado hijo adoptivo y predilecto de Torremolinos por el Ayuntamiento en reconocimiento a sus obras de caridad, murió en 1945, dejando a sus empleados como herederos. Dos años después adquirió la finca Luis Felipe Padierna por 850.000 pesetas. En 1957, Rafael de la Fuente, referente del sector turístico y exdirector de La Cónsula y La Fonda fue admitido como recepcionista, botones y bodeguero. Junto al Parador de Málaga Golf, el Hotel Castillo de Santa Clara, también conocido como Castillo del Inglés, coronó la oferta turística andaluza durante décadas hasta la llegada del turismo de masas y la construcción del Pez Espada en 1959.

Entre los visitantes más ilustres del hotel estuvieron Picasso, Dalí o Luis Cernuda. El poeta sevillano, guiado por los malagueños Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, fue uno de los primeros residentes del castillo y su estancia durante el verano de 1928 inspiró el relato ‘El indolente’, ambientado en el Torremolinos de la época. La anécdota más recordada fue protagonizada por Gala Éluard, pareja musa de Dalí; en un gesto que descorchó el descaro que acabaría siendo el gran reclamo turístico de la zona, Gala, díscola y libertaria, se retiró la parte superior del traje de baño para dejar sus pechos al aire en el que es considerado el primer ‘topless’ de la historia de la Costa del Sol, felizmente inmortalizado en una fotografía.

Irrumpió el turismo de masas, el litoral se pobló de nuevos hoteles (tal vez más modernos y cómodos, seguramente con menos encanto) y el castillo fue reconvertido en comunidad de propietarios, pero en los inicios del turismo en Torremolinos siempre seguirán escritas con letras de oro historias como la del inglés que regalaba monedas desde lo alto del morro.

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