Diario Sur

Así está el CIO Mijas dos años después de su clausura

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Así está la piscina del hotel / Iván Gelibter

  • Las instalaciones son propias de un edificio fantasma en el que conviven patos y telarañas

  • La situación del centro de formación es desalentadora, tanto por estado deplorable en el que se encuentra como por el caro equipamiento que no está siendo usado

Finales de 2014 y mediados de 2015. Esas fueron las dos fechas clave en la historia reciente del CIO Mijas, uno de los centros de referencia formativos de la Junta de Andalucía en Málaga, cuya proyección a la hora de encontrar trabajo para sus alumnos egresados era prácticamente del 100%.

El primero de los hitos fue el abandono del alumnado, que dejó de habitar en la residencia tras concluir los cursos de formación en el centro. Tan solo unos meses después cerró el hotel de cuatro estrellas, dejando en estos casi 40.000 metros cuadrados a tan solo cinco empleados –apenas uno de mantenimiento– que además acumulan 31 nóminas sin cobrar. Dos años después de este abandono, el CIOMijas parece una pequeña ciudad fantasma, en la que el eco provocado por el silencio de las voces y la ausencia de la actividad que antes era frenética marca la rutina de estas cinco personas que cada día se enfrentan a telarañas que crecen y crecen; a cardos de metro y medio; o a pequeñas serpientes que han hecho de los jardines su casa.

Juani, una de estas cinco trabajadoras y que habitualmente ejerce de portavoz, afirma que las instalaciones del CIO se han mimetizado con la el estado físico y emocional de ellos. «O quizá al revés, a lo mejor somos nosotros los que cada día que pasa de este suplicio nos parecemos más al entorno en el que estamos ocho horas al día. Igual que nosotros nos deterioramos un poco cada semana que pasamos aquí, las instalaciones se van autodestruyendo ante la pasividad de la Junta».

Esta trabajadora reconoce, eso sí, que esta «dejadez» del ente regional es la misma con ellos que con el edificio. «Antes se cortaba un poco el césped, pero cuando nos quedamos sin gasolina para la cortacésped y se negaron a darnos dinero, nunca más se volvieron a arreglar los jardines», relata Elio, otro de los trabajadores.

Patos en la piscina

Una de las zonas más desalentadoras de todo el CIO es, sin duda alguna, la piscina del hotel. Donde ante había sombrillas y un césped bien cortado, ahora conviven toda clase de animales e insectos como si se tratara de una ciénaga. «Incluso reside una familia de patos, que parecen haberse acomodado a vivir entre nosotros», explican.

Dejando un lado los matojos de metro y medio, las charcas y las telarañas del exterior, el ‘lobby’ del que fuera un establecimiento hotelero de prestigio también llama la atención. Allí el tiempo parece haberse detenido. Aún se encuentran vasos en las mesas como si algún camarero hubiera dejado parte de su trabajo para una siguiente jornada laboral que nunca llegó. Sobre una estantería descansan varios libros mal ordenados, esperando a ser usados.

Las habitaciones están cerradas a cal y canto, aunque las pasadas navidades un okupa abrió una de ellas para residir durante algún tiempo, hasta que los trabajadores le hicieron entrar en razón y se marchó.

Una cafetería inaccesible

Además de la formación y el hotel, el CIOMijas fue escenario durante muchos años de toda clase de congresos y reuniones. La cafetería del jardín interior era entonces clave como centro de reunión. Sin embargo, a día de hoy la puerta de este bar apenas se ve tras la maleza desprendida del abandono.

Pese a este desastre, no todo está perdido, lo cual no quiere decir que se esté aprovechando. Las cocinas que formaron a tantos en su época de esplendor son ahora almacenes de menaje de cocina. Recuerda, salvando las distancias, a esa icónica escena de esas cocinas del ‘JurassicPark’ de Spielberg. Pasillos de ollas y sartenes sin usarse, apiladas una sobre otra.

«No hemos reparado en gastos», decía entonces el personaje de Richard Attemborough. Algo así ocurrió en este centro formativo. Por encima de todo ello está la sala de enología. Una habitación de unos 35 metros cuadrados que costó la friolera de 100.000 euros, abandonada también a su suerte.

Uno de los rincones más insólitos de todo el CIOestá bajo el aula magna en la que en los tiempos de esplendor impartieron clases maestras de cocina ilustres como Dani García y José Carlos García. Además de las correspondientes máquinas de café destrozadas y algún que otro enser fuera de sitio, este almacén guarda todas las sábanas y los manteles blancos del restaurante y la residencia de estudiantes, solo que ahora tienen una tonalidad más amarillenta provocado, probablemente, por una humedad cuyo olor hace insoportable estar más de cinco minutos en esa estancia.

El recorrido por las instalaciones del CIOpermite hacer decenas de descripciones más, como el estado de lo que su momento debieron ser unas tuberías, o simplemente de las paredes desconchadas por su falta de cuidado. A espera de saber qué ocurre con el futuro del centro, los trabajadores ya cifran los arreglos en varios millones de euros. Mientras éstos llegan, si es que alguna vez lo hacen, de momento esto no es más que un edificio fantasma.

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