Memorias del bailoteo

La avenida Carlota Alessandri fue una de las colonias en la que brotaron míticos locales. :: ñito salas
La avenida Carlota Alessandri fue una de las colonias en la que brotaron míticos locales. :: ñito salas

Los recuerdos de las noches en la Costa del Sol, de las horas de picos pardos y copas largas en sus discotecas o clubes, forman parte del bagaje de generaciones de turistas y de malagueños. La explosión turística regó la tierra de cubitos de hielo y, al calor del ocio, brotaron míticos locales dedicados al esparcimiento, al bailoteo, al cachondeo, al danzad, danzad malditos. Zonas que fueron verdaderas colonias de garitos con bafles y luces (del celofán al neón), apenas tienen vestigios de dichos entes (tan feos de día; tan mágicos de noche), ni de sus carteles luminosos. En Torremolinos, una de esas zonas fue, durante mucho tiempo, la de las avenidas Palma de Mallorca y Carlota Alessandri (la pionera creadora del Parador de Montemar).

Hubo de todo, muchos bares de primera copa o de última barra donde agarrarse. Pero, ante la demanda de diversión de propios y extraños, entre finales de los años sesenta y primeros setenta, grandes y modernos locales quisieron pillar el relevo, de madrugada, a los clubes pequeños que también había en urbanizaciones y hoteles. La pasión discotequera se estiró hasta los ochenta, e incluso algunos clásicos pervivieron hasta los noventa. No es raro, pues, que algún colega o usted recuerde -entre las brumas de noches acampanadas o achispadas- sus visitas o escapadas, en Mobylette o en el Portillo, hacia una de las grandes discos de Torroles (topónimo fiestero usado para estos fines de semana).

Aunque no se han ido del todo (está, por ejemplo, la Sala Batey en el local de Palladium), queda hoy sobre todo memoria de estos templos: un largo listado de lugares de peregrinación nocturna sabatina que pasaron a mejor vida de la que ofrecían. Por extensión digital, queda también su huella en Internet: en las remembranzas evocadas por mayores, o por jóvenes nostálgicos de aquellas pistas de baile que no pisaron, donde se partía la pana o el tergal en juergas flamencas inacabables.

Precisamente los tablaos fueron los primeros en ofrecer vías de escape nocturnas. Entre los más recordados de Torremolinos estaban La Taberna Andaluza o El Jaleo, donde actuaba la bailaora Mariquilla o Carrete de Málaga, un crack de las noches de la Costa. Al cante, Gregorio Sánchez, más tarde conocido como el megacrack Chiquito de la Calzá.

En el santoral primero estuvo también la discoteca al aire libre llamada El Mañana, creada por Lee Setomer en 1954 a la entrada de Torremolinos, que daba música en directo (las salas con orquestas eran muchas, como Los Violines), y donde se arriesgaban incluso con artistas transexuales. Esto allanó el camino a otros bares y lugares de ocio dirigidos al público homosexual. La concentración en el Pasaje Begoña de estos clubes tuvo eco internacional, hasta que en 1971 una redada policial provocó una campaña homófoba (o vicecersa) y su cierre, salvado después por la zona de La Nogalera.

En el libro de Juan Bonilla 'La Costa del Sol en la hora pop' se recoge una cita del escritor James Michener, quien en 1971 dedicó una novela a aquella hora de la costa sin hora de cierre ('Hijos de Torremolinos'). Decía Michener acerca de la marcha costera: «En una semana aquí podías aprender más que un año en Harvard». Y no sé si en Harvard, pero en la universidad norteamericana de Georgia un profesor, Bill Nichols, estudia ahora cómo la modernidad llegó a España varando su barca en Torremolinos.

Las memorias sobre tantas noches olvidables atestan hoy, como digo, páginas web con fotos y comentarios: el mejor paseo posible para revivir la farra de otros tiempos. Son sitios virtuales como Torremolinoschic.com, Elguateque.net o el blog en inglés Memories of Torremolinos, con enlaces a las diferentes edades de ese 'Torremolinos la nuit'.

Pasen y compruébenlo: la memoria visual se regocija al recordar los logos míticos como el de la Joy (y su pareja setentera); el de Tiffany's (con su chica tan chic, icono de un tiempo); el 'peplum' de la sala de fiestas Cleopatra; o el de la Number One (con su toque africano de 'discotheque'). Sin olvidar otras como Caprice o Gatsby, y olvidándome seguro de otras muchas.

En las redes sociales también hay grupos que, vía Facebook, para rememoran el nacimiento de las primeras y los primeros 'gogós' enjaulados, o de los primeros DJs. Dos salidas laborales que asimismo aparecieron junto a las salidas nocturnas, y en cuya egregia estela se refugian hoy, en la era de los 'flyers', figuras como Paris Hilton o Kiko Rivera.

De aquella saga de locales para la fuga y el posible toqueteo, dos nombres son constantes en la memoria oral local (de mis amistades). De un lado, la Piper's, a cuyo sótano de coches antiguos iban miles de malagueños de edad actual indeterminada (o sea, maduritos), en busca de primera juventud, de última sudorina, o quizá para ver aquella avioneta colgada del techo que tanto recuerda el compañero Pablo Aranda.

Pablo, desde aquí te lo digo, si puedes oírme: nunca vi tal avioneta ni entré a la Piper's. Pero habría molado mogollón haber podido compartir un rato de solaz (o de otitis) en la Barbarela. Esa otra enorme disco de Torremolinos, de vida efímera (1970-1972), que acogió a leyendas como Tom Jones o James Brown. Y que, según la leyenda urbana, dio nombre, por su forma, a toda una prole: a un centro de salud, a una óptica y hasta a una parada de metro. Eso sí fue tener tino para bautizar a un garito.