Diario Sur

Un pub que cierra los domingos

'The Galloping Major' tiene piel inglesa pero corazón español.
'The Galloping Major' tiene piel inglesa pero corazón español. / Salvador Salas
  • 'The Galloping Major', un ejemplo de las costumbres importadas que trajo el turismo

En 1964 SUR publicó una encantadora crónica de título delicioso: 'Multipelistas en la Costa. Cunde el 'desgreñado' ejemplo de Los Beatles». Y sí, piensan bien. El texto reflejaba cómo, entre los cambios que propició el turismo, hubo una repercusión estética, con calado sobre todo entre los jóvenes: «Puede que sea un fenómeno de mimetismo, puede que haya por medio algo de extraña y cambiante personalidad, puede que sea el signo de los tiempos. Lo que queda es el 'mimetismo' o 'multipelismo'. Lo han puesto de moda los 'Beatles', lo ha elevado entre nosotros El Cordobés, lo han propagado las chicas inglesas de una generación que habría que calificar de 'novísimas».

La moda pop de los sesenta arribó a nuestras playas vía vuelos chárter. Las normas relajadas de las visitantes europeas (esas osadas 'novísimas') forjó el mito de las 'suecas' (genérico para las bravas turistas femeninas), paralelo al otro mito del 'macho ibérico' (genérico generoso y algo falso, afín al patrioterismo jaleado por la Dictadura). La pregunta, pasado el tiempo, sería qué pasaba con los suecos y las españolas, tan al margen de aquel estereotipo amoroso del novísimo ecosistema playero. Las españolas estaban oficialmente encaminadas, ay, a «sus labores». Pero digo yo que los 'suecos' heterosexuales también se sentirían atraídos por esas malagueñas que debían esperar a llegar a Torremolinos para lucir sus minifaldas.

En cualquier caso, el turismo propició esta convivencia novedosa: un anticipo gozoso de modernidad y bikinis que importó costumbres exóticas. Jóvenes compatriotas del interior buscaron trabajo en la hostelería antes de pensarse lo de emigrar; mientras, otros jóvenes europeos -no siempre con mucho dinero- estiraban sus vacaciones e incluso se quedaban a trabajar. Los más pudientes incluso montaron negocios. Y así, poco a poco, se conformó una tendencia más duradera que las modas peluqueras: la llegada estacional de turistas y el establecimiento de residentes extranjeros en la provincia.

Con el arraigo o la visita constante de estas comunidades extranjeras surgieron, claro, actividades económicas, inmobiliarias, culturales y hasta periodísticas para atender sus necesidades. No en vano, en 1963 apareció esta misma sección de SUR y también -como ha estudiado García Galindo, profesor de la UMA- el primer medio publicado en inglés dirigido a los angloparlantes de la Costa: la revista 'Lookout'.

Y si de estereotipos y comunidades foráneas hablamos, pues hablemos de los pubs ingleses: esos bares tan típicos con vigas de madera, jarras colgando y toallitas sobre las barras. Los pubs son la versión británica y sin tintorro de nuestros bares de carretera. En 1964, en la calle María Barrabino de Torremolinos, se fundó quizá el más antiguo de todos ellos en la Costa. Se llamaba y se llama 'The Galloping Major' ('El comandante galopando').

La inspiradora de este pequeño trozo de Inglaterra cerca de calle San Miguel fue Edwina Harley, una de esas chicas inglesas novísimas que vino, vio y abrió este local, que ha perdurado desde entonces sin descansar ni siquiera en invierno. «Bueno, cerramos los domingos», dice su actual propietario, Sergio Vega. Porque, como escribió Francisco Lancha, 'The Galloping Major' tiene piel inglesa pero corazón español.

Quizá el causante de ello fue Manuel Vega Trigo, padre del actual dueño y uno de los primeros camareros del local, que se hizo propietario del pub al dedicarse su fundadora a otros menesteres. Gracias a Manuel y a Sergio el pub ha mantenido su fisonomía y su perfil 'british'. Y también mantiene las ilusiones porque Torremolinos disponga de una oferta de calidad. Un empeño practicado desde la barra y desde las redes sociales, donde comparten activismo y optimismo con muchos otros comerciantes y hosteleros del municipio.

Es mediodía y Sergio atiende a la clientela que toma el fresco en el interior o toma algo en la terraza bajo sus toldos. La calle en cuesta, antes trufada de locales de diversión nocturna, hoy es mezcla de negocios diversos. Entre los asiduos al pub abundan visitantes extranjeros que añoran las pintas, pero también un fiel público nacional. «Es de lo que más orgulloso me siento: de que los mismos clientes sigan viniendo, incluso ahora más a menudo y con menos reparos a la hora de gastar», dice Sergio.

Fuera, un grupo de mayores españoles hacen la tertulia hablando de la crisis económica, de la renovación de los partidos. En el interior, que no está muy renovado (así debe ser), las paredes rebosan de cuadros que dan fe de la historia del local: recuerdos de aniversarios, recortes de prensa, caricaturas, una colección de coches en miniatura. No faltan los sillones cómodos de estampados imposibles, ni los vidrios en las estanterías llenos de cervezas y whisky de origen 'british' o 'scottish'. No vi foto de Los Beatles, pero sí un cartel jocoso -en fino humor inglés- rogando no arrojar colillas al suelo para no matar de cáncer a las cucarachas.

Los clientes entran, beben y se van. Muchos saludan a Sergio por su nombre. «De pequeño, no me gustaba venir, pero al final me enrolé como asalariado, con mi padre como jefe, y cuando se jubiló me quedé con el negocio», cuenta en medio de la tarea. Llega un colega y dice con guasa: «Sergio, ¡una paella para dos!». Y él, sonríe: «No tenemos cocina, sólo servimos bebidas a mediodía y desde la tarde a la noche». Y así sigue, confiando en un futuro sin paellas, galopando al frente de este pub que cierra los domingos y que no cede al mimetismo de otros bares con mucha menos solera.