Diario Sur

La residencia de la Bailaora

Fachada del Hotel Miami, uno de los establecimientos pioneros de la Costa del Sol.
Fachada del Hotel Miami, uno de los establecimientos pioneros de la Costa del Sol. / P.A
  • En 1957, la casa construida en Torremolinos por Lola Medina, para muchos reina de los gitanos, se convirtió en el Hotel Miami

En Torremolinos hay un barco a pie de carretera, el edificio del Bazar Aladino, y tomando el rumbo que marca su proa bajamos unos metros hacia la playa y, en la esquina, esa típica construcción andaluza al otro lado del arco y el patio con el pozo, hoy usado como aparcamiento (el patio, no el pozo), es el Hotel Miami.

En la página 3 de ‘ABC’ del 4 de julio de 1947, Luis Calvo (que llegaría a ser director del periódico) habla de las cuevas del Sacromonte en Granada, en un artículo donde describe a los gitanos como «tristones, serviles y complacientes, tercos en la idea y con la voluntad deshecha», y en el mismo texto destaca la cueva de la bailaora gitana Lola Medina: «Hasta teléfono, muñecas, butacones amables, cortinas de seda, baño, gatos, monos y jilgueros tiene Lola Medina en su cueva del Sacromonte».

Un joven Juan Goytisolo afirmaba que para cualquiera que viajase a Granada, la cueva de la bailaora era una visita obligada. En 1948 Lola Medina, considerada por muchos reina de los gitanos, se hace construir en lo que entonces era un barrio marinero de Málaga, Torremolinos, una gran residencia para pasar los veranos. Unos cuantos años después –«en 1957, antes incluso que el hotel Pez Espada», señala con un punto de orgullo Javier Castrejón, actual recepcionista del hotel– la residencia se convertía en el Hotel Miami, unas pocas semanas antes de la llegada a Torremolinos de Marlon Brando, y es que la historia de Torremolinos está tejida con los nombres soñados de la época.

«El comprador de la casa de Lola Medina no sólo conservó los muebles, cuadros y hasta suelos originales cuando abrió el hotel», explica Javier, «sino que todavía son los originales estos que ves». Y señala el mueble de recepción donde se exhiben octavillas de parques infantiles, el Bioparc de Fuengirola, Aqualand, un tablao y hasta un local de alterne; en la parte baja del mueble se lee el nombre incrustado por el diseñador en el mueble: Lola.

La decoración exclusiva corrió a cargo de un pintor amigo de la bailaora, Manuel Blasco, que murió en Torremolinos en el 92 a los 93 y que era primo de Pablo Ruiz Picasso, quien ese mismo verano de la apertura del hotel comenzaba su serie de interpretaciones sobre Las Meninas.

También es original el suelo del salón de la chimenea, hoy rodeada de libros apeteciblemente apilados en el suelo, en cuyas losas aún se perciben las marcas de los taconeos de la bailaora, que en las tertulias de intelectuales celebradas en el salón acababa arrancándose. Frente a la chimenea, hay un cuadro de la cogida del torero Gitanillo Chico, amigo de la bailaora, que sobrevivió a esa terrible cogida en agosto de 1952 y murió años más tarde, en accidente de coche.

La página web torremolinoschic.com (un auténtico homenaje a la época dorada de la Costa del Sol, a cargo de José Luis Cabrera, Lutz Petry y Daniel Muñoz), recuerda que Juan Goytisolo no sólo recomendaba la cueva del Sacromonte sino que en esos últimos años de los 50 se alojaba en el hotel Miami. De hecho la novela ‘La isla’, del autor de ‘Señas de identidad’, se desarrolló en Torremolinos.

El mar está mucho más cerca de lo que parece, a escasos 50 metros, escondido por algunos edificios bajos, pero en los años 50 desde las habitaciones de Lola Medina se veía el mar, como muestran todavía las fotos de los primeros folletos. Sólo hay que cruzar la calle, atravesar las fotos de platos de pescaíto frito que ofertan los restaurantes, cada vez más baratos, y se llega al paseo marítimo, donde ante un cántaro gigante pintado de amarillo hay un cartel que reza ‘Playa Manolo’. Excepto la tienda Ángela’s, los bazares del paseo marítimo más próximos tienen nombres de la orilla de enfrente: Karim, Amina, Ayat.

En el Hotel Miami no se quejan de los malos tiempos que poco a poco van quedando atrás, pues las 26 habitaciones las tienen ocupadas (la mejor de las 26 habitaciones es la Suite Lola Medina, de 100 metros cuadrados), pero Javier Castrejón afirma que el de ahora es otro tipo de turista, y confiesa haber contrastado la idea con otros recepcionistas de grandes hoteles: «Antes, los huéspedes al llegar preguntaban por un buen restaurante, ahora preguntan por el supermercado más próximo. Es la pregunta del millón». Los cacharros de cobre colgados en las paredes, y el burrito de esparto ante el ventanal que da a la piscina, nos hacen tener una idea de cómo sería la cueva del Sacromonte. Y una idea también de en qué consiste el estilo relax, aún sin su museo en Málaga.

Aunque no dispone de comedor, el hotel ofrece cada mañana su desayuno en el patio de aire andaluz, donde también sirven paella para almorzar. Desde el patio, adonde dan los balcones y algunas de las vidrieras también originales, unos escalones bajan a la piscina de agua salada en forma de cola de ballena. Bueno, ahora hay que componer en la imaginación una cola de ballena, vista desde arriba. No es tan fácil, pero esa es la forma que tiene. Acodado en la terraza, la explosión de los chapuzones se mezcla con frases en los diferentes idiomas de los huéspedes. «A mí me gustan todos, vengan del país que vengan», ríe Javier Castrejón, «pero puestos a elegir, dame españoles».