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LUIS
ROJAS MARCOS / PSIQUIATRA Y DIRECTOR DEL SISTEMA DE SALUD DE NUEVA
YORK EL 11-S
"Estamos acostumbrados a salir de casa y volver vivos"
"El terrorista tiene algo de psicópata
y lo justifica con una ideología que no tiene en cuenta
a la víctima inocente"
"La tragedia nos ha permitido ver que somos frágiles"
Fermín Apezteguía / Madrid
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| DOLOR HUMANO. "Siempre he
sido compasivo, pero el 11-S me ha hecho más sensible",
afirma Luis Rojas Marcos. / JOSE RAMÓN LADRA |
«Por cada uno de los diecinueve fanáticos
suicidas que raptaron y convirtieron los cuatro aviones de pasajeros
en misiles devastadores, millones de ángeles anónimos
brotaron por todo el planeta». El psiquiatra sevillano Luis
Rojas Marcos dirigía el Sistema de Sanidad y Hospitales
Públicos de Nueva York, cuando se produjeron los ataques
terroristas del 11-S.
Esa mañana, estuvo a punto de morir aplastado
bajo los escombros de las Torres Gemelas en dos ocasiones. Acaba
de publicar un libro, Más allá del 11 de septiembre
(Espasa), en el que narra su experiencia y analiza las claves
para la superación del trauma. «Confieso escribe
que las escenas estremecedoras que contemplé ese fatídico
día y el dolor masivo y recalcitrante que durante meses
sentí en tantas víctimas y en sus seres queridos
fueron profundamente traumáticas para mí».
¿Hasta qué punto?
Ha muerto mi madre, mi padre, he perdido amigos y he presenciado
tragedias, pero nunca nada comparable con lo que sucedió
el 11 de septiembre. Fue traumático. La destrucción,
los compañeros del Cuerpo de Bomberos muertos
Fue
un día estremecedor, pero las semanas siguientes resultaron
mucho peores.
¿Cómo las vivió?
Miles de personas buscaban a sus seres queridos de manera
angustiosa, intensa. Y aquello no paraba ni de día ni de
noche, eran 24 horas por jornada. La mayoría de los desaparecidos
jamás fueron localizados. De hecho, más de la mitad
no han sido aún encontrados.
EL PERFIL
DE SEVILLA A NUEVA YORK |
- Nació en 1943 en Sevilla, donde
estudió Medicina, aunque se doctoró en Bilbao,
convirtiéndose en el primer doctor en Medicina
de la Universidad del País Vasco.
- En 1992, fue nombrado jefe de los servicios
de Salud Mental, Alcoholismo y Drogas de Nueva York.
- Dirigió el Sistema de Sanidad
y Hospitales Públicos de la ciudad desde 1995 hasta
febrero de 2002.
- En la actualidad, es profesor de Psiquiatría
en la New York University y miembro de la Academia de
Medicina de Nueva York.
- Libros: La ciudad y sus desafíos,
La pareja rota, Las semillas de la violencia,
Nuestra felicidad y Más allá
del 11 de Septiembre.
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«Pensé que iba
a morir»
¿Le angustia recordarlo?
Yo he tenido suerte. Formo parte de esa mayoría de
personas que ya lo ha superado. Pero un 10% o un 15% de la población
aún sufre lo que los psiquiatras llamamos estrés
postraumático, un conjunto de síntomas que incluye
depresión, estrés, ansiedad, fobias
¿Recuerda cómo comenzó
ese día?
Estaba en el hospital cuando me comunicaron que un avión
había chocado contra la Torre Sur
En diez minutos, llegó con su
chófer al puesto de mando, al pie de las dos Torres Gemelas
Sin darnos tiempo a detener el vehículo, un trozo
enorme de hormigón desprendido del edificio se estrelló
contra el parabrisas del coche en que viajábamos.
¿Temió por su vida?
Creí que iba a morir cuando, dentro de aquel edificio,
dejó de funcionarme el móvil. Me invitaron a que
llamara desde el Financial Center, un bloque anexo. La Torre Sur,
de la que acababa de salir, se desplomó mientras avisaba
a los hospitales para que se prepararan. Parte del rascacielos
cayó sobre el inmueble en el que nos encontrábamos.
¿Supieron lo que había
ocurrido?
Entonces, no. Una nube espesísima de color negro
lo cubrió todo. No sabíamos por dónde salir
ni mucho menos qué había pasado. Aquello temblaba
mucho. Apareció entonces un señor, uno de esos muchos
ángeles anónimos, que dijo ser teniente de policía
y buscó salidas hasta que halló una.
¿Con qué se encontró
al salir?
Con un panorama desolador. Muertos aplastados, escombros,
era realmente estremecedor.
Explica en su libro que se dijo a sí
mismo: «Si sobrevivo a esto, prometo solemnemente saborear
cada segundo de mi existencia, valorar cada instante, amar incondicionalmente
a todos mis compañeros de vida». ¿Antes no
lo hacía?
Sí, pero no lo suficiente. Tenía un trabajo
tan interesante y tan intenso que no me paraba lo suficiente a
apreciar los pequeños momentos de la vida, que son los
que nos hacen felices o desgraciados. Siempre he sido una persona
compasiva, pero a veces uno se endurece. La tragedia del 11-S
me ha ayudado a volverme un poco más sensible.
Violencia como disculpa
¿En qué ha cambiado su
vida?
Aprecio más el día a día. Ya no creo
en los cumpleaños, sino en los cumpledías.
Cumplir un día es algo maravilloso. Antes tenía
más respuestas que preguntas; ahora tengo muchas preguntas
y casi nunca respuestas.
¿Por qué dejó la
dirección del sistema hospitalario de Nueva York?
Coincidieron varias cosas. Llevaba 21 años trabajando
para el sistema con gobiernos de distinto color. Podía
haberme quedado, pero sentí que había llegado a
un final en mi vida profesional. Cuando se sufre un trauma, un
síntoma es la necesidad de evitar circunstancias, pensamientos
o personas que pueden hacernos revivir aquello que nos ocurrió.
¿Demasiado duro para continuar?
Mi despacho estaba muy cerca de la Zona Cero. Durante semanas
olía demasiado a muerte, física y humana. Tenía
que pasar página, sentí que un capítulo de
mi vida había terminado.
¿Y a los demás, nos ha
cambiado?
Quienes vivimos los atentados de cerca nos hemos hecho más
solidarios y espirituales, no más religiosos. En Estados
Unidos también hay una ola de revancha, de ajuste de cuentas.
En ciertas partes del mundo, como Oriente Próximo, el 11-S
ha acrecentado la violencia. La lucha contra el terrorismo se
ha convertido en una disculpa para usar la violencia. En general,
todos hemos cambiado. Valoramos más nuestra vida.
¿Ha abierto los ojos a los estadounidenses?
Indudablemente, el sentimiento de vulnerabilidad está
ahí. Una de las preguntas que la gente más se hacía
en la calle tras el 11-S era: ¿Y por qué nos
odian? Luego vino el miedo al ántrax, a abrir cartas;
y los libros más vendidos fueron los que hablaban de la
cultura árabe. La gente quería aprender.
Más de un occidental pensó
esos días: Los americanos, no; pero Estados Unidos
sí se lo merece.
La mujer violada sabe mucho de eso. Se culpa a la víctima
de la violación. Fue una incomprensión, pero lo
entiendo. Como con David y Goliath, siempre da cierta alegría
que el prepotente también sufra y gane el débil.
«Creo en las personas»
¿Creer en Dios ayuda a superar un trauma de esta
magnitud?
Las estadísticas demuestran que los creyentes en
Dios o en seres superiores soportan mejor los momentos difíciles
porque tienen más esperanza. La fe es algo que unos tienen
y otros no. A mí me ayuda creer en la especie humana. En
el hombre que me salvó de morir aplastado, en todos esos
miles de personas dispuestas a donar sangre, que no sólo
se ofrecían sino que exigían colaborar.
¿Es posible creer en Dios en
un mundo que mata en su nombre?
A mucha gente le ha defraudado la religión con todo
lo que está ocurriendo. Incluso así, las religiones
cumplen una función como fuente de esperanza para mucha
gente.
«A pesar de todo, la gente es
buena en su corazón». ¿Los terroristas también?
Esa cita que utilizo de El diario de Anna Frank
se refiere al 90% de las personas. Pero hay corazones que, desafortunadamente,
se han malformado. En los terroristas se ha deformado la capacidad
de sentir el dolor ajeno, la compasión, algo que se desarrolla
al principio de la vida. El psicópata disfruta con el momento
sádico en que tortura a su víctima. El terrorista
tiene algo de eso y lo justifica con una ideología que
no tiene en cuenta a la víctima inocente.
¿La sociedad es más insegura?
No, pero cada vez la incertidumbre es mayor. Estamos acostumbrados
a salir de casa y volver vivos, algo que antes, con las epidemias
y las grandes guerras, no ocurría. Hoy en día estamos
más seguros, pero como también controlamos más
la vida, la idea de perderla nos causa un agobio mayor.
¿Hemos extraído alguna
conclusión positiva de la tragedia?
Sería inconcebible decir algo así. Hemos sacado
un sufrimiento enorme, pero nos ha permitido contemplar la solidaridad
y la generosidad de la gente. El 11-S nos ha hecho más
humanos porque nos ha hecho ver que somos más frágiles.
«En España, las
víctimas conviven con los verdugos»
La televisión jugó un papel fundamental
en la crisis.
El 11-S es una tragedia sin sonido ni
cadáveres. ¿La muerte de un estadounidense es más
sagrada que la de un palestino?
No, la vida es la misma. No ayuda en nada enseñar
imágenes de cuerpos destrozados. Creo que eso debería
aplicarse a cualquier ser humano, incluso a los animales.
«En tiempos de inseguridad, la
mejor información es la que separa los hechos reales de
las especulaciones». ¿Al revés de lo que se
hizo?
Desafortunadamente, desde el 11-S la información
se utiliza como arma de guerra. Creo que desde el Ayuntamiento
de Nueva York se hizo bien: Esto sabemos, esto puede hacerse.
Eso contrastó con el mensaje de los líderes nacionales,
que era que en cualquier momento podía pasar cualquier
cosa. No sabíamos si bajar al sótano, subir a la
azotea o irnos a las playas.
«El 11-S es el fracaso de la comunicación,
de la capacidad de ponerse en el lado del otro». ¿Cómo
se traslada esa frase al caso de ETA?
Algo muy positivo de España, dentro de la atrocidad
que representa el terrorismo, es que no se perciben ansias de
revancha en la sociedad. En el País Vasco, las víctimas,
mejor dicho los supervivientes, conviven en la misma escalera
con sus verdugos. En Estados Unidos, donde es tan fácil
comprar una pistola, eso resulta impensable.
¿Es posible «perdonar lo
imperdonable»?
Me refiero a un acto interno. Uno acepta que en la vida
hay sufrimiento y decide: Voy a dejar de odiar; eso me liberará.
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