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Los atentados
retrasan el relanzamiento económico
España confía en pasar el
bache con efectos menos negativos que en otros socios de la zona
euro
J.M. ALEGRE (COLPISA)
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 afectaron
a una economía mundial ya en sensible declive. En Estados
Unidos había concluido un periodo glorioso de diez años
de expansión con el 'pinchazo' de la burbuja tecnológica.
En la víspera de la fecha fatídica, la prensa norteamericana
mencionaba, sin reparos, que se vivían tiempos de recesión,
opinión respaldada por el dato de un crecimiento del Producto
Interior Bruto casi imperceptible, el registro más bajo
desde 1993.
El debate de si las nuevas tecnologías
iban a acabar con los ciclos se había resuelto con una
respuesta claramente negativa, y los expertos se enzarzaban por
entonces en la discusión sobre el ritmo de relanzamiento.
Unos pensaban que un repunte se iba a producir en picado, otros
apostaban por una mejoría más lenta y consistente.
George Bush lllegó a asegurar pocos días antes que
"una lenta recuperación" estaba en camino. Y
el término "lenta" deprimió aún
más a los agentes económicos.
El 11-S fue un mazazo para todos, y los analistas
alteraron sus pronósticos. Si en algún momento se
pensó que la economía europea podía actuar
como motor único del crecimiento mundial, esa hipótesis
se fue abandonando con el discurrir de los meses. Una nueva fase
de auge también necesitaba del impulso de Estados Unidos.
Enfriamiento
A finales del verano de 2001 también la
economía española mostraba signos evidentes de enfriamiento.
Los índices bursátiles ya habían recorrido
una trayectoria bajista y perdido un tercio de su valor desde
los máximos de dos años antes. Sobre la confianza
de los inversores también había hecho mella el caso
Gescartera, con la evaporación de 18.000 millones de pesetas
de las de antes por la turbia gestión de Antonio Camacho
al frente de una agencia de valores.
Los drásticos cambios que se han producido
en la estadística en España a comienzos de este
año dificultan la comparación de indicadores básicos
y complican el análisis. Con datos a los que se ha aplicado
la nueva metodología -variaciones corregidas de los efectos
del calendario laboral y otros sesgos estacionales-, el PIB todavía
estaba creciendo a un ritmo del 3 % el 11 de septiembre, sustentado
por el fuerte consumo de las familias y, aunque parezca una paradoja,
también por la desaceleración del sector exterior.
La balanza comercial española es tradicionalmente deficitaria,
y los "números rojos" se recortan cuando se reducen
las importaciones.
Entre septiembre y diciembre del pasado año
la desaceleración prosiguió, y el PIB registró
tasas de crecimiento del 2,3 %. Desde el arranque de 2002 la actividad
aumenta a un ritmo del 2 %, y el Gobierno español ha corregido
a la baja sus previsiones en dos ocasiones. Si el 11-S pensaba
en un avance del 2,9 %, ahora lo ha dejado en un 2,2 % que la
mayor parte de los servicios de estudios privados consideran inalcanzable.
Lo cierto es que para el conjunto de la zona euro, estos aumentos
se están midiendo en décimas de punto.
Desconfianza
Detrás de estos datos hay un sentimiento
de los consumidores españoles que sólo empieza a
tomar conciencia de los problemas a comienzos de este año.
Las pérdidas en Bolsa y la desconfianza generada por los
escándalos empresariales desplazan el dinero de los pequeños
ahorradores a la inversión en ladrillos -de ahí
buena parte del auge de la construcción-, mientras se hunden
las matriculaciones de turismos.
Al empeoramiento del clima económico internacional
contribuyeron, junto al 11-S, los casos Enron y WorldCom y, ya
en el ámbito europeo, las recientes inundaciones en el
corazón del continente. El comercio mundial lleva dos años
de estancamiento, y las exportaciones españolas han pasado
de crecer a tasas superiores al 10 % en 2000 a la práctica
congelación, e incluso al descenso. Pero en septiembre
del pasado año los tiempos de vacas gordas habían
pasado, y las ventas al exterior estaban aumentando a un modesto
ritmo del 2,2 %.
Los clientes tradicionales de España han
reducido drásticamente sus importaciones. Y algo parecido
se puede decir del turismo, si bien las alarmas habían
empezado a sonar para este sector algún tiempo antes. A
comienzos del pasado verano, antes del 11-S y de la introducción
del euro, el Banco de España advertía que estábamos
perdiendo peso relativo como destino turístico internacional.
Principal causa, el aumento de los precios.
Euro y petróleo
Las familias españolas comenzaron a apretarse
el cinturón a comienzos de año, pero es difícil
deslindar los motivos. Todo apunta a una desaceleración
en la creación de empleo (los cambios en la Encuesta de
Población Activa, con la inclusión de cientos de
miles de nuevos activos, no permiten comparaciones), pero también
hay que tener en cuenta el encarecimiento provocado por el euro.
La renta disponible puede ser la misma o algo mayor, pero ya no
permite las alegrías de antaño.
Del enfriamiento económico internacional
han sacado los españolas alguna ventaja, si se puede llamar
asi a un bajo nivel del precio del dinero que les ha animado a
aumentar su endeudamiento. En septiembre de 2001 los tipos de
interés de corto plazo (tres meses) estaban en la zona
euro en el 3,98, con fuerte tendencia a subir, y en el 2,87 %
en Estados Unidos. Con altibajos, los tipos se han abaratado desde
entonces a uno y otro lado del Atlántico. Incluso los mercados
apuestan por la continuidad de los descensos.
Cuando se cumple un año del 11-S, otra
sombra amenaza las expectativas de recuperación. El empeño
de Estados Unidos para atacar de nuevo a Irak provoca, entre otras
consecuencias, un encarecimiento del petróleo. Y fue un
crudo barato ayudó, en la recta final de 2001, a atenuar
los impactos de los atentados.
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