LOS DATOS

Terribles ironías y felices casualidades
Un año después de los atentados, las cifras de la catástrofe siguen causando escalofríos. Decenas de personas vieron la muerte muy de cerca, y se salvaron o perecieron por puro azar. Las casualidades que se produjeron durante el martes más negro de la historia de Estados Unidos demuestran que la realidad supera a la ficción

GONZALO DE LAS HERAS

La telefonía -especialmente la red para móviles- desempeñó un papel crucial en el rescate de las víctimas. Sólo dieciocho personas fueron rescatadas con vida entre los despojos de los rascacielos. Varios de ellos pudieron guiar a los operarios de rescate a través del teléfono. Horas después de los atentados, un hombre entregó a la CNN la cinta de un contestador automático en la que un hombre aseguraba estar entre los escombros. Al parecer, el hombre, que no sabía con quien contactar, marcó en su teléfono un número al azar. Nadie lo encontró.
Otra cadena de radio neoyorquina, '1010 Wins', pudo grabar una llamada aún más escalofriante. Una mujer telefoneaba desde uno de los ascensores de las Torres Gemelas. Nadie se atrevió a decirle que los edificios ya no existían y que se encontraba bajo toneladas de escombros.

La magnitud de la tragedia era inabarcable en los primeros minutos, cuando después del primer impacto, todavía podía pensarse en un accidente. Dos minutos después de las nueve de la mañana, un hombre que trabajaba en la torre grababa este mensaje en el contestador de su casa: "Hola cariño, soy yo. Verás en las noticias que un avión se ha estrellado en las Torres Gemelas. No te preocupes, no es mi edificio, ha sido el de al lado. Yo estoy bien. Te quiero". La torre de Pete, que recibió el segundo impacto, se desplomaría antes que la otra, con él dentro.

Terribles ironías

La muerte compartió espacio con la ironía en más de una ocasión. Uno de los ejemplos más terribles es el de Melanie Strauss. Había telefoneado a su marido para contarle el apasionante final de la novela que estaba escribiendo, titulada 'First To Die' (El primero en morir). «Oye, cariño, estoy muy ocupado. Ya hablaremos en otro momento del libro», le respondió él con rudeza desde el piso 64 de la primera torre. Melanie se sintió herida por la brusquedad de la reacción. Fue la última.

Ronnie Clifford es el protagonista de otra de las muchas casualidades macabras que depararon los atentados. Logró escapar a tiempo de la torre. Ni siquiera podía imaginarse que un avión había impactado contra el edificio de oficinas. Aún menos que su hermana Ruth y la hija de ésta, Juliana, de 4 años, viajaban en ese vuelo de United Airlines que se dirigía a Los Angeles desde Boston. En Irlanda, el tercer hermano contemplaba en directo la tragedia por televisión.

En ese mismo avión viajaba por azar Ruth McCourt. En el vuelo de Delta Airlines en el que tenía que haber embarcado hubo 'overbooking'. La compañía le cambió el billete con United para que llegase a tiempo a su cita con el destino. Paradójicamente, su amiga del alma, Paige Hackel, viajaba en otro de los vuelos suicidas, el de American Airlines.

La conocida presentadora de televisión Barbara Olson había adelantado el vuelo para pasar el día de su cumpleaños con su esposo, el general Theodore Olson. A través de un teléfono móvil, Barbara le llamó dos veces para contarle que el avión había sido secuestrado. Olson abandonó el Pentágono para colaborar con el FBI. Poco después, el avión desde el que lo llamaba su mujer se estrelló contra el cuartel general militar.

Felices casualidades

En el piso 19, Derek Bregan -un bombero que participaba en las labores de rescate- comenzó a sentir un pinchazo en el pecho. Tres plantas más arriba el dolor se hizo tan agudo que tuvo que detenerse. Asustado, pensando que le fallaba el corazón, se apartó a un lado para que sus compañeros siguieran escaleras arriba. Cuando todos pasaron se dio la vuelta hacia la salida. Estaba siendo atendido por un ATS cuando el edifició se derrumbó. «Nunca antes he tenido problemas de corazón. No sé de dónde salió esto».

Una pareja de la localidad gerundesa de Olot -que celebraba su viaje de novios- se salvó porque el autobús que los llevaba a la sede del World Trade Center se retrasó media hora. No fueron los únicos. Más de uno se salvó porque esa mañana se le pegaron las sábanas. Desgraciadamente, no fue un sueño

 

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