Sacan de la calle a hombres y mujeres sin hogar de Granada y les pagan el alquiler del piso

Alejandro, Pedro y Joaquín, en el piso solidario donde viven./A. ÁGUILAS
Alejandro, Pedro y Joaquín, en el piso solidario donde viven. / A. ÁGUILAS

‘Un techo, una noche’ no es el título de una película, aunque daría para un buen guión: es la historia de un profesor granadino que ha impulsado un proyecto de caseros altruistas

ÁNGELES PEÑALVERGranada

El vagabundo que dormía hasta hace tres meses enterrado en cartones y rodeado de litronas vacías en el parque granadino de San Jerónimo se llama Pedro, tiene 51 años y pertenece a la primera promoción de diplomados en Fisioterapia de la Universidad de Granada (UGR). Hace tiempo olvidó las técnicas para cuidarse, se abandonó y la incomodidad de la calle machacó su cuerpo. Mucho antes de vivir al raso en el Albaicín, fue incluso masajista profesional en el balneario de Lanjarón.

Pero la vida de Pedro fue desbarrando hasta encontrarse tirado en el asfalto, con una ínfima pensión y una raquítica salud mental. Hace tres meses, se dejó ayudar por ‘Un techo, una noche’ (así se llama esta iniciativa solidaria), y desde entonces comparte piso con Joaquín, otro veterano ‘sin techo’. Hace pocos meses llegó a la casa Alejandro, licenciado en Derecho, de una familia bien, pero en la calle desde hace un año. Los tres son hombres sin hogar con biografías muy dispares. Pero comparten la suerte de haber encontrado a los mismos benefactores: un grupo de quince ciudadanos particulares que les pagan la casa, les ayudan con los papeleos, van a visitarlos, les dan afecto sin juzgarlos y les animan a que dignifiquen sus vidas en la medida de lo posible.

Entre los inquilinos del modesto –y ordenado– piso de La Chana, un populoso barrio obrero de la capital granadina, y sus protectores no median ni oenegés ni escalones burocráticos. Tan sólo fluyen las ganas de dar «amor, cariño y tiempo libre». Incluso, los mecenas ya cuentan con fondos para abrir otra vivienda de mujeres vagabundas y en breve pondrán en marcha esa residencia femenina. «Cuando decimos para qué queremos la vivienda, aunque el contrato de arrendamiento va a mi nombre, los propietarios se echan para atrás», adelanta Gabriel, alma mater de ‘Un techo, una noche’.

Médicos, bedeles, pescaderos, religiosos... forman parte de esta generosa iniciativa

Pedro se mueve muy lento y cuenta con voz débil que se lleva bien con sus compañeros de piso, que su vida ha mejorado desde que tiene un colchón, que no sabe ni cómo se llama la asociación que le ayuda y que carece de relaciones familiares. «Veo complicado recuperar a la familia, tengo estos amigos y lo que venga... mi objetivo futuro tiene que ver con la música», atina a decir mientras Joaquín lo interrumpe con frases deslavazadas y cómicas.

El piso de los tres hombres ‘sin techo’ tiene portal de Belén y estampas religiosas por doquier. La decoración corre a cargo de Joaquín, exlegionario, expresidiario, con la custodia retirada de dos hijos y un tercer vástago viviendo con su exmujer. Joaquín comenta que Gabriel, su ángel de la guarda, impulsor de ‘Un techo, una noche’, pasó la última Nochebuena con ellos.

«Estuve siete meses durmiendo en el trastero de Gabriel y luego me trajo aquí, al piso del barrio de la Chana. Tengo mucho, mucho agradecimiento. Lleva ayudándome cuatro años. Pero yo sólo quiero que me devuelvan lo mío... Los ladrones saben quiénes son», intercala Joaquín. A sus 54 años, lleva más de una década sin hogar y culpa de ello a sus parientes, a su dura infancia, a los problemas emocionales... «Quiero recuperar lo mío», insiste en referencia a su familia, a la que acusa de haberle quitado su casa.

«Las cantidades no nos importan. Nos importa aguantar junto a la persona que nos pide ayuda hasta que, si es posible, salga adelante con cierta autonomía. La gente de la calle tiene otros tiempos, otros ritmos... Nosotros intentamos darles las condiciones necesarias para que, motu proprio, se quieran duchar, cocinar, dejar de beber o pedir trabajo», explica Gabriel, profesor universitario y bastión de ‘Un techo, una noche’, una iniciativa privada cuyo fin es la propia intervención con los indigentes.

«Nos da exactamente igual si esta persona ha estado en la cárcel, está pendiente de una sentencia judicial o tuvo relación con la droga. Queremos sacarla de la calle y que no se sienta sola», coinciden Gabriel, Antonio Jesús, Maribel, Clara y María del Carmen en un coqueto patio de la facultad de Traductores. Allí trabajan los cinco y desde allí mueven hilos y conciencias para ofrecer a personas sin hogar un trato digno y cercano.

María del Carmen, Maribel, Antonio Jesús, Gabriel y Clara, impulsores de ‘Un techo, una noche’.
María del Carmen, Maribel, Antonio Jesús, Gabriel y Clara, impulsores de ‘Un techo, una noche’.

«Antonio Jesús y Gabriel nos visitan todas las semanas y eso nos viene bien», coinciden los tres ‘sin techo’. Antonio Jesús, un veinteañero con varias carreras –entre ellas Traducción y Medicina, las dos con las notas de corte más altas de la UGR–, es otra pieza clave de ‘Un techo, una noche’. Él acude al piso de La Chana junto a su pareja, Regina, médico también, y ambos se encargan de ayudar a los ‘sinhogar’, como también lo hace Mario, otro doctor. «No tenemos que esperar a que el Ayuntamiento o los servicios sociales les den soluciones. No tenemos estómago para pasar al lado de un tío que duerme en la calle y no saludarle. Por pura responsabilidad, por empatía», zanja Antonio Jesús. Y recuerda que varios amigos dieron cobijo a una persona sin hogar en Nochevieja. «Las pensiones estaban llenas, hacía frío y no quisimos que durmiera en la calle».

En total, han ayudado a 25 personas en tres años: arreglándoles papeles, pagándoles una habitación, acompañándolos en un café, mediando con sus familias o alquilando un piso. «Lo que ellos necesitaran, eso hemos tratado de dar. Son variables, llegan rápido y se pueden ir sin dar las gracias, no pasa nada», apostilla Gabriel, cuyas principales colaboradoras son las capuchinas de clausura del convento de San Antón.

Entre los voluntarios de ‘Un techo, una noche’ están también Ignacio, el psicólogo que da terapias gratis; Ángel, el pescadero del mercado de San Agustín que dona víveres para el piso de la Chana; una empresa «amiga» en Castell de Ferro que contrata a personas sin hogar; la señora que alquila su casa a bajo precio para los inquilinos en riesgo de exclusión; las monjas que ofrecen comida, ropa y acogida emocional a los indigentes... una red solidaria sostenida por profesores, médicos, bedeles, pescaderos, religiosos... con la única voluntad de ayudar y de dar afecto sin prisa y sin condiciones.

Alejandro, de 47 años, ha sido el último en incorporarse como inquilino al modesto piso de La Chana, donde parece que siempre hubiera un cigarro encendido. Sus tres moradores no paran de fumar mientras narran sus peripecias vitales, como cuando Joaquín estuvo en la Primera Guerra del Golfo y se quedó muy tocado... Escuchándolos, uno se da cuenta –explica Antonio Jesús– de que todos llegaron a la calle por diferentes caminos: una adicción, un desajuste mental tras una experiencia traumática, una familia desestructurada, padecer una enfermedad psiquátrica, haber probado una droga dura o caído en el maldito alcohol... «El primer factor de unión con ellos es que todos tenemos carencias», esboza el impulsor de ‘Un techo, una noche’.

Alejandro, por su aspecto, por su manera de hablar y por su formación como abogado, aparenta ser un benefactor de los ‘sin techo’ más que uno de ellos. Pero resulta que, por diferentes motivos que prefiere reservar, en la Navidad de 2016 se quedó sin casa. Lo echaron de la de sus padres, donde había vuelto hacía tres años. Tras la pelea familiar, dormía en pensiones y en pisos de amigos hasta que en mayo empezó a pernoctar en el rellano de una escalera, donde sufrió una pancreatitis, enfermedad que ha padecido tres veces. Así que él, que en mejores tiempos había trabajado en el departamento de Recursos Humanos de una ONG internacional, tuvo que pedir ayuda.

«Nos da igual si ha estado en la cárcel o en la droga; solo queremos ayudar y dar compañía»

Entonces Alejandro –nacido en la ‘milla de oro’ de Granada– se fue a un piso de la ONG Calor y Café y a los seis meses pasó a la vivienda de ‘Un techo, una noche’. Acaba de empezar a trabajar como empleado de la asociación de exalcohólicos Grexales y confía en remontar, aunque confiesa que el tiempo vivido con personas sin hogar le ha servido de «máster».

«He descubierto a seres humanos con problemas pero con mucha bondad. Yo, que he tenido una vida fácil, sabía que ellos existían pero nunca había tenido contacto. Son criaturas con vidas muy, muy complicadas. Y esto que me ha pasado me va a servir toda la vida. Es curioso, porque yo vuelvo a esta casa de La Chana feliz. Nos lo pasamos bien y nos respetamos».

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