Voluntarios de otra pasta

Maribel Moya y Juan Frías (realizando masajes de pies a pacientes) acuden un día a la semana a la unidad de día de Cudeca. / Amanda Salazar

Más de 900 personas colaboran con Cudeca para mejorar los últimos días de vida de enfermos de cáncer

Amanda Salazar
AMANDA SALAZARMálaga

La labor del voluntariado, que regala parte de su tiempo y su trabajo de forma solidaria y desinteresada para apoyar una causa, es siempre encomiable, pero hay ejemplos en los que ese compromiso va mucho más allá. Es el caso de los voluntarios de la Fundacion Cudeca, un batallón de más de 900 personas cuyo papel es ayudar a conseguir fondos para que la entidad pueda acompañar a los enfermos en sus últimos días de vida y servir de apoyo a sus familiares. De ellos, cerca de 140 voluntarios tienen contacto directo con los pacientes y, para poder ayudar, tienen que aprender a sobreponerse a su propio sentimiento de tristeza para llegar a sacar una sonrisa a pacientes con enfermedades avanzadas que llegan a Cudeca cuando ya han fallado todos los tratamientos posibles en el ámbito sanitario.

Juan Frías (68 años), jubilado de hostelería, conoció Cudeca de primera mano cuando su pareja enfermó. Primero, a través de la atención domiciliaria. Después, su situación empeoró y optaron por acudir a la unidad de ingresos del centro de Cudeca en Benalmádena. «No quería morirse en casa. Llegamos a las siete de la tarde y falleció a las once de la mañana siguiente», señala Juan, que poco después decidió convertirse en voluntario, y ya lleva en la entidad nueve años. Tras realizar un curso de formación, empezó como chófer, realizando los traslados de los enfermos a la sede de Cudeca o a sus citas en el hospital. «Necesitas cierta preparación, porque en los trayectos estas personas pueden ponerse muy malitas y hay que saber reaccionar», dice.

Aunque en principio solo tenía que llevarles de un sitio a otro, al final el contacto directo con los enfermos hacía que cogieran confianza con él, hablaran de cómo se sentían o le contasen sus vidas. Luego pasó de forma natural a la unidad de día, donde hay voluntarios que acuden, por ejemplo, a peinar a los pacientes, otros a jugar a las cartas o simplemente a acompañar a quien lo desee. «Estar aquí te hace sentirte útil, aunque emocionalmente te deja tocado; yo por ejemplo vengo solo un día, aunque por disponibilidad de tiempo podría hacerlo más, pero no quiero porque al final, por mucho que quieras poner barreras les tomas cariño, intimas y te afecta», señala.

Emiliano Luque y Matilde Carrillo. / A.S.T.

No todos los voluntarios llegan a Cudeca por una experiencia personal con el cáncer. Maribel Moya (62 años) conoció la labor de la fundación en un reportaje de televisión y se decidió a colaborar. «Mis hijas ya eran mayores y disponía de tiempo y de ganas de ayudar», dice. Aunque su familia no termina de entender por qué se decidió por un tipo de voluntariado especialmente duro. Sin embargo, Maribel asegura que siempre se va de Cudeca con una sonrisa y que es una labor muy gratificante. «Desde que estoy aquí, me he vuelto más abrazadora y más tocadora que nunca, en muchos casos sientes de forma natural esa necesidad de conectar con las personas», indica. Maribel realiza masajes de pies y reiki a los pacientes. «Cualquier actividad con ellos el buena si consigues que se den cuenta de que, a pesar de estar enfermos, pueden sentir cosas; esta enfermedad es la muerte de todo, pero no mata el amor o la ternura», indica. Juan Frías señala además que los pacientes sienten con ellos o con otros enfermos una libertad que no tienen en casa por miedo a hacer más daño a sus familiares. «Aquí no hay tabúes, saben qué es lo que va a pasar», asegura.

Para financiar los servicios de Cudeca, totalmente gratuitos para los pacientes, la entidad se apoya en los eventos benéficos –más de 165 al año– y en sus 18 tiendas solidarias, donde se venden artículos donados por ciudadanos anónimos. Estas tiendas también dependen de los voluntarios. Algunos, tan veteranos ya como Matilde Carrillo (80 años), que lleva más de dos décadas al frente del local de Cudeca en Arroyo de la Miel. «Al principio, solo teníamos clientes extranjeros porque los malagueños no estaban acostumbrados a los artículos de segunda mano; pero ahora ya vienen de todas partes y tenemos compradores habituales», señala. «A mí me encanta venir, sientes que ayudas a sostener todo el trabajo de Cudeca», confiesa.

«El primer día de voluntario te recomiendan que no puedes crear lazos afectivos, pero no siempre consigues mantener ese muro», añade Emiliano Luque, que lleva dos años como voluntario de transporte en la fundación, una labor para la que ponen sus vehículos particulares. Algunos pacientes se convierten en amigos, dice. En este tiempo como voluntario ha conocido de cerca muchos casos de «personas muy valientes».

Las historias más duras son las de personas jóvenes, madres con hijos pequeños todavía, o incluso chicos adolescentes, que acaban falleciendo. Pero también hay historias increíbles de recuperaciones inesperadas. «Hay casos de pacientes a los que se les ha dado el alta», señala Frías, en esos días, dice, Cudeca se convierten en una fiesta para la esperanza.

Impulso a los cuidados paliativos

Cudeca nació hace 25 años de una pérdida. El marido de Joan Hunt, fundadora y presidenta de honor de la entidad, falleció tras una dura enfermedad y ella pensó en que le habría gustado poder ofrecerle en sus últimos días un entorno más agradable y cómodo a su esposo de lo que ofrecía un hospital convencional. Fue así cómo empezó la idea de crear el primer centro tipo ‘hospice’ de España, un movimiento que fomenta los cuidados paliativos para pacientes con un cáncer en estado avanzado que ya era conocido a nivel internacional pero que es totalmente novedoso en nuestro país. «Cudeca ofrece una atención integral a los pacientes y sus familias, además de contar con cursos de formación para personal sanitario y fomentar la investigación en los cuidados paliativos», explica José Manuel Lapeira, supervisor de la unidad de ingresos de Cudeca. En 2016, la fundación atendió a 1.270 personas al final de su vida, cuenta con 1.500 socios, seis equipos profesionales de atención domiciliaria, una unidad de día por la que pasaron el pasado año 97 pacientes y una unidad de ingresos que atendió a 235 personas.

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