Reinventarse con más de 45

Mujeres expulsadas del mercado laboral logran una segunda oportunidad gracias a Cruz Roja

Ana Gálvez lleva dos años y medio trabajando como azafata de sala en el Museo del Patrimonio Municipal. /Francis Silva
Ana Gálvez lleva dos años y medio trabajando como azafata de sala en el Museo del Patrimonio Municipal. / Francis Silva
Amanda Salazar
AMANDA SALAZARMálaga

Ana Gálvez (49 años) presume de que nunca había tenido que hacer una entrevista de trabajo. Desde muy joven, fue «enganchando» un puesto con otro. Nunca le faltó el empleo y las ofertas le llegaban por el boca a boca. «Me enteraba gracias a algún conocido y directamente me contrataban», recuerda. Así, ha ejercido de azafata, asesora comercial, en un bufete de abogados, en una gasolinera y, sobre todo, como profesora de danza española, su gran pasión. Pero a los 40 años, con un hijo adolescente, tuvo que darle al botón de ‘stop’ de su vida. Le detectaron un cáncer de mama y durante dos años tuvo que someterse a un tratamiento de quimioterapia, una primera operación en la que le extirparon parte de un pecho, a la que le siguió una segunda intervención en la axila, y otro tratamiento de radioterapia.

La entidad ofrece apoyo y formación a colectivos en riesgo para mejorar sus opciones a la hora de optar a un puesto de trabajo

Recuerda aquella etapa «como si estuviera en un sueño». «Parecía que no me estaba ocurriendo a mí», dice. Cuando superó el cáncer, intentó volver a la normalidad. Pero todo había cambiado. «Solo fueron dos años, pero parecía que el mundo era otro», explica. De repente, los currículos solo se podían enviar por Internet, las redes sociales eran indispensables cuando ella «no sabía ni manejar el ratón», pedían más nivel de inglés y ya era «demasiado mayor» para cualquier oferta. Su vuelta al mercado laboral –ya con un 41% de discapacidad reconocida por su enfermedad– coincidió con la crisis, y las semanas se convirtieron en meses. Y luego, en años.

Colectivos vulnerables

Ante este panorama, cayó en una grave depresión. Cuando Ana llamó a la puerta de Cruz Roja, no se reconocía en el espejo. Y no es la única que ha llegado en estas condiciones. Los técnicos de Cruz Roja están acostumbrados a ver a muchas personas que acuden a ellos «derrotados» y que se sienten expulsados del mercado laboral tras un largo periodo de búsqueda infructuoso. Su papel es cambiar esa actitud y darles herramientas para «vuelvan a creer» en ellos mismos, según explica una de las trabajadoras de la entidad, Susana Gallego. A través de distintos planes de formación y de inserción laboral, la ONG apoya con un equipo multidisciplinar –en el que hay desde pedagogos a psicólogos o abogados– a miles de malagueños con especial dificultad para encontrar un empleo. Se trata de colectivos vulnerables como parados de larga duración, mayores de 45 años, inmigrantes, refugiados, mujeres que han sufrido malos tratos, personas con discapacidad o jóvenes en riesgo de exclusión social. Una de las labores menos conocidas de Cruz Roja, que el pasado año atendió a más de dos mil personas gracias a esta red, con casi medio millar de inserciones laborales (un 23%).

La ONG atendió el pasado año a dos mil personas dentro de sus programas de empleo

Ana ha participado en el programa Incorpora de la Obra Social La Caixa que gestiona Cruz Roja para mujeres víctimas de la violencia de género, con discapacidad o con cargas familiares no compartidas. «Llegué con 20 kilos de más, insegura, sin ganas de arreglarme ni de pintarme; yo nunca había sido así, mi imagen siempre fue importante para mí», reconoce. Lo peor, señala, era no tener la oportunidad de demostrar su valía. «En muchos trabajos no aprecian la experiencia, solo miran la edad y prefieren jóvenes a los que puedan moldear», indica. Después de distintas entrevistas, cursos de formación y mucho apoyo psicológico, Ana consiguió un trabajo como azafata de sala en el Museo del Patrimonio Municipal, donde lleva ya dos años y medio contratada. «Cambian mucho cuando logran un trabajo, la diferencia es enorme», afirma Gallego, responsable de Incorpora en Cruz Roja.

Inmaculada Sánchez ha empezado a trabajar como ayudante de cocina.
Inmaculada Sánchez ha empezado a trabajar como ayudante de cocina. / Álvaro Cabrera

Ese mismo cambio es el que está experimentando Inmaculada Sánchez (46 años), que desde hace algunas semanas trabaja como ayudante de cocina en La Taberna del Pintxo, cerca de la calle Larios. Inmaculada consiguió este empleo después de un curso realizado con Cruz Roja, al que siguió un mes de prácticas en otro establecimiento. Una experiencia que ha vuelto a abrirle las puertas del mercado laboral después de más de 20 años como ama de casa. «Tuve a mis hijos, que ahora tienen 22 y 15 años, y decidimos que era mejor quedarme cuidándoles; solo he tenido algún trabajo esporádico como monitora de comedor en el colegio de los niños o días sueltos como camarera de eventos», señala Inmaculada. Pero en octubre, de la noche a la mañana, su vida dio un giro. «De repente, me vi separándome, con dos hijos –ahora el mayor ya se ha independizado– y sin nada con lo que mantenernos, más que la pensión por mi hija menor; tenía salir a trabajar sí o sí», cuenta.

La edad, un problema

Por suerte, consiguió una plaza en el curso de Cruz Roja del programa +45. «Llegas anímicamente tocada por un divorcio difícil, pero ves que los demás tienen su mochila bien cargada de problemas; para mí ha sido duro ver que no me querían por la edad, porque yo me veo joven», señala. La ONG le ha dado la oportunidad que necesitaba. «Si me dejan, puedo demostrar que soy capaz, tengo buena actitud y soy constante», dice Inmaculada, quien reconoce que en la cocinaes «aún un poco lenta», pero que lo compensa «con muchas ganas». Para ella, lo mejor es que sus hijos han notado un cambio. «Mi hija adolescente me ve ahora cansada, pero contenta porque me siento mucho más segura», indica. Algo con lo que coincide Ana Gálvez: «La edad no debe ser un impedimento, las personas somos capaces de reinventarnos a los 45, los 50 ó a los 60».

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