Una óptica malagueña viaja hasta Nepal para graduar la vista a poblaciones empobrecidas

Una óptica malagueña viaja hasta Nepal para graduar la vista a poblaciones empobrecidas

Ana Muñoz ha participado en un proyecto de la Fundación Multiópticas junto a Cruz Roja para realizar revisiones en una zona devastada hace dos años por un fuerte terremoto

Amanda Salazar
AMANDA SALAZARMálaga

Málaga. Ana Muñoz llegó al Proyecto Nepal de la Fundación Multiópticas por casualidad. Trabajadora de la marca Multiópticas en Málaga capital, esta malagueña (Casares, 31 años) es una apasionada de los viajes, practica trekking y senderismo de forma habitual. Por eso, cuando se enteró de que la fundación había promovido una primera expedición a Nepal para graduar la vista a habitantes de aquel país, se quedó con la espinita clavada. Meses más tarde, se enteró de que se iba a hacer una segunda edición. Pero con el trabajo y las obligaciones diarias, no echó su solicitud hasta una hora antes de que se cerrase el proceso. Y encima, olvidó poner su teléfono de contacto. Días más tarde, llamaron a la tienda en la que trabaja preguntando por ella. Había sido seleccionada para viajar con el grupo de la Fundación Multiópticas para viajar al país del Himalaya con la colaboración de Cruz Roja. Y el proceso no ha sido fácil. Además de sus conocimientos ópticos, se requería a los participantes una buena forma física debido a la altitud y a que muchos de los recorridos debían hacerse a pie por zonas de difícil acceso.

En total, cuatro ópticos y un auxiliar de óptica seleccionados por la Fundación Multiópticas participaron a finales del mes de octubre en el proyecto, atendiendo de forma voluntaria durante sus vacaciones a los habitantes de las aldeas nepalíes de Khaniganu, Lachyang y Kalue, en el distrito de Nuwakot. Una zona que hace dos años sufrió un fuerte terremoto, agravando las difíciles condiciones de vida de sus habitantes. Además de Ana Muñoz, en la expedición acudieron otros tres ópticos, Mónica García Vega (Chiclana, Cádiz), Paulino Suárez (Gran Canaria) y Yolanda Gené (Valencia), además de un auxiliar de óptica, Saúl González (Fuerteventura). Además, se les exigía un nivel alto de inglés y han debido hacer varios entrenamientos previos, como una excursión de trekking a los Picos de Europa el pasado mes de septiembre.

En total, el equipo repartió 4.500 gafas de sol, muy necesarias en la zona debido a la altitud

“La experiencia ha sido mucho más enriquecedora de lo que me imaginaba”, señala Ana Muñoz. “Hemos trabajado muchísimo, en jornadas agotadoras, pero era increíble ver que había personas que caminaban 50 kilómetros descalzos para que pudiéramos atenderles”, afirma. Sobre el carácter de los habitantes nepalíes, destaca su amabilidad. “Son muy callados y por lo general poco expresivos, pero te demostraban su gratitud de otras formas, con pequeños regalos, a pesar de que apenas tienen cosas materiales, o apretándote la mano”, recuerda. Cada vez que llegaban a un pueblo nuevo les recibían con una ceremonia, les entregaban flores y les pintaban la frente en señal de agradecimiento.

Inmersión brutal

La inmersión, señala Muñoz, ha sido brutal. “Ves las diferentes patologías que tiene la gente por su tipo de vida; por ejemplo, la miopía es muy rara allí. Sobre todo hemos visto casos de cataratas, alguna persona con ceguera irreversible y debido a la altitud hemos hecho hincapié en que es muy necesario proteger los ojos con gafas de sol”, indica. En total, Fundación Multiópticas ha repartido 4.500 gafas de sol nuevas en esta expedición, además de gorras y libretas para los niños. “Te das cuenta de que para ellos esa libreta es algo muy especial”, señala, al tiempo que recuerda algunas anécdotas. “Uno de los pocos días que tuvimos algo de tiempo libre fuimos a hacer rafting a la zona y vimos cómo se caía un camión a un barranco; tuvimos que acudir a auxiliar a dos chicos y los habitantes de la zona nos dijeron que el hecho de estar allí era una señal de buena suerte para nosotros”, comenta. Entre las dificultades del viaje, Muñoz destaca los largos viajes por carreteras secundarias. “A lo mejor teníamos que estar 5 ó 6 horas de viaje para llegar a una población por las dificultades de acceso”, asegura.

Otro de los aspectos que destaca Muñoz es la convivencia con el resto del equipo. “Hemos hecho piña y lo vivías todo con los sentimientos a flor de piel, aunque es cierto que acabábamos las jornadas agotados; sabíamos que íbamos a trabajar y que sería duro porque allí no hay comodidades, a veces no podíamos ni ducharnos, pero ha merecido la pena”, dice Muñoz, quien señala que para graduar la vista llevaban aparatos como retinoscopios y oftalmoscopios muy alejados de la última tecnología de la que disponen las ópticas aquí. “Lo hacíamos a la antigua usanza, pero eso también nos ha servido para valorar lo que tenemos aquí”, dice. Un aprendizaje que, espera, se ha traído de vuelta, junto con las ganas de volver para ayuda.

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