Marc Simón: «Es injusto que un niño sea pobre solo por el lugar en el que nace»

Marc Simón acudió a Málaga por los actos de aniversario del programa CaixaProinfancia. /Salvador Salas
Marc Simón acudió a Málaga por los actos de aniversario del programa CaixaProinfancia. / Salvador Salas

El subdirector general de Programas Sociales de la Fundación Bancaria La Caixa asegura que aún queda mucho por hacer para romper el círculo de la herencia de la pobreza

Amanda Salazar
AMANDA SALAZARMálaga

Marc Simón es desde hace una década uno de los máximos artífices de las políticas sociales de Fundación Bancaria La Caixa, una entidad a la que lleva ligado en diferentes departamentos desde hace 37 años. Un cargo que desempeña haciendo gala de un carácter afable y tranquilo a pesar de la responsabilidad que supone capitanear una de las tres entidades financieras que más dinero destina a obras sociales en el mundo. En las últimas semanas, Simón apenas ha podido pisar su despacho en Barcelona debido a los actos conmemorativos por los diez años del programa de lucha contra la pobreza infantil CaixaProinfancia, que le trajeron hace unos días a Málaga y por los que está recorriendo toda la geografía española para hacer balance de los primeros resultados. Unos datos de evolución constatados por expertos de diferentes universidades. Gracias a una red en la que participan 400 entidades sociales en 135 municipios de todo el país CaixaProinfancia ha logrado atender a 282.991 menores. De estos niños, 29.478 son malagueños.

El programa nació cuando empezaban a percibirse los primeros síntomas de la crisis económica, en el año 2007. ¿Muchas familias afectadas por el paro vieron en estas ayudas un alivio para una situación asfixiante?

–El programa coincidió con la crisis, pero no surgió a raíz de ella. Empezamos mucho antes porque, incluso en los años de bonanza existía la evidencia de un problema mal resuelto con más de un 20% de familias con niños en situación de pobreza en España. Estaba claro que era una asignatura pendiente. Si hay algo que es injusto es que alguien sea pobre solo por el lugar en el que nace. Con la crisis, fue a más, llegando al 30% y hay expertos que lo cifran en un 40%. Pero la injusticia ya estaba ahí.

Han invertido en estos diez años más de 443 millones de euros en revertir esta situación. ¿Apostaron por los niños porque son unos de los grandes olvidados de las grandes políticas sociales?

–Para hacer una inversión así, era necesario partir de unos indicios, porque si fuese una empresa, sin una base sólida nunca haríamos un desembolso de dinero similar. El problema es que en lo social hay poca estadística o cuenta con datos que llegan con mucho retraso. Sí había estudios que constataban esa herencia de la pobreza a nivel europeo, que una persona pobre en Europa tiene un 90% de posibilidades de que sus padres ya lo fuesen. Y lo mismo ocurre con el nivel educativo. Hay una transmisión de clase y de nivel educativo de padres a hijos. Nuestra hipótesis es que si incidíamos en los niños para romper ese círculo estaríamos contribuyendo a un futuro con menos pobreza. Y la educación era la clave de todo.

«Estamos dando pasos para que haya un cambio social real»

¿Qué papel juegan en esta lucha contra el círculo de la pobreza las entidades sociales?

–Para nosotros fue una decisión estratégica que fueran las entidades sociales las que llevasen a cabo el trabajo y además que fuese de proximidad, barrio a barrio en las once grandes capitales en las que estamos. Es una medida que nos ha restado en cierta medida visibilidad, porque al final las familias usuarias a quien conocen es al monitor o educador de tal o cual asociación, y de nosotros solo ven un logo en la puerta. Serían mucho más conscientes de que estamos detrás con equipos propios. Pero nos pareció que no deberíamos suplir y montar redes de atención paralelas cuando ya teníamos unas entidades que por convencimiento y por acción están muy cerca de las personas.

¿Y las familias? ¿Han encontrado colaboración por su parte?

–En estos años hemos encontrado muchos aliados. Por un lado las entidades sociales colaboradoras, pero también hemos impulsado mesas de coordinación en los barrios para trabajar con otras ONG, servicios sociales, colegios y centros de salud. Las familias también han sido una ayuda, teniendo en cuenta que hay algunas que se han implicado mucho y que otras a las que, a lo mejor por sus orígenes, lengua o cultura, les ha costado más. Hay que tener en cuenta que en la mitad de las familias atendidas el pasado año el padre o la madre eran extranjeros. Pero en general creo que hemos hecho posible que muchas familias participen y se integren en la vida de la escuela. Siempre, haciéndoles también responsables del proceso y pidiéndoles un compromiso. Por ejemplo, en familias con niños pequeños que lo que reciben es una ayuda económica para alimentación e higiene les pedimos a cambio que garanticen la asistencia de sus hijos mayores al colegio.

¿Y las administraciones públicas? ¿Están haciendo las entidades sociales o fundaciones la labor que deberían llevar a cabo las instituciones?

–En la teoría, la iniciativa privada debía hacer aquello que lo público no pudiese cubrir. Las administraciones públicas tienen responsabilidad sobre todo porque son las que legislan. Pero es evidente que no pueden llegar a todo, y eso se ha hecho más visible con la crisis. Aunque ya se daba antes, con ese 20% de pobreza. Creo que hay que ser conscientes de que esto solo no va, y de que debe ser fruto de la colaboración de muchos. El Estado del bienestar debe ser superado por lo que llamaríamos la sociedad del bienestar, en la que cada uno aporta su granito de arena para hacer un mundo mejor.

«Hemos contribuido a crear en los barrios una buena organización comunitaria que va a permanecer ahí»

Ya cuentan con datos sobre los resultados de ese apoyo. ¿Cuáles son las principales conclusiones?

–Hemos contado con varias universidades españolas, entre ellas la Universidad de Málaga, coordinadas por la Universidad Ramon Llull para comprobar la idea inicial de que solo una mejora educativa puede dar paso a un ascenso social. Hoy por hoy, podemos decir que el 81,1% los chicos de nuestro programa terminan la ESO en la edad que les corresponde frente al 53% de estudiantes de este mismo estrato social, según el Informe PISA. Y solo el 6,3% de los chicos de CaixaProinfancia abandona los estudios sin acabar la ESO frente el 30% que constata PISA sin el apoyo de ese tipo de acompañamiento, que va desde refuerzo escolar individualizado a grupal, apoyo psicológico, ayuda a la familia, promoción de la salud y ocio o tiempo libre.

¿Queda aún mucho por hacer?

–A pesar de lo que estamos llevando a cabo, en cada ciudad apenas llegamos al 10% de los niños que lo necesitan. Así que queda mucho por hacer. Hemos conseguido ya que estos proyectos no sean flor de un día y que además sean razonables económicamente con un gasto de 789,95 euros por niño. Podríamos dar más a menos niños, pero no habríamos resuelto el problema. Estamos dando pasos para que haya un cambio social real.

En Andalucía y en concreto en Málaga, ¿hay mayor índice de población que precisa esa ayuda?

–No atendemos aquí a más niños porque sea necesario, sino porque desde el principio hemos encontrado una colaboración que lo ha hecho todo muy sencillo.

¿Cómo resumiría el trabajo realizado estos diez años?

–Hemos dado el protagonismo a los propios niños y hemos contribuido a crear en los barrios una buena organización comunitaria que va a quedar ahí más allá de una intervención social o una política puntual.

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