El Cottolengo, la casa que cura el alma

El Cottolengo, la casa que cura el alma

Voluntarios y personas acogidas cuentan qué hace tan diferente y necesario el Cottolengo

Amanda Salazar
AMANDA SALAZARMálaga

En la cocina de la Casa del Sagrado Corazón, más conocida como el Cottolengo, las ollas y sartenes bullen sin descanso. Casi es la hora de la comida y el olor recibe a quienes entran por la puerta enrejada dando la bienvenida. En los fogones, Enriqueta Muñoz, una de las voluntarias, está terminando de freír el pescado. El menú del día son lentejas con arroz, pescaíto frito acompañado por una ensalada de aguacate y tomate y, de postre, plátanos. La comida le llega a través de donaciones directas o de Bancosol. Varias voluntarias llevan en la cocina desde las 10.00 de la mañana preparando los platos que servirán de sustento para las 41 personas acogidas que alberga actualmente la casa. Y rara vez faltan a la cita.

#MalagueñosconCorazón

Aunque tanto los voluntarios como los responsables del Cottolengo aseguran que lo que más alimenta a las personas que viven en la casa no es un plato caliente, sino el cariño que reciben allí. Las personas que llaman a la puerta de este centro –que lleva 50 años trabajando para los más desfavorecidos en la zona de la antigua barriada de El Bulto– llegan cuando ya no tienen ningún otro lugar al que acudir. Según sus responsables en los últimos cinco años, más de 200 personas de todas las nacionalidades, edades y condiciones sociales. Desde bebés que han nacido cuando sus madres residían en la casa a familias completas o ancianos de más de 90 años.

Entre ellos, lo único en común es una gran soledad y desesperanza cuando llegan. Algo que tratan de aliviar desde este centro dependiente de la Diócesis de Málaga. El Cottolengo es una casa donde se curan almas. Y así lo confirman las personas acogidas.

«El mérito es sin duda de los voluntarios», indica Susana Lozano, subdirectora del Cottolengo. «Tienen una paciencia infinita y han logrado cosas maravillosas, como conseguir que una señora que lleva con nosotros cinco años con un carácter complicado por sus circunstancias, acabe mostrando su lado más tierno», comenta. En otros casos, las personas acogidas en la casa son ya parte de ella, como algunos niños afectados por la poliomelitis que llegaron con meses y ahora tienen casi 40 años. En el centro comen, duermen y se les da una primera asistencia, porque muchos llegan sin ropa o con necesidades médicas, comenta Lozano. «Siempre les preguntamos qué persona de contacto podemos poner en su ficha por si fuera necesario y ahí te das cuenta de que hay gente que no tiene absolutamente a nadie», continúa.

El Cottolengo pide ahora ayuda con la campaña en las redes sociales 'Malagueños con Corazón'. El objetivo es dar a conocer su labor y buscar voluntarios, además de donaciones porque, aunque nunca piden nada y se mantienen de la providencia, la providencia también necesita que le echen una mano. En el comedor, los residentes ya están sentados a la mesa. Los voluntarios sirven los platos. Hoy, comerán caliente... pero sobre todo, en compañía.

Marcelo Sánchez. Voluntario «Aquí cambian, como si les lavaran la cara; pero lo que lavan es el corazón»

Marcelo Sánchez Pérez es, a sus casi 85 años, prácticamente uno más de la plantilla de trabajadores del Cottolengo. Este voluntario lleva más de 13 años ayudando en la Casa del Sagrado Corazón como mejor sabe: Llevando las cuentas en la administración del centro. Maestro de profesión, desarrolló su carrera profesional en el sector privado, con un negocio de aceite que abrió primero en Córdoba y luego en Málaga. Por eso, llevar la administración del Cottolengo no le resulta complicado. Anota los gastos y las donaciones que llegan y se encarga de guardar a buen recaudo el dinero para el buen funcionamiento del centro. Cada día desde que se jubiló, acude al centro a las 9.00 y se marcha a las 13.30 horas. Como si de un trabajo se tratara. «Mi mujer ya era voluntaria porque el cura de la parroquia le animó a que viniera a ayudar, así que conocía de cerca la labor que hacían en el Cottolengo», explica. Y tenía muy claro que cuando jubilase se centraría en labores solidarias. «No quería quedarme en casa, me prometí que tenía que ayudar a los demás», dice.

Para Marcelo, la labor que realizan en el Cottolengo es algo muy especial. «Aquí todo el mundo se desvive por las personas de acogida, sean cuales sean sus circunstancias. Muchos llegan asustados y cuando llevan unos pocos días aquí cambian, parecen otros, como si les lavaran la cara; pero lo que lavan aquí es el corazón», señala. Por eso, para Marcelo es muy importantes que el Cottolengo siga existiendo y dedicándose a los más desfavorecidos. Una labor que durante muchos años llevaron a cabo las Hermanas del Sagrado Corazón, que en 2013, debido a la falta de vocaciones, dejaron la casa. Pese a todo, el Cottolengo ha conseguido mantenerse contra viento y marea, con el apoyo de los malagueños. Por eso, Marcelo no duda en que la campaña 'Malagueños con Corazón' será un éxito.

Henri Pugibet. 52 años, 4 años en el Cottolengo «Es una gran familia aunque seamos muy diferentes»

Henri Pugibet (52 años), de padre francés y de madre norteamericana es, posiblemente, de las personas con más títulos de la Casa del Sagrado Corazón en la actualidad. Según explica, cuenta con un doctorado en Comercio Exterior, un máster de Marketing y dos licenciaturas en Filología Hispánica y Empresariales y habla ocho idiomas. Llegó por primera vez a España desde EE UU para estudiar en la Universidad de Granada. Y se quedó por amor y, aunque después –ya divorciado– se fue a trabajar a Arabia Saudí, siempre ha vuelto ya que su hijo vive en España.

En su caso, lo que le llevó al Cottolengo fue la salud. Estaba asentado en Arabia Saudí, donde trabajaba desde hacía 15 años para una importante familia como responsable de una cadena de distribución muy famosa allí. Entonces, cayó enfermo. A pesar de que visitó los mejores hospitales en busca de un diagnóstico, no mejoraba. Señala que entonces pensó en viajar a España. «Aquí hay médicos muy buenos y yo estaba asegurado en el país debido a que durante algunos años de mi estancia aquí trabajé en una entidad bancaria», señala.

Aterrizó en Málaga en 2013 y llegó al Hospital Carlos Haya «medio muerto». De hecho, recuerda, apenas era consciente de lo que le pasaba. Estuvo ingresado en la UCI 21 días. Después, se enteró de que los médicos daban por hecho que habían llegado en patera. Deliraba, mezclaba todos los idiomas. En algún papel encontraron como persona de contacto a su exmujer, que reside en Granada. Fue ella quien explicó a los médicos quién era. «Fue una médica residente quien dio con el diagnóstico, tuberculosis ósea. Le operaron de urgencia. Después, para colmo, padeció una meningitis. «Enfermo, solo y sin más recursos, mi única opción fue el Cottolengo», dice. Ya lleva cuatro años y está intentando encontrar un empleo para poder salir de la casa.

Carmelo Ferre. 67 años, un año en el Cottolengo «En el Cottolengo me han salvado la vida»

Carmelo Ferre (Barcelona, 67 años) nunca se imaginó que algún día estaría en un lugar como el Cottolengo. A este economista le cambió la vida por completo cuando, según cuenta, estando en Venezuela –donde vivía desde hacía tiempo– fue a sellar su pasaporte y se lo quitaron. «El Gobierno me mandó con lo puesto de vuelta a España, apartándome de mi vida; allí tenía un rancho en el que había invertido todos los ahorros y una esposa», explica. Ahora, un año después, asegura que lo ha perdido todo, «hasta a mi mujer».

Historias como la de Carmelo se repiten en el Cottolengo. Personas de distintas edades y con circunstancias muy dispares, pero que viven en perfecta armonía a pesar de sus diferencias. «Llegué muy mal; yo ya había vivido en Málaga y estaban mis hijos del primer matrimonio, pero me vi solo y enfermo», señala Carmelo, quien padece del corazón. Pasó por el albergue municipal, pero al ver su estado de salud, le dijeron que llamase al Cottolengo. «Aquí me han salvado la vida, me han cuidado y, sobre todo, me han escuchado; porque poder hablar ya es una buena terapia», afirma. Espera poder recuperarse del todo y salir pronto.

Gladis Díaz. 85 años, dos años en el centro «He recibido mucha bondad y comprensión»

Gladis Díaz (85 años) nació en Uruguay y vive desde hace quince años en España. Llegó al Cottolengo cuando perdió la casa en la que vivía con sus nietas por no poder pagar las facturas. Ellas pudieron ir a vivir con las familias de sus parejas. Pero a ella, sin más familia aquí, no le quedó más remedio que acudir al único lugar que se le ocurrió para no verse en la calle: la iglesia. En Cáritas de Alhaurín de la Torre, donde residía, le dijeron que se dirigiera al Cottolengo. De aquello hace ahora dos años. «Al principio fue duro; nunca imaginé tener que acudir a un centro benéfico, pero al final me adapté y ya no quisiera irme», señala Gladis, quien dice que, con su edad, cree que el Cottolengo será el hogar de los últimos días de su vida. Cada fin de semana, sus nietas van a visitarla. «Tengo mucho que agradecer a este sitio. Aquí he recibido mucho amor, bondad y comprensión», indica Gladis, quien cuenta que fue médica cardióloga en su país y que acudió a España cuando enviudó, ya jubilada, para estar con su hija, casada con un español. Verse sin casa, a su edad, cuando no pudo pagar las facturas al perder los ingresos por unos alquileres en Argentina, podría haber sido más traumático de no ser por el apoyo de la gente del Cottolengo, añade.

Marco Clarke. 64 años, 4 meses en la casa «Sin ellos, estaría viviendo en la calle»

Marco Clarke (64 años) vive desde hace solo cuatro meses en la Casa del Sagrado Corazón. Antes, pasó otros cuatro meses en el albergue municipal. Ha llegado a vivir en la calle, confiesa. Y no es algo agradable. «Pero cuando las cosas te van mal, empieza a alejarse todo el mundo, los que creías tus amigos, te dejan solo», lamenta. Este británico, que durante 40 años ha residido en Torremolinos, donde tenía un restaurante, ha visto cómo su vida se iba acercando poco a poco al abismo. No le gusta hablar de ello y prefiere no dar detalles de una etapa que, asegura, aún le duele. De empresario de éxito pasó a perder su negocio, y con él a la gente que le rodeaba y, al final, hasta su vivienda. Todo ello agravado por la salud.

Hace ahora diez años, sufrió un ictus que le paralizó la mitad del cuerpo. Fue después de recuperarse cuando, al no poder afrontar las facturas, se vio en la calle. A pesar de que no le afectó de forma importante al habla o a sus capacidades físicas, tuvo que pasar al raso gran parte de su recuperación. En el Cottolengo, señala, ha encontrado a una familia. «Más que una familia, porque mi familia de sangre no quiere saber nada de mí», explica. «Mientras que me dejen, me quedaré aquí», dice.

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