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Aliados contra la soledad

Las voluntarias Auxiliadora Romero y María Baena escuchan a una de las residentes de Los Milagros mientras toca el órgano.
Las voluntarias Auxiliadora Romero y María Baena escuchan a una de las residentes de Los Milagros mientras toca el órgano. / A. S. T.
  • Voluntarios de Cruz Roja acompañan a personas mayores en su hogar o en residencias

  • Más de 3.700 ancianos de la provincia de Málaga reciben el apoyo de la ONG para tratar de aliviar su sensación de aislamiento

La tarde del jueves es el momento de la semana más esperado por los ancianos de la residencia de Rincón de la Victoria Los Milagros. Ese día tienen programada la actividad estrella: el bingo. Y también es cuando les visitan dos voluntarias de Cruz Roja, dentro del programa de acompañamiento a personas mayores de la entidad, que realiza esta labor tanto en hogares como en centros geriátricos. Auxiliadora Romero –actualmente en el desempleo– y María Baena –vendedora de prensa ya jubilada– se encargan de ayudar a los mayores a no pederse el juego, mientras que una de las residentes, Conchita, canta los números, que se proyectan en una pantalla para que los que no escuchan muy bien puedan verlos.

La experiencia es gratificante para todos. «Son un encanto», comenta Irma, una de las residentes, que fue maestra durante 40 años en Argentina y aún conserva el gusto por la música, deleitando a sus compañeros cada mañana con canciones que toca en el órgano como ‘Clavelito’ y tangos. «Nosotras venimos sobre todo para escucharles, porque aunque tengan familia, muchas veces por falta de tiempo no pueden hablar todo lo que quieren», dice María. «Intentamos sacarles de su rutina y hacerles recordar historias o incluso recetas de cocina para que ejerciten la memoria», señala Auxiliadora. «Para la residencia supone un apoyo importante porque podemos dedicarle ese tiempo que vienen las voluntarias a otros ancianos que no quieren salir de sus habitaciones», añade Arminda Albarracín, psicóloga del centro.

Marina Márquez (derecha) acompaña a María Antonia Sánchez desde hace un año y medio.

Marina Márquez (derecha) acompaña a María Antonia Sánchez desde hace un año y medio. / Paula Hérvele

Según la última encuesta continua de hogares del Instituto Nacional de Estadística –publicada hace unos días–, en solo un año el número de personas mayores de 65 años que viven solas en España ha crecido un 4%, con unas 79.600 más. El 39,6% de las mujeres mayores de 85 años vivían solas, frente al 25,9% de los hombres. La Fundación Amigos de los Mayores llama la atención sobre este dato y señala que «el 60% de las personas mayores que viven solas han expresado tener sentimientos de soledad y aislamiento». En este contexto, el apoyo de las ONG se está convirtiendo en un pilar indispensable.

Más de 3.700 personas mayores reciben ayuda por parte de Cruz Roja Málaga, que cuenta con 583 voluntarios para los diferentes programas de acompañamiento, prevención y envejecimiento activo que desarrolla en la provincia, entre los que destacan las intervenciones de acompañamiento domiciliario y otro complementario para citas médicas o gestiones burocráticas para las que los mayores requieren ayuda. «Estamos en contacto directo con los servicios sociales, que son los que muchas veces nos derivan a las personas mayores», explica Isabel Páez, responsable del Programa de Mayores del organismo que es, junto a Fundación Harena –que atiende a 3.200 ancianos con su proyecto de acompañamiento–, la ONG más involucrada en la provincia con los ancianos.

Marina Márquez, voluntaria de Cruz Roja desde hace cinco años. Se quedó en el desempleo y decidió invertir ese tiempo en ayudar a los demás. Esta administrativa de profesión de 51 años ha realizado diferentes labores dentro de la ONG, pero desde el principio tenía muy claro que quería hacer el acompañamiento con mayores.

«Cuando entré en Cruz Roja me di cuenta de que lo que más les pesaba no eran tanto las enfermedades o sus circunstancias, sino la soledad», señala. Así conoció a María Antonia Sánchez (67 años), a la que acompaña desde hace un año y medio. «Yo ya había estado con otra señora antes, pero me había desvinculado del programa porque volví a encontrar trabajo; sin embargo, me llamaron de la entidad para hablarme de Toñi, porque buscaban un perfil de voluntaria parecido al mío, y decidí aceptar», explica. Pasan juntas una tarde a la semana. Siempre quedan en la casa de María Antonia, pero aprovechan para salir a la calle a hacer gestiones o a la biblioteca, aunque algunas veces también van a visitar algún museo. «Yo pedí a Cruz Roja que, dentro de lo que cabe, me buscasen a una voluntaria que no se dedicase a ver programas del corazón», señala. Y parece que han dado con la persona ideal. «Nos gusta la música y la cultura; compartimos muchas cosas y hemos encajado muy bien», seña Marina.

María Antonia padece desde niña esclerosis lateral amiotrófica (ELA), enfermedad degenerativa de tipo neuromuscular. A pesar de su delicado estado de salud y de sus circunstancias familiares –de joven tuvo que cambiar mucho de lugar de residencia por el trabajo de su padre–, esta granadina terminó sus estudios gracias a su «carácter fuerte y disciplina férrea». «Tardé más que la mayoría, pero conseguí mi propósito», señala esta funcionaria prejubilada.

Sin embargo, el mundo se le echó encima cuando hace unos años perdió a su madre. «Me vi completamente sola», señala al tiempo que recuerda una época muy difícil de su vida. Le coincidió el duelo con la prejubilación y asegura que se acostaba y se despertaba llorando. Su primera tabla de salvación fue el Teléfono de la Esperanza. Allí, un psicólogo le dijo que tenía que establecer apoyos en su entorno. Fue así como llegó al programa de acompañamiento de Cruz Roja. Y Marina se ha convertido en una de sus mejores aliadas.

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