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«Yo sólo quiero ganar para comprar tiempo»

PASEO CON FIGURA

«Yo sólo quiero ganar para comprar tiempo»

Elegir pasear por la plaza de toros para Gonzalo García-Pelayo, conocido como el hombre que hizo saltar la banca de varios casinos del planeta a golpe de lógica matemática, esa historia fascinante ahora recuperada en el filme 'The Pelayos', tampoco es un golpe de azar

29.04.12 - 12:46 -
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«Yo sólo quiero ganar para comprar tiempo»
Teodoro León Gross, con Gonzalo García Pelayo junto a La Malagueta. :: Á. Cabrera
Elegir pasear por la plaza de toros para Gonzalo García-Pelayo, conocido como el hombre que hizo saltar la banca de varios casinos del planeta a golpe de lógica matemática, esa historia fascinante ahora recuperada en el filme 'The Pelayos', tampoco es un golpe de azar. En definitiva, el coso taurino es una ruleta metafórica donde se juega fuerte, y se puede ganar o perder mucho.
«Los toros, como el boxeo, son un buen símil del juego. Y siempre he creído que un buen boxeador o un buen torero será buen jugador, porque tienen las condiciones claves: energía y riesgo», razona Gonzalo García-Pelayo a la sombra de la vieja plaza del XIX en la que ya estuvo como apoderado taurino y como director de cine, porque aquí se desencadenaba el final de su road-movie erótica 'Corridas de alegría'.
A veces un episodio tiene tanto magnetismo que cataliza toda una vida. El golpe de ‘The Pelayos’ es el matasello de este hombre lúcido y apasionado; pero detrás hay una existencia llena de aventura «porque la vida realmente es una aventura». Fue productor musical, con más de ciento cuarenta discos en el curriculum, y director de cine; empezó en Sevilla, donde fue uno de los creadores del rock andaluz. «Se trataba de unir los dos conceptos fundamentales de espacio y tiempo: nuestro tiempo era claramente el rock, los sesenta; pero nuestro espacio era este, no California». En esos años tuvo la sala Dom Gonzalo –referencia a Berceo, más que a Pérignon– con la discografía internacional que le pasaban por Rota. Después vendría el juego. No se trataba sólo de hacer caja, sino de un estilo de vida emocionante, esa ‘bruma maravillosa de la incertidumbre’ descrita por Dostoievski en 'El jugador'.
–«Para mí el juego era la continuación de mi espíritu de hombre del rock, de una ideología contracultural».
El patrón de ‘The Pelayos’, en definitiva bautizados como un grupo de rock, cita a Frank Zappa y Jimmy Hendrix; también a los Beatles «que han influido más en mi pensamiento que cualquier filósofo contemporáneo». De hecho Hendrix y los Beatles son dos de los Absolutamente Grandes, su inolvidable programa de radio que le sobrevivió.
«Me gusta ese verso de Borges, ‘yo que tantos hombres he sido’, pero añadiéndole ¡y tantos que me habría gustado ser!». Bebe una bebida isotónica, que para cornadas las de los infartos, y mantiene las manos quietas, con movimientos precisos de jugador, pero los ojos se mueven fulgurantemente, como el pistolero que sabe que el éxito o el fracaso es una fracción de segundo. «Yo viví en el París en 1965, el tiempo de Cahiers du Cinéma y la Nouvelle Vague, y fui feliz; pero me perdí a la vez el Londres de los Beatles, que también me habría encantado. Estar en la caída del muro de Berlín fue extraordinario, pero no vi el fin de la URSS. Estoy contento de las vidas que he vivido, pero lamento las que no he podido vivir».
A la sombra de los muros de esta ruleta taurina de grandes fracasos y grandes triunfos, como la tarde mítica de Ordóñez en 1959, no hay margen para el azar. Tras el mundo romántico y ‘noir’ del póker, ahora actúa en las apuestas: «Es más técnico, un laberinto matemático, tal vez menos romántico, pero muy apasionante». Y las matemáticas son su forma de relacionarse con el mundo. Él buscó su ‘cisne negro’, eso cuya probabilidad de suceder es inferior al 0,001%, y, este discípulo aventajado de Mandelbrot y Poincaré ganó jugando contra el quinto decimal. «Pero yo sólo quiero ganar para comprar tiempo». Aun a sabiendas de que, en la partida de la vida, al final se impone la banca, aún espera buenas manos. «Todavía espero disfrutar de seis o siete cumbres hasta los ochenta años que espero vivir». ¿Es una apuesta?, le pregunto. «Sí». Quién se atrevería a apostar contra él.
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