En un bar de copas se inmovilizaron 31 botellas de ron aparentemente falsificadas. :: Galindo
PRINCIPALES DIFERENCIAS
Precintos. Al abrir algunas cajas, los precintos fiscales se quedaban pegados al cartón de la tapa. Los agentes comprobaron que pertenecían a otras botellas y que habían sido reutilizados.
Etiquetas. Las falsificaciones más logradas se diferencian en el brillo o en la tinta. Las más burdas, como la de la imagen, tienen erratas: ausencia de la letra ‘ñ’; Bercelo en vez de Barceló; y Reys, en lugar de Reyes).
Lote. En muchas de las botellas inmovilizadas, el número de registro que indica la fecha de caducidad y la trazabilidad del producto (procedencia y cadena de distribución) está manipulado y tapado por una pegatina.
El león. El sello característico de la marca de ron es uno de los indicadores. En las originales, el felino tiene un hueco en el pecho, en el lugar del corazón, mientras que en las falsificaciones (como la de la foto) carece de él .
«Hola, ¿queréis un chupito? La copa cuesta tres euros y medio. ¡Y no es garrafón!». La relaciones públicas no ha tenido buen ojo, aunque no es culpa suya. Pasan por unos amigos de marcha por el centro. Castillo y Rius visten ropa informal. Goku –es más conocido por el apodo que por su nombre, José Luis Romero– juega con ventaja. Su cara aniñada y un estilo juvenil casi le hacen pasar por un veinteañero. El cuarto integrante del grupo es un periodista. SUR se adentra de la mano de estos agentes en la trastienda de la noche malagueña en busca de alcohol de contrabando o de garrafón.
Castillo hace las presentaciones. «Buenas noches, Policía Local. ¿Puede salir el dueño o el encargado?», afirma, mostrando discretamente su placa. «Les esperamos en la calle para explicarles el motivo de la visita. Procuramos molestar lo menos posible», aclara el oficial. El propietario sale a recibirlos. Intenta mostrarse sereno, pero en su rostro se adivina el nerviosismo. «Aquí el alcohol es bueno, lo compramos en una distribuidora». A continuación, pronuncia el nombre de la empresa donde adquiere la mercancía. Sin quererlo, acaba de delatarse. Los agentes se miran. Saben que la inspección será positiva.
Es uno de los ochenta locales del centro que aparecen en la hoja de ruta de la ‘operación Resaca’. Los establecimientos no han sido elegidos al azar. Han surgido de los listados facilitados por mayoristas donde se han localizado partidas sospechosas, así como de informaciones que han llegado al Grupo de Investigación y Protección (GIP), desde donde se ha impulsado este dispositivo. Goku –un policía menudo, experto en artes marciales, de mente inquieta– ha dedicado parte de la tarde del viernes a situar sobre el mapa de la ciudad los bares que tienen más papeletas.
Son las nueve de la noche y en la calle hay siete grados de temperatura. De camino al centro, los agentes explican cómo surge la operación. «Un día vimos unas botellas sospechosas en una tienda de alimentación», arranca Goku. «Como no sabíamos mucho del tema, preferimos informarnos de la legislación antes de actuar; al observar las anomalías que había, decidimos ir los tres –refiriéndose a Castillo y Rius– e intervenir unidades de muestra».
Falsificaciones burdas
Ahí empezó todo. Tirando de aquel hilo llegaron hasta las distribuidoras. Al abrir algunas cajas, los precintos fiscales se quedaban literalmente pegados al cartón de la tapa. Habían sido reutilizados de otras botellas. También detectaron irregularidades en el número de lote, que aparecía raspado y oculto bajo una pegatina. El hallazgo derivó en la primera línea de investigación, que apunta al alcohol de contrabando.
La segunda, que abrió la hipótesis del garrafón, apareció después. «Hay partidas aparentemente falsificadas, pero están pendientes de análisis para saber su contenido», matiza Castillo. Las etiquetas no se corresponden con las originales –algunas son muy burdas, con errores tipográficos y faltas de ortografía– y el vidrio es diferente. «El formato y el tamaño es diferente», explica el agente Rius. «Hay botellas de 75 centilitros –prosigue– con el número 5 raspado». Ese detalle, explican los policías, revela que viene de un país ajeno a la UE. «La verdad es que nuestra ignorancia en esto era plena, pero hoy día se puede decir que somos casi expertos en alcohol, y no por probarlo, sino por las botellas que hemos revisado», bromea Goku.
El coche camuflado se queda en la calle Carretería. Los agentes han recibido una llamada de los dueños de un pequeño bar de los alrededores de la plaza Uncibay, los primeros que piden que les revisen unas botellas. «Siempre nos extrañó la pegatina del lote, pero cuando vimos las noticias, decidimos avisar», comenta la propietaria. Los policías localizan en sus estanterías siete botellas –cuatro de whisky y tres de ron– con irregularidades. «Nos sentimos engañados», repite ella. El oficial Castillo les tranquiliza. «No les vamos a denunciar, solo vamos a levantar acta y a inmovilizar la mercancía». Para que no les vuelva a ocurrir, Goku les enseña las irregularidades más palpables de las botellas. «Ellos también han podido ser víctimas, por lo que les explicamos las diferencias para que tengan criterio y sepan de quién se pueden fiar». Por eso se respeta su anonimato en el reportaje.
La siguiente inspección también es positiva. En otro bar de copas de la zona, localizan 31 botellas de ron con claras anomalías en el sello y el vidrio. «Siempre compramos en casas oficiales, pero cambiamos de distribuidor hace una semana por un problema con el reparto. Todavía no las habíamos servido», dice uno de los socios del local, que también mostró interés en saber cómo detectarlas. «El precio es muy parecido», agrega mientras exhibe la factura.
Más baratas
Los empresarios admiten que estas botellas son un poco más baratas. «A mí me cobran (en la distribuidora) un euro menos por unidad; en un pedido de 500 euros, te ahorras 50. No me merece la pena. Si lo llego a saber...», afirma el dueño de otro pub después de que le inmovilicen tres botellas de ron y dos de whisky.
La noche avanza. Hay cuatro más en otro establecimiento próximo a Carretería. «No me lo puedo creer», afirma el propietario. «No saben el disgusto que me dan. Llevo 15 años comprándole al mismo distribuidor, por fidelidad y por precios. Yo odio profundamente el garrafón y todas las irregularidades», recalca, preocupado por quedarse sin existencias de esa bebida para el fin de semana.
A las cuatro de la mañana del sábado, la operación ha pasado por una docena de locales del centro y un club de alterne de la periferia, donde se localizaron 60 botellas más. El balance es de 108 unidades inmovilizadas en seis de ellos y 17.000 desde que comenzó esta particular resaca. «A mí me parece muy bien que se actúe; si pagas por una copa, que sea en condiciones», asegura Antonio Pérez, cliente del último bar por el que se pasan los policías. «Hay veces que te levantas con una jaqueca que te quieres cortar la cabeza. Así estamos todos al mismo nivel».