Málaga debe aferrarse a este eslogan para volver a creer en sí misma y para demostrar que cualquier tiempo pasado de pujanza económica puede repetirse. Sacudidas ya las últimas cenizas del nefasto 2009, hay mimbres para afrontar con un moderado optimismo este año que acaba de nacer. Por un lado, entrará en servicio la T-3, la nueva terminal del aeropuerto de Málaga que permitirá atender al doble de pasajeros que las dos actuales. También está en el calendario de inauguraciones la segunda ronda de la capital, que aflojará el cinturón viario de la capital, bastante congestionado ahora. La ciudad tomará otro aire gracias al palmeral del puerto, que para sorpresa de todos empieza a integrase en la ciudad. Sí, sí, ya se puede ver para creer. Dos importantes piezas de nuestro patrimonio histórico, con rehabilitaciones que por desgracia también pueden considerarse históricas, saldrán de su letargo en 2010: el Teatro Romano al fin subirá un imaginario telón para ofrecer a la ciudad una cuidada función y el remozado mercado de Atarazanas volverá a latir con los pregones de los vendedores y el incesante deambular de los consumidores. También en el Centro será una realidad el final de las obras del Museo Thyssen, que si las desavenencias entre la baronesa y su Borja no lo impiden dotará a Málaga de una pinacoteca de primer orden internacional.
Málaga sin duda dará un paso importante en 2010 para seguir avanzando, pero no hay que conformarse. Hay que ser exigentes para sacar adelante otros proyectos que darán a la ciudad el plus que necesita para romper. El bulevar sobre las vías soterradas del tren es imprescindible para mejorar la calidad de vida de miles de vecinos de la zona oeste; la autopista de Las Pedrizas no puede permitirse otro parón como el del pasado año, y el tren litoral no debe quedar en una quimera bajo el amparo de su elevado coste. Aunque no hay buenos precedentes en estos casos, habrá que conceder el beneficio de la duda a los responsables públicos. Entre otras cosas porque 2010 es año preelectoral.