Señora, voy a limpiar el salón. ¿Qué hago con el señor?». La anécdota tiene el valor de categoría por cuanto señala la desconsideración, cuando no el trato excluyente, del que son objeto los mayores cuando terminan o prescinden de ellos en su actividad laboral y, ociosos, se convierten en seres manejables a conveniencia, como si de un sofá se tratase.
En nuestras sociedades, cada día crece el número de mayores o de sénior o simplemente de viejos. Envejecen las personas y, por extensión, envejecen las poblaciones a las que pertenecen. Pero quizás convenga precisar lo qué es el envejecimiento demográfico, ya que se tiende a confundir el fenómeno con el simple crecimiento de la longevidad. El cumplimiento por un número creciente de individuos de cada vez más años no produce el envejecimiento general. Éste viene derivado del aumento de la proporción de personas de 65 años y más en el conjunto de una población. Por ejemplo la española, con casi un 17% de personas viejas y siete puntos porcentuales por encima del umbral que constituye la puerta de entrada en esta situación.
Inicialmente el factor más decisivo fue la caída de la fecundidad. En la actualidad, es el alargamiento de la vida humana, aunque ambos fenómenos suman sus acciones para conformar una sociedad caracterizada por el envejecimiento de la propia vejez que tiene, sobre todo, nombre de mujer debido a la mayor esperanza de vida del sexo femenino .
Es preciso recalcar el carácter puramente estadístico que tiene la edad de 65 años para clasificar a las personas mayores, y también señalar que no se pueden identificar la entrada en la vejez y el inicio de la jubilación como dos fenómenos coincidentes en el tiempo. En España, la edad legal del retiro a esos años fue fijada en una época en la que la esperanza de vida era más baja que la actual, lo cual justificaría, en mi opinión, una revisión al alza. Por otro lado, conviene recordar el carácter inexorable que tiene el envejecimiento. Ni la natalidad, ni la inmigración necesarias para corregirlo son concebibles en sociedades acostumbradas a niveles de fecundidad y a volúmenes de extranjeros que están muy lejos de los exigibles para revertir la tendencia.
El envejecimiento es un fenómeno con el que debemos aprender a convivir y que es preciso aceptar porque, en definitiva, supone una conquista social cuyos retos hay que afrontar con tiempo, imaginación y dinero. Hoy todavía tendemos a considerarlo como un problema. El miedo al envejecimiento deriva de las dudas ante el futuro pago de pensiones y del elevado monto de otros gastos sociales, prioritariamente los sanitarios incluido el creciente coste de la dependencia. De ahí a la consideración de los viejos únicamente como consumidores de recursos, cuando no egoístas, materialistas, voraces o roñosos como son descritos por los jóvenes en la novela de Adolfo Bioy Casares ('Diario de la guerra del cerdo'), hay sólo un paso. El temor deriva también de que esa acumulación de personas en los tramos altos de la pirámide de edades favorezca la creación de una gerontocracia o, al menos, su poder de influencia en beneficio de sus propios intereses, gracias al crecimiento del peso relativo de sus votos en las sociedades democráticas.
Y, sin embargo, esos temores no están acompañados de medidas para resolver las consecuencias que el envejecimiento va a provocar. Para empezar, habría que acabar con la mayoría de las jubilaciones anticipadas y elevar las edades legal y real del retiro. Es preciso establecer políticas activas de envejecimiento que incentiven el trabajo de los sénior. Hay que diseñar acciones de gestión del conocimiento con flexibilidad de horarios y de localización de los puestos de trabajo; una política de retribuciones no sólo en dinero, sino mediante otros bienes y servicios; y un diseño de tareas que no requieran gran esfuerzo físico y representen alto valor añadido ('mentoring', formación, orientación...). Estas medidas de las empresas deberían estar acompañadas por otras de la Administración dirigidas a incentivar a las compañías que empleen trabajadores de edad. Y como estas acciones no serán suficientes, será imprescindible cambiar el actual modelo de pensiones por un sistema mixto de capitalización-reparto, público-privado.
Junto a ello, el problema del gasto sanitario debería ser encarado desde la perspectiva de la medicina preventiva, a través de una educación de la población que ayudase a refrenar la aparición de las enfermedades; y de la medicina predictiva, que es la posibilidad de tratar 'a priori' enfermedades potenciales que aún no se han producido, pero que podrían aparecer con el tiempo si se dan las condiciones.
Sólo hay un medio de retrasar la muerte, que es el envejecer. Tanto en la longevidad de los individuos, como en la esperanza de vida de las sociedades, caben todavía progresos. Pero ya no se trata únicamente de añadir años a la vida, sino de dar mejor vida a los años. Sin olvidar que la arruga en la cara, como en la ropa, también es bella.Y necesaria.