UN tipo fuma un cigarrillo junto al cauce del río. Se mueve con la lentitud de quien busca un escondite. Alguien le llama y entra. Se deja cegar por las antorchas eléctricas de las cámaras de televisión, se deja colocar en el paredón de la efímera posteridad de las fotografías. Saluda a los políticos, a los críticos, a los gestores culturales. Y después de los retratos se queda solo de nuevo. Con ganas de encender otro cigarro. Pero no puede. Tiene que subir a la planta superior, escuchar lo que opinan de su trabajo, responder a las preguntas de los periodistas. Y cuando habla, muy bajito, se traba, se corrige, vuelve sobre sus palabras, se lo piensa, se rasca el pelo alborotado, la barba, tartamudea, rehúye la mirada de su interlocutor y sonríe como quien levanta un muro. Es un hombre joven, bien parecido. Un triunfador. Una estrella ascendente en el firmamento del arte contemporáneo, un apóstol que antes de cumplir los 40 ha entrado en los templos profanos de la Tate Modern y la Saatchi Gallery, los coleccionistas pagan muchos miles de dólares por una pieza suya. De acuerdo. Pero él quiere salir de allí cuanto antes. Que le dejen tranquilo.
Y por fin lo consigue. El tipo se llama Wilhelm Sasnal. Puede que ese nombre no le diga nada al común de los mortales, pero los gurús del arte moderno se ponen como el perro de Pavlov cuando lo escuchan. Desde hace unos años, Sasnal figura entre los autores más cotizados del orbe, aparece en los primeros lugares del 'Quién es quien' del mundillo artístico; y sin embargo, sus palabras, sus obras, parecen encajar mejor en aquella 'Anatomía de la melancolía' escrita por Robert Burton a mediados del siglo XVII.
Me dirán (con razón) que la cita histórico-literaria disimula malamente un esnobismo incurable. Me explico. El clérigo británico firmaba un libro denso, de lenta digestión, en el que repasaba los principales dolores del alma de sus coetáneos. Además, lo farragoso de su texto quedaba compensado por un título de extraordinaria belleza. Algo parecido acontece ante las obras de Wilhelm Sasnal que ahora cuelgan en el CAC. El creador polaco no lo pone fácil. Figuración y abstracción, naturaleza y paisajes industriales, vivos colores, negro y blanco, pinturas y vídeos. Y todo rodeado de esa tenue melancolía que Sasnal trasmite en su trabajo, en su conversación, en su manera de comportarse.
Y ya que hablamos de trato, consuela comprobar que los laureles del arte de ahora no están relacionados con el grado de mala educación del sujeto (o sujeta) entronizado por críticos, galeristas e intermediarios varios. Hace justo un año, pasaba por el CAC Tracey Emin, cuya comparencia recordó las inefables presentaciones que protagonizaron en su día los hermanos Chapman o Jason Rhoades. El tono ha cambiado. Bajan los decibelios. El centro reúne bajo su techo a Wilhelm Sasnal, Chema Cobo y la colección de Carmen Riera (Juan Muñoz, Lousie Bourgeois...). Un remanso de paz, un alivio, una invitación a la melancolía.
Quizá no llegue a la melancolía, pero seguro que cierta desazón está dejando en los gestores locales el asunto enquistado de La Casa Invisible. Dos años y medio en los que nadie ha sido capaz de hincarle el diente al asunto. Dos años y medio desde que este colectivo ocupó de forma ilegal un inmueble del Ayuntamiento. El gobierno municipal llevó el asunto a los tribunales, ya tiene la sentencia que le da la razón, puede ejecutar el desalojo cuando quiera, pero esa decisión sería bastante impopular, al menos entre ciertos sectores de la progresía local. Cierto que los moradores de La Invisible han entrado allí por las bravas y por las bravas se han quedado, pero no es menos cierto que en este tiempo han articulado un amplio programa de actividades. Una flor en el páramo de la participación ciudadana, que tanto valora Bruselas cuando elige a la Capital Europea de la Cultura. El Ayuntamiento pide ayuda a la Junta y a la Diputación. Pero el problema es suyo. Echarlos quedaría feo. Dejarlos sentaría un precedente. Y como no encuentra una salida, deja que pase el tiempo. Una solución melancólica.