Así, la intención de su autor era la de perpetuar sus personajes en al menos nueve libros-trama. Con el infarto que atenazó a Larsson mientras, averiado el ascensor, subía los siete pisos que culminaban en la revista que dirigía - su corazón de cincuenta años recién cumplidos, ya sometido sin embargo a un estrés creativo aderezado de 20 cafés y setenta cigarrillos diarios - , los lectores de la serie 'Millenium' nos hemos quedado huérfanos, no sólo de los personajes que ya conocíamos sino fundamentalmente de aquéllos que únicamente fueron esbozados como futuros co-protagonistas y cuyo desarrollo ya no podrá completarse nunca, como un niño muerto en su cuna o una pasión no correspondida.
Tras 'Los hombres que no amaban a las mujeres' y 'La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina', la historia de 'La reina en el palacio de las corrientes de aire' comienza con Lisbeth Salander, postmoderna superheroína, hacker y sociópata con aspecto de adolescente tatuada y adicta a los piercing, ingresada en estado crítico con una bala alojada en el cerebro.
En el mismo centro hospitalario se recupera un criminal extremadamente peligroso que sólo piensa en vengarse de Salander. Se trata de Alexander Zalachenko, Zala, un desertor del KGB protegido por un grupo sueco de operaciones especiales, 'La Sección', cuyos miembros son cómplices de actividades, no sólo anticonstitucionales sino también inequívocamente definibles como terrorismo de estado, una de cuyas víctimas lleva años siendo Lisbeth Salander.
Sociedad del bienestar
Será el periodista Mikael Blomkvist quien tendrá que explorar la hipócrita y cruenta trastienda de la Sociedad del Bienestar por excelencia, la cual, mientras con una mano abandera las causas de la democracia y los derechos humanos, con la otra se tapa los ojos para ignorar las actividades de sus servicios secretos cuando éstas conllevan crímenes contra ciudadanos indefensos.
Si en algo era experto el autor de Millenium, es precisamente en derechos humanos: Expo, la revista que dirigía -la 'Millenium' original- había sido fundada para denunciar cualquier tipo de movimientos que atentaran contra la democracia.
Según su socio y amigo, el kurdo Baski, Stieg Larsson poseía el mejor archivo de toda suecia sobre racismo y nazismo; entre sus expedientes se encontraba una gran cantidad de información sobre Alemania, Italia y España, incluyendo una extensa documentación sobre Franco, ya que el autor sueco sostenía que no se podría entender la historia de Europa sin haber diseccionado minuciosamente lo sucedido en estos tres países.
Baski aseguró también, tras la muerte de Larsson, que éste pensaba quedarse con los beneficios del primer volumen, destinar los del segundo a una asociación de mujeres maltratadas (víctimas de esos 'Hombres que no amaban a las Mujeres'), e invertir los del tercero en las investigaciones de su revista Expo. Una decisión que probablemente ya no será respetada ya que su viuda no oficial -debido a las amenazas que Larsson recibía constantemente por parte de grupos de ultraderecha, no se había casado con quien era su compañera desde hacía casi treinta años para no exponerla al peligro que a él le acechaba a diario, y las leyes suecas anteponen los derechos consanguíneos a los de convivencia- ha sido desposeída de la herencia de Larsson, siéndole ésta otorgada al padre y al hermano del escritor, con quien éste no mantenía ninguna relación.
Aunque el litigio al parecer será largo y tortuoso como el camino de cierta canción de los Beatles.
El lado tenebroso
En esta tercera entrega de 'Millenium', Larsson nos adentra aún más en el lado tenebroso de la blanca Suecia. La novela no resulta tan enigmática como la primera ni tan hipnótica como la segunda, ya que en 'La reina en el palacio de las corrientes de aire' de lo que se trata es de ir atando los cabos que quedaron sueltos, y podría decirse que casi todo lo que acontece en este libro resulta previsible.
Previsible aunque no prescindible: era necesario este tercer volumen para apreciar en su totalidad la valía del personaje más logrado de esta serie definitivamente condenada a quedarse en trilogía: una Pipi Langstrum que Larsson imaginó ya adulta y a quien bautizó como Lisbeth Salander, una justiciera de 24 años, cuarenta kilos y metro y medio de estatura, ataviada con una cazadora de cuero negro insertado de simbólicas tachuelas: «No intentes acariciarme. Te dolerá».
Como prólogo de cada una de las cuatro partes que componen el libro ('Incidente en el pasillo', 'Hacker Republic', 'Disc crash' y 'Rebooting system'), Larsson nos ofrece un pequeño texto sobre la historia de las mujeres que fueron combatientes: las seiscientas voluntarias disfrazadas de hombres de la guerra civil americana; la Semíramis de Nínive; las amazonas de Grecia y las de Libia, que rechazaban el matrimonio por considerarlo una sumisión y que para procrear -sólo la mujer que había matado a un hombre en la batalla tenía derecho a perder su virginidad- recibían un permiso durante el cual se acostaban con hombres de pueblos cercanos elegidos al azar; el ejército femenino del pueblo fon, en Dahomey, la actual Benín, seis mil soldados mujeres que tenían un estatus semidivino.
Si Lisbeth Salander es, sin dudarlo, la mejor creación del autor sueco, la orfandad 'milleniumnética' de su futuro literario nos ha privado, no del nacimiento puesto que ya sabemos que llegó a existir, sino de la historia del único personaje que tal vez hubiese podido hacerle sombra a la Pipi Langstrum larssoniana: su hermana gemela Camilla, muerta en vida en algún borrador electrónico o en los garabatos amanuenses de un cuaderno que los litigios y la leyenda mercantil convertirán algún día en carne de subasta.