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La versión cinematográfica de 'Celda 211' devuelve a la actualidad la obra de Francisco Pérez Gandul, una historia trepidante y de extrema violencia

20.11.09 - 10:28 -
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EN 2004 se publicó la primera edición de esta novela del sevillano Francisco Pérez Gandul, llega la segunda y llega la película que lleva a otro lenguaje los hechos que se narran en la novela; este ejercicio es siempre apasionante y se presta al lugar común de si es mejor el texto escrito o el visual. No entraré en este terreno porque mi objetivo es el libro y vaya por delante que me parece una novela excelente y singular. La tradición literaria impone o sugiere de alguna manera los temas que son más frecuentados en los distintos géneros; esta tradición privilegia unos asuntos y deja en la penumbra otros; por ejemplo, la novela negra no forma parte de esos temas más frecuentes, no digamos las novelas de tema carcelario; en este sentido y es una virtud del texto, esta novela entronca con la tradición norteamericana, la mejor sin duda, y no desmerece en absoluto en un territorio donde los ejemplos de excelencia no escasean.
La primera condición de todo relato, la básica, es la capacidad del texto para atrapar al lector, después vendrán las cuestiones estilísticas y literarias; cuando la capacidad de enganchar va unida a una eficaz experimentación en la escritura el resultado es impecable y esta novela es la mejor prosa de la cárcel que se ha escrito en España, en esto coincido con Fernando Marías. Tengo la costumbre, como corresponde al lector bulímico que soy, de leer de cabo a rabo los libros y en la dedicatoria de este, el autor agradece, entre otros, al profesor Carbonell, lingüista y lexicólogo, su ayuda. Después de leer esta ‘Celda 211’ entiendo en qué le ha podido auxiliar el colega experto en los misterios admirables del lenguaje.
Entre dos caminos
El autor se planteó una historia y para escribirla tenía dos posibilidades desde el punto de vista del lenguaje; una, utilizar el lenguaje normal, el camino más fácil, incluso con alguna inclusión de léxico específico de la delincuencia, de la jerga de germanía de tanta tradición en nuestra literatura y que llegó a recoger la Real Academia en el Diccionario de Autoridades; dos, el camino más difícil, ser fiel al lenguaje carcelario con todos los matices que este presenta y con el suficiente equilibrio que permita la comprensión del mensaje. Pérez Gandul lo consigue con eficacia.
Acaba de aprobar las oposiciones, se llama Juan Oliver, lo han destinado a la cárcel Sevilla 2, tiene que tomar posesión el 20 de marzo pero ha preferido pasarse el 19 para conocer a los compañeros, se despide de Elena, su mujer, embarazada, a la que adora, mezcla de sensualidad y de inocencia pero, sobre todo, de ternura. Llega a la prisión y le enseñan las instalaciones, están en el módulo 5, especialmente peligroso, el reino de Malamadre, siempre ha sido propenso a la náusea; de pronto, el vómito y, al mismo tiempo, el escándalo, de pronto, los gritos y las carreras, el motín. Sus compañeros lo abandonan en la celda 211; desde ese momento Juan se queda colgado del abismo.
El universo de los presos tiene sus leyes, ojo por ojo, claro está, tiene las leyes que dimanan de la fuerza; es decir, de la arbitrariedad. Los presos exigen mejor trato, mejor comida, más tiempo en el patio, tele y más encuentros sexuales, unas reivindicaciones que se plantean desde un golpe de efecto, los presos tienen como rehenes a unos etarras, una complicación que trasciende lo local. Juan no puede hacer otra cosa que hacerse pasar por un recluso que acaba de ingresar, un novato que piensa, esta es la conclusión de Malamadre, puro instinto, pura fuerza, Juan piensa. Entre la zona de seguridad, el mediador del gobierno, los geos y los presos. Juan tiene que fingir y evitar las suspicacias, los recelos, las dudas que despierta porque su vida depende de ello. Los familiares de los reclusos se manifiestan delante de la cárcel y no debo seguir porque descubriría la trama. Juan recibirá un golpe de tal calibre que se transformará de manera radical.
El ritmo es trepidante, la violencia extrema, la tensión sostenida en todo momento. La acción avanza hacia un final lógico dentro del fatalismo narrativo que se adivina a medida que los hechos progresan en el paso de las páginas. No falta el sentimiento y el lirismo en unos personajes que te clavan el pincho con sólo una mirada que no gusta; este aspecto es clave, humanidad en la mierda, ya es difícil.
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