Hace unos meses, en abril, fue destituido de su cargo de ministro de Cultura. Posteriormente, en septiembre, dejó su escaño de diputado en el Congreso. Ahora imparte clases en la Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación de la Universidad Carlos III de Madrid. Coruñés, de 57 años, César Antonio Molina alterna la docencia con su gran pasión: la narrativa y la poesía. «Es más gratificante escribir un libro que ser ministro», asegura. «Un libro es sólo tuyo y de ti depende el comienzo y el final; en un ministerio, a veces, da igual lo que hagas, ni siquiera te lo valoran», añade.
Toda la vida ha trabajado «como un burro». Más de diez o doce horas diarias. «En ocasiones me pregunto, como se preguntaba Goethe, por qué hago más de lo que se me exige». No siente rencor ni amargura por su salida del Gobierno. «Estos son puestos mudables; de la misma forma que un día te nombran, otro te señalan la puerta». Aunque no tiene ánimo de criticar ni remover, suelta una frase que resume bien lo que piensa: «Ahí está lo que hicimos mi equipo y yo; no hay más que comparar con lo que se está haciendo ahora».
Su cosecha, 25 nuevos centros del Instituto Cervantes abiertos en el mundo, tarea que llevó a cabo durante su etapa al frente del Cervantes (2004-2007) y en los dos años que ha estado de ministro. «España, sin su cultura, no sería nada», sentencia. «Sería un grave error prescindir de este ministerio, como quiere el PP, porque la cultura y el idioma dan consistencia a un país y, además, constituyen importantes fuentes de ingresos».
Molina acaba de publicar 'Lugares donde se calma el dolor' (Destino), una «guía espiritual» con continuas referencias artísticas, geográficas e históricas. Buena parte de la mitología y mitomanía de este escritor quedan reflejadas en las cerca de 700 páginas del volumen. Por ejemplo, la habitación donde se suicidó Stefan Zweig en Brasil (Zweig es uno de sus escritores favoritos), las huellas de Kafka en Praga, el parque londinense donde Antonioni rodó 'Blow up', Nápoles, Sicilia, Palermo, Roma, Trieste, Londres, Berlín, Madrid, San Petersburgo, Moscú, Buenos Aires, Nueva York, México, Praga o Apaema (Siria) son algunos de los lugares elegidos.
«En cada sitio sé perfectamente lo que quiero ver, lo que me ayuda a mantenerme vivo, pero también es verdad que uno de los mayores alicientes de los viajes son los imprevistos», matiza.
Uno de estos 'imprevistos' surgió, curiosamente, muy cerca de su casa, en el Palacio de la Trinidad, antigua sede del Instituto Cervantes. «Una mañana, husmeando por un casetón abandonado que estaba situado en el jardín, vi un cuadro que me llamó la atención». Molina consultó el inventario y comprobó su título: 'Obispo leyendo una carta'. No figuraba el nombre del autor ni referencia alguna.
Sueño cumplido
Llevado por su intuición llamó al director del Museo del Prado, Miguel Zugaza, quien le envío una avanzadilla de técnicos. Ante las primeras impresiones, el cuadro fue trasladado al Museo del Prado. Después de un sesudo examen, los expertos dieron su veredicto: se trataba de un George de la Tour, uno de los pintores más apreciados del siglo XVII. «Cumplí el sueño infantil de descubrir un tesoro», sonríe.
Cuando quiere meditar, o reencontrase consigo mismo, viaja a las ciudades griegas de Delfos o Cumas. «Son sitios llenos de leyendas y allí está el origen de la poesía». También le gusta pasear por el puente de Brooklyn. Leopardi, Magris, Joyce, Pushkin, Lampedusa, Visconti, Antonioni o la poetisa Marina Tsvietaieva son algunos de los nombres que acompañan a Molina en su viaje sentimental. «Hay quien opina que el exceso de cultura puede ser un lastre para viajar; yo soy de los que piensan que cuanto más sabes, más disfrutas».