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La literatura visceral

NARRATIVA

La literatura visceral


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J ULIEN Gracq (1910-2007) fue uno de los grandes maestros de la literatura francesa del siglo XX. Gracq es un autor excepcional que se inscribe de pleno derecho en una tradición novelesca que conoce en todos sus matices, variedad y evolución: una tradición que comienza con Balzac y Stendhal y se prolonga a lo largo del diecinueve con Flaubert o Huysmans para consumarse en Proust. La inseminación del surrealismo y la influencia de autores admirados como Jünger o Buzzatti le proporcionaron a Gracq ese componente diferencial que necesitaba su escritura para prolongar en otro contexto histórico y cultural esa vigorosa tradición con un eslabón más, de una riqueza admirable.
La escritura inimitable de Gracq adoptó todos los disfraces genéricos, pero destacó sobre todo en el narrativo. De sus cuatro novelas, dos, magníficamente traducidas al español, se pueden considerar obras maestras absolutas: 'El mar de las Sirtes' (1951), una epopeya en prosa exquisita sobre la historia y la metahistoria occidental, en clave de decadencia y estancamiento, por la que recibió un merecido Premio Goncourt que su dignidad ética y artística le impidió aceptar; y 'Los ojos del bosque' (1958), un relato que comienza siendo un trasunto de su propia experiencia durante lo que los franceses denominaron la 'drôle de guerre', el desastre militar que abrió la puerta infernal a la ocupación nazi en 1940, y acaba constituyendo un visionario viaje interior, en compañía de una mujer fascinante, por los senderos del bosque europeo. También escribió espléndidos libros de crítica: 'Préferences', de 1961, o los dos volúmenes de 'Lettrines' (1970-1974). Y su mejor libro de no ficción, 'Leyendo y escribiendo' (1980), una suma incomparable de historia y cultura literarias, traducida al español con veinticinco años de retraso por razones inexplicables.
'La literatura como bluff' (1950) anticipa muchos de los puntos de vista desarrollados en estos otros libros de Gracq, pero el tono de su intervención es más polémico y visceral. Tras el refinado análisis de las condiciones de marginación en que ha de desarrollarse la literatura bajo el imperio insidioso de los medios de comunicación, la opinión gregaria, la manufactura industrial y el afán de lucro de las editoriales comerciales se oculta a veces un ajuste de cuentas privado contra algunas escuelas y modas, como el existencialismo sartriano, cuya notoriedad a Gracq le parecía desproporcionada y fundada en motivos escasamente literarios.
Disgusto y perplejidad
Gracq concibe la liturgia de la literatura de modo tan exigente que su contaminación por las nuevas circunstancias sociales y culturales de la posguerra francesa no podía sino causarle disgusto y perplejidad. No obstante, este estilizado panfleto funciona como un eficaz bisturí a la hora de incidir en los abscesos y tumores que, desde el momento de su publicación, no han hecho sino expandirse por todo el cuerpo de la literatura occidental. Uno de los más infecciosos es la pérdida de criterios estéticos en el juicio que merece una obra literaria, la carencia de una crítica rigurosa, el peso excesivo de la imagen pública o la leyenda publicitaria del autor.
De todos modos, como Gracq advierte en la Nota final, su denuncia de la corrupción del gusto literario no va unida a la reivindicación de una «literatura anodina» o inofensiva, ni aparece teñida por ninguna forma sospechosa de nostalgia. Todo lo contrario. Como indica su título original ('La literatura en el estómago'), se trataría de un discurso revulsivo escrito en defensa de una literatura creativa concebida como empresa rebelde a toda estrategia de domesticación. Y, sobre todo, extraña a las mediaciones académicas, políticas o sociológicas de los profesores, los periodistas y los críticos, por no hablar de los lectores, causantes, hoy como ayer, del triunfo de lo no literario sobre lo literario.
Años después, en 'Leyendo y escribiendo', condensaría así una de las ideas principales de este alegato intempestivo de extrema vigencia, escrito con envidiable libertad de espíritu: «Qué bufonería, en el fondo, y qué impostura, el oficio de crítico: ¡un experto en objetos amados! Después de todo, si la literatura no es para el lector un repertorio de mujeres fatales, y de criaturas de perdición, no vale la pena que nos ocupemos de ella».
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