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Severo Ochoa, un Nobel (casi) de Málaga

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Severo Ochoa, un Nobel (casi) de Málaga

16.10.09 -
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« N ACÍ en 1905 en una pequeña ciudad del norte de España, en la costa atlántica; en una región lluviosa y maravillosamente verde donde las montañas se deslizan hacia el océano. Buscando un clima más suave mi familia comenzó a trasladarse a Málaga, en la costa mediterránea, desde mediados de septiembre hasta mediados de junio, cuando yo tenía siete años. Después de asistir a un colegio privado durante algunos años, me incorporé al Instituto donde obtuve el título de bachiller en 1921. Fue en los últimos años del Instituto cuando comencé a sentirme enormemente atraído por las ciencias naturales. En gran parte fue debido, estoy seguro, a la estimulante enseñanza de un joven y brillante profesor de química, Eduardo García Rodeja». Con estas palabras comenzaba Severo Ochoa su breve autobiografía 'The pursuit of an hobby', traducida por él mismo como 'La búsqueda afanosa de una afición' (Ochoa solía decir que su afición era la bioquímica) en la que señalaba Málaga como el lugar que determinó su vocación y su destino. El que estaba previsto que fuera un ingeniero asturiano decidió en Málaga ser científico. El Premio Nobel recibido hace ahora medio siglo permite evocar a quien junto con Santiago Ramón y Cajal constituye el mayor logro científico español del siglo XX.
Década malagueña
De los 88 años de su vida, 46 transcurrieron en Estados Unidos. El resto, en Madrid y una década malagueña. En el curso de una visita a nuestra ciudad en 1987, declaró a este mismo periódico: «Tengo dos patrias grandes: Estados Unidos y España. Y dos patrias chicas: Asturias y Málaga». Y más aún: «Málaga es uno de los recintos sagrados que guardo en mi corazón, y encontrarme en ella es como activar la memoria de la niñez, el mejor tiempo de la criatura humana». Como Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura de 1986, que aceptaba gustoso llamarse 'poeta malagueño nacido en Sevilla', Málaga fue un lugar clave para el Nobel de Medicina de 1959. Los Ochoa, entre 1912 y 1923, vivieron permanentemente en Málaga, en un edificio hoy desaparecido en la Cortina del Muelle, en la calle Don Juan Díaz (con fachada en Larios) y en El Limonar y La Caleta, para cambiar Málaga por Luarca solamente en los veranos. Si bien su primera escuela malagueña fue la de los jesuitas en calle Compañía y el Instituto Educativo e Instructivo de la esquina de las calles Sánchez Pastor y Granada el segundo, serán los muros del Instituto de Enseñanza Secundaria Vicente Espinel, el Gaona de siempre, los que fueron el marco del despertar científico de Severo. Una placa en su patio, colocada en 1960, recuerda su paso por el Gaona. El discurso que en 1987 pronunciará con motivo de su doctorado honoris causa por la Universidad de Málaga testimonia la huella profunda de sus años malagueños. Un homenaje en el Ateneo de Málaga en 1971 reunirá tras casi medio siglo, a Severo Ochoa con su maestro Eduardo García Rodeja. La placa de 1960 también une ambos nombres.
Republicano convencido, su vinculación política con el régimen derrotado en la Guerra le venía por su historial personal (su tío, Álvaro de Albornoz, fue ministro de Justicia de la República, y se formó como médico como discípulo de Juan Negrín, presidente del gobierno durante la mayor parte de la Guerra Civil). Así, pasó a residir en Estados Unidos desde 1940 tras haberse formado, bajo la orientación de Negrín, de quien fue ayudante y que terció para que le fueran concedidas becas en Inglaterra y Alemania, en el laboratorio de Fisiología de la mítica Residencia de Estudiantes y haber seguido los nuevos avances médicos en Oxford, Londres y Berlín. En 1931 se casó con Carmen García Cobián, tal vez el hecho de su biografía decisivo para él, que siempre dio pruebas del mayor amor, admiración y respeto hacia su esposa. El libro de Marino Gómez-Santos 'Severo Ochoa. La emoción de descubrir', reelaborado como 'Severo Ochoa. La enamorada soledad' da fe de un hombre enamorado que también era investigador. La Fundación Carmen y Severo Ochoa, constituida en 1994 a la muerte del profesor en cumplimiento de su testamento, en el que pedía que el nombre de Carmen acompañara siempre al suyo, es sólo el menos notorio ejemplo de la devoción conyugal. Una obviable serie de televisión llegó a dar disimulado pábulo al hipotético romance que Sara Montiel, una vez muerto Ochoa, sostuvo haber mantenido con este hombre tímido, parco y reservado. La muerte de Carmen, en mayo de 1986, supuso para Ochoa el inicio de un periodo de languidecimiento, de espera de la muerte que habría de llegarle en Madrid el Día de Difuntos de 1993.
Investigaciones
Entre el Edén malagueño y la soledad enamorada revestida de gloria hubo su licenciatura en Medicina en 1929, el día en que agitó una bandera tricolor desde su coche un día de abril de 1931, una guerra vivida con angustia, la incorporación a la Universidad de Nueva York en 1946 como profesor de Farmacología, las arduas investigaciones sobre enzimas, el ADN y la síntesis del ARN, el descubrimiento de la fosforilasa en 1955, la adopción de la ciudadanía estadounidense en 1956, el Nobel de Medicina de 1959 compartido con su discípulo Arthur Kornberg, viajes a España durante la dictadura realizados sin inconvenientes, el desgano e indiferencia por conocer a Franco que en una ocasión vería cómo se marchaba el científico canoso por no condescender al encuentro, la fundación de la Sociedad Española de Bioquímica en 1963 y en 1971, también en Madrid y a su medida, el Centro de Biología Molecular, la jubilación como profesor de la Universidad de Nueva York en 1975 y el regreso definitivo a España en 1985. Con la figura de Severo Ochoa, heredero del espíritu de Cajal, al que admiraba, y a través de su magisterio sobre las nuevas generaciones de científicos, España volvió a situarse entre los países más avanzados en investigación científica. Medio siglo después del Nobel de Ochoa, su figura resplandece mientras los laboratorios vuelven a quedarse casi sin inversiones.
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