La industria del barro se desmorona con la crisis. En el último trienio, dos de cada tres fábricas de cerámicas del municipio de Vélez-Málaga, que produce el 65% de los ladrillos rústicos a escala nacional, han cerrado sus puertas. Del casi medio centenar de tejares abiertos en los momentos de mayor auge de la construcción, sólo 17 permanecen activos.
Las razones de este declive son claras. De un lado, está la crisis del ladrillo, que ha provocado que la demanda de cerámica haya caído por los suelos. Y en el otro extremo, se encuentra el importante esfuerzo inversor que han tenido que realizar la empresas para adaptar sus fábricas al protocolo de Kioto y reducir sus emisiones contaminantes, un factor que ha llevado a buena parte de los tejares a renunciar a la actividad.
La recesión económica hace que el material se amontone en las fábricas a la espera de compradores. Atrás quedaron los años en los era imposible llevarse los ladrillos sin tener que estar en una lista de espera de hasta seis meses. Eran los tiempos del 'boom' inmobiliario. Ahora la situación es radicalmente distinta. El goteo de fábricas que han dejado de producir ladrillos va en aumento como consecuencia del parón de la construcción.
«Hay tanto material en stock que se podría enlosar todo un barrio de Málaga», asegura el presidente de la Asociación de Ceramistas Artesanos de Vélez, Francisco Gámez. A sus 32 años, dirige junto a otros tres hermanos, la fábrica heredada de sus padres. Francisco, que integra la tercera generación de ceramistas en su familia, explica que como consecuencia de la crisis el sector ha pasado de facturar una cuarta parte de los 12 millones de euros de hace sólo cinco años. Igual ocurre con la producción de material, que apenas alcanza los 600.000 metros cuadrados de mazaríes (nombre con el que se conoce el ladrillo rústico) y baldosas de barro macizo. A pesar de todo, la industria veleña es la mayor productora de cerámica artesanal de España.
Como consecuencia del descenso de la actividad, también se ha visto resentida la mano de obra. Del casi medio millar de personas que hace unos años empleaba esta industria, hoy apenas quedan unos 60 trabajadores. «Las fábricas no tienen más de tres o cuatro personas trabajando», asegura Gámez.
Trabajar al mínimo
«La razón es muy simple. El ritmo de producción es mucho más lento. Trabajamos casi al mínimo porque el material no se vende como antes. Ya no se hacen tantas urbanizaciones ni casas en el campo ni los compradores tienen que estar en lista de espera para ser servidos. Ahora hay ladrillos de sobra para atender la demanda de manera inmediata», señala el presidente de la asociación, un colectivo que agrupa a las dos terceras partes de las fábricas que siguen abiertas en la capital de la Axarquía.
Pero la crisis no es la única culpable de una situación que ha llevado al sector a hundir sus pilares en el barro. Para Gámez, el otro 50% recae sobre la presión ejercida por las administraciones públicas para reducir las emisiones contaminantes a la atmósfera procedente de la industria cerámica. Esta circunstancia ha sido decisiva en el declive de esta actividad industrial, que todavía se sigue realizando en algunos casos con hornos árabes, que utilizan biocombustible (orujo y cáscaras de almendras) para cocer el barro.
Cierres
Miguel Lobillo es uno de los empresarios que dijo adiós a la que fue su profesión durante 40 años. «Para adaptar la fábrica a la normativa medioambiental necesitaba realizar una inversión de más de 360.000 euros y cambiar los hornos árabes por otros menos contaminantes. Tenía 54 años y consulte a mi familia. Los bancos comenzaron a cerrar el grifo y ya no daban dinero. Tomamos la decisión de dejar de fabricar mazaríes y optamos por transformar las instalaciones en naves industriales», señala Lobillo. Hoy su instalación es un conjunto de naves en la que apenas quedan rastros de su antigua actividad.
Según Gámez, la inversión media que han tenido que realizar las fábricas en los últimos tres años para adaptar sus emisiones al protocolo de Kioto oscila entre los 120.000 y 150.000 euros. «Para unas micropymes como somos nosotros es un esfuerzo enorme. Además la crisis nos pilló justo en plena fase de modernización, en un momento en el que los bancos ya no daban créditos. No es de extrañar que muchos decidieran cerrar», asegura.
La mayor parte de las inversiones se han destinado a la modernización de los sistemas de cocción de la cerámica para reducir las emisiones a la atmósfera.
Aunque la mitad de las fábricas cuentan todavía con hornos árabes, otras se han dotado de sistemas de producción mucho más modernos, de manera que ya no utilizan maderas de derribos y neumáticos para cocer la cerámica tradicional. «Según las últimas mediciones, nuestras emisiones están 30 veces por debajo de lo que establece la normativa», afirma Gámez orgulloso. Las fábricas reciben inspecciones cada dos meses por parte de la Junta de Andalucía.
Menos ruido
Asimismo, el sector ha conseguido reducir las emisiones de ruido y las instalaciones han sido adecentadas. Se han construido fosas sépticas y asfaltado el espacio. También se han dotado de naves para el secado del barro antes de ser cocido y así poder trabajar tanto en verano como en invierno.
Ahora aguardan con paciencia a que la crisis pase, confiados en que la gran calidad de mazarí que producen les permita seguir manteniendo una actividad que lleva cinco siglos trabajándose en la Axarquía.