«LOS estúpidos están convencidos y los inteligentes son un mar de dudas»; así describió Bertrand Russell el gran problema contemporáneo. Yo salgo bien librado de esta idea, pues cada vez tengo menos certezas. Incluso llego a dudar del pasado. Ejercí varias funciones; de cada una de ellas me siento privada y moderadamente orgulloso. Sólo una época -la alcaldía de Málaga- me suscita alguna duda.
Reflexiona Fernán Gómez en sus memorias: «En España el éxito no sirve para nada. O quizá creemos haberlo alcanzado cuando no fue así. Hubo críticas elogiosísimas, felicitaciones, lo que hicimos fue calificado de histórico... Pero un juez infalible me preguntaría: -¿Por qué lamenta usted que su éxito no le haya servido para asegurar su porvenir, para que hablen de usted los periódicos o para que mujeres desconocidas le envíen cartas de amor? ¿No sabe que su actuación no constituyó ningún éxito? -¿Y cómo podría saberlo, preguntaría yo a mi vez, si la crítica elogió mi labor, y también los amigos, los compañeros y aun los adversarios? -Pues muy sencillo, respondería el juez: comprobando que sigue teniendo un porvenir incierto, que ya no hablan de usted los periódicos y que ninguna mujer le envía cartas de amor».
Pero mis dudas sobre aquella época no se limitan a valorarla; me cuestiono su misma existencia. ¿Fui alcalde de Málaga o lo soñé? ¿Fueron concejales los que conmigo gobernaron o forman parte del sueño? Sabíamos que el olvido era nuestro destino, pero no que se buscaría tan sañudamente. Es humano que, alguna vez, uno espere encontrar su nombre ligado a la historia reciente de la ciudad. Por ejemplo a su Orquesta, al Parque Tecnológico, La Concepción, cementerio, casa natal de Picasso, empresas municipales, infraestructuras, a las barriadas. Cada cosa costó esfuerzo y sinsabores. Pues bien, en los textos oficiales -folletos, programas, guías, comunicados- lo sucedido antes de 1995 sencillamente no existe. (Hago constar que no echo en falta el elogio sino el dato). Al exponer la historia, al publicar estadísticas. todo parece haber empezado en 1995. ¿Y antes?: Antes, «...la tierra estaba desordenada y vacía y las tinieblas cubrían el abismo». (Génesis 1:2). Una parte importante del patrimonio municipal es oficialmente expósita, y no es fácil averiguar ni cómo ni cuándo nació al uso público.
Hasta llego a dudar, como les decía, de haber sido alcalde. El 19 de abril de 1979 los ciudadanos, después de medio siglo, volvieron a elegir su ayuntamiento. Pues bien, la agenda que este periódico regala por Navidad, destaca como efeméride más importante del 19 de abril en Málaga, la siguiente: «1963: el Gobernador Civil de Málaga recibió la Medalla de Oro de Logroño». Aumentan mis sospechas: aquel día del 79, y los dieciséis años siguientes, no fueron parte de mi vida real, sino sólo un sueño.
Menos mal que alguna vez puedo pensar lo contrario, al ver mi nombre publicado como antiguo alcalde. Tan desusado evento se produce cuando el actual gobierno municipal recibe un varapalo. Entonces, la respuesta es inmediata: el hecho objeto de crítica procede de «las corporaciones que presidió Aparicio». La afirmación sale gratis, nadie la comprueba. Es la castiza lanzada a moro muerto, ya tratada hace años en esta sección. Incluso fuera de Málaga soy recordado: un preclaro estadista de Torremolinos me ha acusado, «especialmente» a mí, de que aquel distrito tardase en conseguir su segregación de Málaga, demanda que, según él mismo afirma, comenzó ¡en 1968! Con todo, estas menciones me permiten saber que mis recuerdos municipales no son oníricos.
De lo que sí estoy seguro es de haber hecho el primo. En el 'Prontuario para alcaldes' debería figurar este lema: «Instale lápidas con su nombre en todas las obras que inaugure». Al menos, les costará algún trabajo quitarlas.