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Sociedad

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«Se ha desprestigiado y olvidado el amor ético»
«Pensar me hace feliz, pero son dulces cadenas».
Para usted, el amor y el trabajo son las dos vías por las que el ser humano se socializa y se hace ejemplo. ¿Las relaciones afectivas se conciben así hoy en día?
No. Hasta el siglo XVIII, la mayoría de matrimonios eran de conveniencia. Pero en ese proceso de liberación subjetiva, surge también el amor romántico y, afortunadamente, hoy sería impensable volver a un modelo de relaciones afectivas por convenio. Ahora bien, también es importante la transición del amor romántico al ético, igual que lo es el paso de la liberación a la emancipación. Sin embargo, se ha desprestigiado y olvidado el amor ético: la construcción de una casa, el cuidado de la prole, la responsabilidad y fidelidad. Se olvida el uso cívico de esa situación emocional.
Y las creencias religiosas...
El problema de Dios nunca ha estado fuera de los asuntos generales de la cultura. La situación actual es una anomalía, explicable por la reacción anticlerical que provocó un exceso de influencia de cierta clerecía. Pero cualquier ciudadano responsable y culto debería interesarse por el problema de Dios como un asunto cultural, no de teólogos o eclesiásticos o sólo de creyentes. Además, la gran pregunta de nuestro tiempo es ésta: ¿es posible crear una civilización sobre bases igualitarias que sea secular, que renuncie a los fundamentos absolutos de la cultura como son la teología, el problema de Dios o el patriotismo?
¿Y usted cree que sí es posible?
Sí. Para eso propongo la teoría de la ejemplaridad, pero siempre que a la vez se responda al problema de la esperanza, de Dios.
Y la Iglesia actual, ¿le parece ejemplar?
Aun cuando me considero un cristiano ilustrado, no me siento autorizado ni me interesa opinar sobre el aspecto temporal de la iglesia en un rincón de Eurasia que es España. Si me preguntas por la Conferencia Episcopal, te podré contestar en términos culturales. Creo que la Iglesia debería profundizar en las oportunidades que para la fe representa el proceso de secularización. Sigue con una comprensión de sí misma medieval, reactiva, defensiva, sin resolver en términos teóricos esta cuestión.
Al final de su libro habla de otra institución, la Corona.
Todas las personas son públicas y, por tanto, tienen deber de ejemplaridad. Pero, en el caso de la Corona, su único oficio es la ejemplaridad. Una Corona no ejemplar, pues, es una falta de fidelidad a su propia función única. Por eso, la legitimidad que le da el ejercicio ejemplar de su cargo será determinante para la supervivencia de la Monarquía. No obstante, yo pronostico que podrá ser un buen espejo de la ejemplaridad que se extenderá como cultura en el futuro.
Pues algunas Monarquías muestran conductas que para algunos no son del todo ejemplares...
Vivimos una época en que la libertad está absolutamente ganada, pero seguimos exaltando la liberación y olvidando su función cívica. Esa cultura también cala a veces en los miembros de una Familia Real, lo cual es de locos. Que quieran ser individuos liberados por influencia de la cultura general, cuando su única finalidad es ser emancipado, ejemplar, no vulgar, choca todavía más. Pero es cierto que algunas Monarquías europeas, estimuladas por la cultura dominante, han adoptado decisiones erráticas que no ayudan a comprender el papel de la Corona en la sociedad.
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