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Cultura

CULTURA Y ESPECTÁCULOS

04.09.09 -

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«N O se pongan de pie para aplaudir a Elia Kazan. Que todo el mundo sepa que hay gente en Hollywood que no apoya las listas negras y que no respalda a los informantes». Este era uno de los anuncios del Sindicato de Guionistas, que aparecía en el 'Daily Variety' o en el 'Hollywood Reporter' como desaprobación al «acto inconsciente e insensible de la Academia» de conceder, el 21 de marzo de 1999, en el Dorothy Chandler Pavilion, el Oscar Honorífico a Kazan, ya que para muchos profesionales de Hollywood, ni se ha cerrado la herida de la caza de brujas, ni se ha olvidado la atmósfera de miedo impuesta por el senador McCarthy a principios de los años cincuenta, cuando se suspendieron los derechos de expresión y asociación, castigándose y encarcelándose a numerosas personas, después de declaraciones voluntarias, como la del 10 de abril de 1952, en la que Elia Kazan delataba, frente al Comité Parlamentario de Actividades Antiamericanas (HUAC), a ocho compañeros del Partido Comunista -Lillian Hellman, Dashiell Hammett, Clifford Odets, Pamela Miller, Morris Carnovsky, Phoebe Brand, Tony Kraber y J. Edward Branberg- y a siete izquierdistas más.
Es cierto que el autor de 'Al este del Edén' había comparecido antes, el 14 de enero de 1952, afirmando que durante la década de los treinta -sus años en el Group Theatre, verdadero foco donde se agrupaban los simpatizantes comunistas- había estado afiliado al Partido Comunista, negándose a dar nombres de su antiguos camaradas, lo que le situó en una situación complicada entre la presión de la industria y la amenaza de ser procesado por «desacato al Congreso», tal y como le sucedió más tarde a su amigo y colaborador Arthur Miller. No obstante, también es verdad que Kazan no fue el único que declaró contra compañeros. Cebil B. DeMille, Gary Cooper, John Wayne, Ronald Reagan, Jack L. Warner o Adolphe Menjou testificaron, contribuyendo a potenciar la «persecución roja» y la fantasmal época de histeria y pánico de aquellos años negros.
Siempre presente
Sin embargo, en el caso de Kazan, sus compañeros nunca lo perdonaron. No sólo por su absoluta falta de arrepentimiento, sino porque, si bien habló de su decisión como una actuación difícil, jamás negó que no dudaría en que lo volvería a hacer. A lo largo de su vida la niebla de su participación en la caza de brujas estaba presente en casi todas las entrevistas que le hacían, aunque él siempre afirmaba que no le molestaba ese tipo de preguntas, expresando, que no justificando, que había vivido una época «en la que si no apoyabas a los comunistas eras considerado un fascista. Ese chantaje, esa gran presión a la que estaban sometidos los artistas e intelectuales, se producía en Estados Unidos y aún más en Europa. Mi verdadero acto horrible e inmoral no fue declarar ante el Comité, sino los diecisiete años en que fui comunista»; incluso, más tarde, reconoció que delató a sus camaradas por desquite personal. Todo lo dejó aún más claro en sus profusas memorias, 'Mi vida', editadas en España por Ediciones Temas de Hoy, donde escupía: «Si el lector espera que me disculpe por haber facilitado nombres al Comité Parlamentario, se ha equivocado al juzgarme. Esa cosa inmoral y horrible la hice llevado por mi verdadera personalidad (...) Las personas que sí deberían ofrecer una explicación (no una disculpa) son aquellas que, año tras año, exculparon a la Unión Soviética de sus crímenes». Por eso no es extraño que Bernard Gordon, guionista que estuvo en la lista negra, aseverara, cuando se hizo público la concesión del Oscar Honorífico al autor de 'Esplendor en la hierba', que quería que todo el mundo supiera que a mucha gente en América no le gustaba que se premiara a una persona que había contribuido de una forma relevante a la era McCarthy, porque en palabras de Gordon «la delación es un delito que no prescribe, peor aún que cometer un crimen y Elia Kazan colaboró voluntariamente con el HUAC, nombrando a amigos y colaboradores a quienes destruyó la vida».
Por su parte, la Academia manifestaba que la decisión de premiar a Kazan se basaba en su incontestable filmografía, no en la política. De hecho, personas como Lauren Bacall, que fue junto a su entonces marido, Humphrey Bogart, uno de los personajes más visibles de Hollywood en la oposición contra McCarthy, se mostró a favor del premio. Hoy seguimos hablando de la traición de Kazan. Es parte de la historia negra de un país. Poco importa que aquella noche de 1999 unos se levantaran a aplaudirlo y otros no lo hicieran, que unos aludieran a su cobardía y otros a sus películas. Tal vez, esta paradoja sea un buen ejemplo para relativizar y pasar página, que no olvidar, meter un DVD en el reproductor con uno de sus títulos y disfrutar de su visión, e incluso imaginar que algunas líneas de diálogo, como las últimas palabras de 'Baby Doll' -«Sólo nos queda esperar a mañana. Ya veremos si se acuerda o nos ha olvidado»- son algo más que líneas adscritas a una historia y un personaje de ficción.
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