ONCE de la mañana de un domingo de agosto. Ni un alma en la calle. Lo más, un madrugador con el periódico y el pan bajo el brazo y un operario de la limpieza que pone a buen recaudo la basura que dejó tras de sí la fiebre del sábado noche. En los alrededores del mercado municipal de Marbella apenas se intuye el motor de un coche despistado. Unos pasos más y la cosa cambia. Una música empieza a dejarse oír. Primero tenue, después cautivadora. Nadie, aunque sea profano en eso de menear el vientre y las caderas, puede resistirse a hacer sus pinitos ante los ritmos árabes que cruzan la ventana del Liceo Artístico Musical Marbella.
Son las once de la mañana y mientras media humanidad aún plancha la oreja, un grupo de chicas provistas de sedas, organzas y gasas bien planchadas se disponen a desengrasar músculos y articulaciones y a bailar durante cuatro horas para perfeccionar su técnica. Desde el viernes, día en que arrancó el III Festival Bellydance Misterio de Oriente con una gala en el teatro Ciudad de Marbella, están viviendo una auténtica maratón de danza del vientre. Hoy toca aprender el manejo del velo con una sola mano y, el más difícil todavía, de dos velos a la vez. La profesora, Devorah Korek, los maneja con precisión. A las alumnas, a ratos se les enredan en el cuerpo o en la cabeza. Pero no desisten.
Primero, estirar
La clase comienza con una buena sesión de estiramientos. Vital. Hay que colocar todo en su sitio para volver a descolocarlo a los sones de la darbuka, el instrumento de percusión por excelencia de los bailes de oriente. «Hay que extender el ombligo lo más adelante y lo más adentro que podáis», apunta Devorah, americana, de Mineápolis para más señas, directora de una escuela de danza oriental en Barcelona y creadora del método Sarabi. Puro arte. Marcado el paso, toca extender las telas. Decenas de colores y varias texturas. «Si son rectangulares suelen ser de organza o de seda ligera y los semicirculares, parecidos a los capotes, pueden ser de gasa o, como los míos, de 'lamé' metálico», explica sobre la marcha. Al principio les pide la réplica sólo con un velo, pero va aumentando la dificultad: «Yo les llamo velo abrigo. Es como si tuviéramos un abrigo. Dibujamos un círculo alrededor de nosotras mismas». Sin perder comba con el pie y sin hacer extraños con la mirada. Todo medido al milímetro.
Sus discípulas, aplicadas, no pierden puntada de cada movimiento de Devorah y de sus técnicas. En la danza del vientre, como en otras disciplinas, cada maestrillo tiene su librillo. En el suyo hay cuatro tipo de vueltas para que los velos ondeen con elegancia y femineidad. La clave está en si se pivota sobre un pie o si se vira sobre los dos, con pequeños movimientos al unísono, y en si se fija o no la mirada en un punto. De la combinación de cada una de las modalidades nace cada giro. Así de sencillo y así de difícil. «Si os mareáis lo mejor es coger el velo hacia arriba y mirarlo. Así engañas a la mente para que crea que no estás dando vueltas», comparte con ellas durante la clase.
Colores intensos
Toca el doble salto mortal. Dos velos a la vez. Llegado a este punto, hay que mirar también el juego de colores. Regla básica: tonalidades llamativas y totalmente opuestas, para que se vea dónde acaba uno y dónde empieza el otro. Los engancha sobre los hombros y cruzados en la cadera. «A partir de aquí hay mucho de improvisación», les anima. Camina de espaldas, se tapa la cara, hace serpentinas con ambos brazos. Y si hay algún tropiezo, lo importante es salir airoso y no perder la sensualidad. «Debe parecer que todo ha sido intencionado», añade.
Esther Najet, profesora y organizadora del festival, que ha incluido cuatro talleres temáticos, sigue al pie de la letras las indicaciones. Lleva ocho años bailando danza del vientre pero sabe que nunca se deja de aprender. «Con el velo se trabaja la agilidad y el equilibrio», anota. A su lado, Marina García, integrante junto a ella del grupo Misterio de Oriente, reconoce que lo que más suele costar es coordinar todo el cuerpo. Superado el reto, la satisfacción no se puede describir: «Es algo que te engancha, sobre todo cuando ves que te va saliendo». Como hoy. La mayoría aprueba el examen con nota en una clase que ha ido como la seda.