Los niños saharauis ya no son unos extraños entre los malagueños, más que habituados a verlos paseando por las calles de la provincia o dándose un baño en algún rincón del litoral con sus familias de acogida. Con la llegada del verano estos menores hacen las maletas y dejan el desierto rumbo a Andalucía.
Desde el año 1996 el programa Vacaciones en Paz se convierte en el pasaporte que permite que estos menores puedan disfrutar durante el estío de la región. Esta vía de escape es posible gracias a familias solidarias que durante dos meses deciden hacerse cargo de estos niños cuyas circunstancias son extremadamente difíciles.
A veces les convence el apoyo de la causa del pueblo saharaui, exiliado del Sáhara Occidental tras años de guerra con Marruecos y que todavía lucha por recuperar su tierra. Otras, les mueve la compasión hacia unos pequeños a los que esperan dar más posibilidades.
Junto a los padres de acogida están los hijos, que se convierten en verdaderos protectores de estos hermanos llegados del desierto. Sergio Rodrigo tiene 21 años y era apenas un adolescente cuando sus padres decidieron participar en el programa de la Federación Andaluza de Asociaciones Solidarias con el Sáhara que permite a cerca de 2.500 saharauis veranear en Andalucía.
Él y su hermano menor se involucraron desde el principio en la decisión de sus padres y se adaptaron a la nueva realidad de su familia. Antes eran sólo cuatro. Desde que la primera niña de acogida entró por la puerta, su hogar se hizo más grande. Y es que no sólo se hacían cargo de Maimuna Hamdi. También lo hacían del resto de su entorno que quedaba en el campamento de refugiados de Tinduf, en Argelia.
Actualmente, la familia de Sergio acoge a Kaltum, de once años, hermana menor de Maimuna. Ambas son celíacas, con lo que precisan un mayor cuidado. El programa cubre hasta los doce años para ofrecer la misma oportunidad a las nuevas generaciones. Pero después de cuatro años con Maimuna, la familia sigue en contacto. «Cuando se marchan, hablamos con ellos por teléfono una vez al mes y lo normal es que les visitemos en los campos de refugiados una vez al año», indica Sergio. «Para mí son mis hermanas, aunque se marchen», dice.
Margarita Moreno lleva nueve años acogiendo a niños saharauis. Ahora tiene a Mohamed Lami, de ocho años. Pero por su casa han pasado otros dos: Abdim y su hermana Leila. «Abdim estudia en la Universidad de Libia y Leila es ya toda una mujer», dice Margarita con el orgullo que no pueden disimular las madres. «Pero esto no siempre es un camino de rosas, hay muchas complicaciones», reconoce.
Lecciones de una vida
Margarita tiene dos hijos que ahora tienen 23 y 18 años. Cuando empezaron a participar en el programa eran unos niños y, lógicamente, hay problemas. «A veces se pelean, hay celos, te hartas de ellos igual que puedes cansarte de lidiar con tus propios hijos», indica.
Pero lo que aprenden unos de otros compensa los posibles roces. «He aprendido mucho de su cultura. Por ejemplo, de la tradición del té; lo beben a todas horas y con tres vasos distintos. Dicen que uno es amargo como la vida, otro dulce como el amor y el último suave como la muerte», relata Sergio.
Margarita explica que sus hijos han aprendido de estos niños su capacidad de supervivencia y su dignidad. «Lo poco que tienen lo aprecian mucho y valoran la familia y la amistad más que cualquier bien material. Allí he visto a un niño partir un caramelo para que todos lo disfrutasen», dice.
Al final del verano la despedida es dura, pero les consuela saber que vuelven repuestos y cargados de regalos y alimentos para los suyos. De vuelta al desierto.