JUEGOS, sol, playa o montaña, experiencias junto a la naturaleza y esparcimiento para recuperarse del esfuerzo del curso escolar. Esa es la base de cualquier campamento de verano que se precie. Los chavales hacen amigos, participan en actividades de grupo, disfrutan de parajes de gran belleza y aprenden normas de convivencia con el apoyo de monitores y educadores, que velan por ellos en los días que están fuera de sus casas.
Hace cuarenta o cincuenta años esas colonias estivales estaban coordinadas por el Frente de Juventudes, la Inspección Central de Enseñanza Primaria, la Sección Femenina o el Auxilio Social. Se fomentaba, además de la vida comunitaria en un lugar de recreo, el espíritu que marcaba el franquismo en esa época. Los chavales pasaban dos o tres semanas lejos de sus familias y se imbuían en un régimen parecido al militar, pero con una disciplina menos estricta. Además de hacer mucho deporte al aire libre, había excursiones por la playa o la montaña y se recibían conocimientos sobre el medioambiente, además de consignas para imbuirlos del nacionalcatolicismo.
En el caso de la provincia de Málaga, fundamentalmente había tres lugares donde se desarrollaban los campamentos. Uno era de playa, el Vigil de Quiñones en Marbella, y dos de montaña, el José Rosso y el albergue Guzmán el Bueno, ambos en Cortes de la Frontera. Solían estar en funcionamiento desde mediados de junio hasta mediados de septiembre, coincidiendo con las vacaciones en los colegios.
Los chicos se alojaban en tiendas de campaña instaladas en una especie de plaza ubicada en la parte central del recinto, o en cabañas o albergues. Compaginaban el ejercicio físico con tareas recreativas, dándole una especial importancia al fuego que se encendía por las noches y a cuyo alrededor se cantaba o conversaba en buena armonía bajo la mirada de los monitores.
Eran unos tiempos en que los juegos desarrollados por los niños tenían un componente más físico que ahora. Al no haber ordenadores y videoconsolas o no existir aún la televisión en España o estar en sus comienzos, los menores encontraban en estos campamentos estivales un reclamo para pasarlo bien durante unos días y salir de su círculo habitual. Los padres solían mandarlos sin grandes problemas, ya que sabían que era un entretenimiento saludable que permitía a sus hijos escapar del calor del estío en la ciudad y gozar de los baños en el mar o de los beneficios de la montaña.
Estas vacaciones se organizaban por turnos. Cada verano había cuatro o cinco, con una duración que oscilaba entre los quince y los veinte días. Los precios eran muy asequibles a todos los bolsillos. En el importe se incluía el transporte, la manutención, el seguro de enfermedad, los servicios de monitores y maestros, así como la atención médica en caso de ser necesaria.
Toque de diana
La actividad que se desarrollaba en los campamentos era parecida. Por ejemplo, en el Vigil de Quiñones de Marbella se tocaba diana a las ocho de la mañana. Inmediatamente, los chavales formaban por escuadras (seis en cada una) delante de las tiendas. Una vez aseados y vestidos con el uniforme de 'bonito' de la Organización Juvenil Española (OJE), asistían al izado de la bandera y recibían las consignas del día. Tras ponerse la ropa de diario o faena, procedían a limpiar las tiendas e iban a desayunar.
Los menores tenían de 10 a 16 años y se clasificaban, según la terminología del Frente de Juventudes, en flechas, arqueros y cadetes. Cada escuadra tenía un jefe. Estas se integraban en centurias. En cada campamento había un jefe, cargo que recaía en un falangista de cierto prestigio.
Después del desayuno, se pasaba revista a las tiendas y se pedía la consigna del día y la máxima religiosa (los domingos había una misa). Una vez cumplidos esos formulismos, empezaban los juegos al aire libre: senderismo, pista de rastreo, tirolinas, etcétera. Además de baños en la playa, había dos turnos para disfrutar de la piscina.
A las dos de la tarde se paraba para el almuerzo, al que seguía la siesta o reposo. A las cuatro de la tarde comenzaban las manualidades. Tras la merienda, se realizaban distintos tipos de deportes: fútbol, baloncesto, voleibol, tiro con arco o carabina... Para hacer más atractivos estos juegos, se organizaban competiciones por escuadras.
Antes de la cena (que era a las nueve de la noche), los chicos formaban en la plaza del Vigil de Quiñones y presenciaban cómo se arriaba la bandera. Una vez concluida la cena, sobre las diez y media de la noche, se encendía el fuego de campamento y, de nuevo por escuadras, se representaban piezas teatrales o se tocaba la armónica o la guitarra. A las doce de la noche, con el toque se silencio, los niños se acostaban en sus respectivas tiendas.
Visita de famosos
A veces, los campamentos eran visitados por personajes famosos. Así, en 1974, tras ser elegida Miss Universo, Amparo Muñoz, acompañada por el actor Máximo Valverde, estuvo en el Vigil de Quiñones, donde firmó autógrafos y fue agasajada por su reciente premio.
De las colonias de niñas se encargaba la Sección Femenina. Las chicas eran encuadradas por grupos o secciones para fomentar su camaradería y participación en las actividades que se desarrollaban. Recibían charlas cortas en las que se les indicaban cómo debían comportarse para ser mujeres de provecho. Aparte, también participaban en juegos al aire libre.