ÉL lo decía y no le faltaba razón, llamándose Amado Nervo estaba condenado a ser poeta. Los destinos de cada cual están escritos en las estrellas y, añado, en la partida de nacimiento. Fue conocido, respetado, admirado, sus poemas se recitaban de memoria; hoy no se le recuerda, si acaso como ejemplo de poeta modernista; más o menos así. Habitación empapelada con grandes cortinones con borlas, muchas cosas inútiles que siempre están en grave riesgo de caer al suelo, vitrina que sólo se abre para quitarle el polvo a los mil y un cachivaches que encierra, algunos malos cuadros con paisajes, el piano de pared, sobre este, un cuadro de pelo de niño difunto que representa un cementerio, la muchacha toca mal, muy mal, pero su enamorado pone los ojos en blanco, está de pie y apoya el codo en el piano, cuando corresponde, pasa las páginas, fuera, el otoño hace de las suyas y roba hojas del parque, la luz, claro, de un quinqué, los padres de la chica dando cabezadas, la joven tose de vez en cuando y mancha con rosas de sangre el pañuelo, se muere, se muere sin remedio, está tuberculosa. El novio está escribiendo ya, las cosas hay que hacerlas con tiempo, un libro elegíaco, un libro muy triste, muy triste, donde lanza su dolor por la pérdida de ella, su gran amor.
Amado Nervo: daré alguna noticia de su vida, siquiera mínima para que el lector se sitúe. No olvide que estamos haciendo un ejercicio de recuperación de un poeta olvidado de una fama tan extraordinaria en su tiempo que es un ejemplo señero del 'sic transit gloria mundi', de cómo la gloria es efímera pero, como decía don Ramón del Valle Inclán, no nos pongamos estupendos. Nació Amado en 1870 en la ciudad de Tepic, cerca de la costa mexicana del Pacífico. La familia pasó penurias por la muerte temprana del padre, eran siete hermanos, Luís se suicidó, lo que, como es lógico, le afectó mucho. Se educó en el seminario de Jacoma, cerca de Zamora, Michoacán, sin completar los estudios. En 1894 marchó a México y empezó a colaborar en periódicos y revistas, especialmente en 'Azul', de Manuel Gutiérrez Nájera, del que Nervo se puede considerar discípulo; de hecho afirmó: «A Gutiérrez Nájera se lo debíamos todo». Fue un agitador cultural de la época y un poeta muy reconocido del que Amado pretendió, y lo consiguió, ser el sucesor como el bardo de México.
Pronto fue aceptado y reconocido como poeta. ¿En qué consistió la fórmula de su éxito? La moda de la época, como explica Ángel Valbuena Briones, era ser bueno y sentimental; al mismo tiempo conocer la filosofía positivista de Comte y el libro 'Jesús' de Renan, que fue un escándalo en su momento y que la Iglesia católica condenó; en él, Cristo es un personaje histórico, humano, excelente pero sin nada de divinidad. Entre la sentimentalidad y el culto al dato se daba una paradoja, pero muchas veces el arte funciona así. Elegancia, cierta ironía y mucho París, sobre todo, mucho París.
En París con Rubén Darío
Viajó a la Ciudad Luz, a la Meca de todo artista como corresponsal del periódico 'El Imparcial' para cubrir la Exposición Universal de 1900, esta estancia fue clave pues conoció, congenió y llegó a compartir piso con Rubén Darío que lo definió como «este hombre dulce de cabeza cristiana». Amado se convierte al modernismo y a esta tendencia pertenecen sus libros desde 1898 hasta 1910, fecha en la se pueden observar cambios en su poesía y en otros escritores de la misma cauda. Nervo publicó un artículo titulado 'El modernismo' en el que hace afirmaciones interesantes: «Ni hay ni ha habido más que dos tendencias literarias: la de ver hacia fuera y la de ver hacia dentro». Él se adscribe a la segunda, donde están los menos, los elegidos. El planteamiento es que para comunicar, descubrir, expresar la grandeza del Universo y los complejos mecanismos de su funcionamiento total, hay que centrarse en lo infinitamente pequeño, en lo imperceptible, en lo invisible.
La poesía es, pues, el análisis de lo subjetivo, la aproximación al detalle y la superación de la dificultad por medio de un lenguaje muy depurado y selecto. Libros como 'Místicas', 'Poemas', 'El éxodo y las flores del camino', 'Los jardines interiores', 'En voz baja' y algunas secciones de 'Serenidad' son plenamente modernistas, aunque con un matiz que me parece fundamental. Siempre manifestó un deseo de trascender, un afán de encontrarse con Dios; nunca el positivismo acabó con este universo de espiritualidad, seguramente consecuencia de su educación religiosa. La soledad del hombre que camina a tientas por el sendero oscuro que ya no está iluminado por la fe lo martiriza.
No es, en sí, nada nuevo. Se trata de que los mecanismos de secularización, el modelo materialista de la vida que la ciencia va imponiendo choca con las ancestrales tradiciones de una cultura en la que Dios ocupaba el lugar central; imaginemos, el positivismo frente a la religión, la razón frente a lo irracional. Dios no habla, quizás duerme el sueño eterno del que olvida, del que ha abandonado a su suerte a la creación que le entretuvo un momento, que es, en definitiva, un capricho. La muerte es y está pero no responde tampoco: «¡Oh muerte, poseedora de la llave del misterio que tarda tanto en decir su secreto!»
El personaje literario que encarna las contradicciones del decadentismo de la época es Huysmans; se ha comparado a Nervo con el dandy descreído, excesiva me parece la comparación. Nervo dudó siempre, Huysmans, no, era un materialista con una espiritualidad estética y nada dolorosa. Lo que sí está demostrado es la influencia de Verlaine, el católico Verlaine, en la poesía de Amado. El poeta de Metz, en Sagesse, pide, ¿a Dios?, que le tienda la mano para poder elevar su carne despreciable y su espíritu enfermo. Nervo, él sí, pide a yuda a Jesucristo para que lo guíe por los rectos derroteros del justo. No lo consiguió, Renan pudo más que los místicos aunque la crítica siempre ha destacado el misticismo del mexicano aunque sea, apunto, un misticismo heterodoxo revestido de un lenguaje tradicional.
Explorador de la métrica
Amado Nervo sintió siempre, eso sí, un gran placer con las ceremonias de la liturgia, por su valor secreto, por su belleza, por la acumulación de gestos con significados simbólicos. Fue un explorador de la métrica. Escribió sonetos irregulares en pentasílabos y en alejandrinos y ensayó otras formas de combinación. En muchos de sus poemas, los más declaradamente modernistas, aparecen los paisajes exóticos y los personajes de la espiritualidad oriental. Declaró que el modernismo aspiraba a dos grandes fines: el símbolo y la relación. El primero es el elemento más adecuado para expresar el espíritu moderno, la segunda establece una armonía singular de elementos, de manera que el aroma de la violeta está el color lila, y en el lila está el aroma de la violeta. Estamos ante una clara definición de la sinestesia, clave del simbolismo tal como lo expresó Baudelaire en el soneto 'Correspondances'.
El jardín solitario es uno de sus temas preferidos, junto con los cielos y las estrellas. El jardín es un lugar secreto, es el jardín inglés claro está, en el que el poeta pasea y confiesa a la naturaleza su propia soledad hasta establecer una relación filial con los árboles y las flores. El cielo es el ámbito del silencio y de la inmensidad ante la que la persona no es ni átomo.
Nunca tuvo demasiados recursos, conoció la pobreza. La revolución de 1914 lo separó de la carrera diplomática, en 1918 volvió a ella con el destino de ministro plenipotenciario en Argentina y Uruguay, murió en Montevideo en 1919, tenía 48 años. Sus restos, después de que se hiciera la mascarilla de su rostro en oro, regresó a México en la corbeta Uruguay, escoltada por barcos argentinos, venezolanos, cubanos y brasileños. El homenaje en su país fue indescriptible. Fue enterrado en la Rotonda de Hombres Ilustres.
Pasión carnal y amorosa
He dejado para el final su mejor libro. Recuerdo que no en vano estuvo en el seminario y eso marca, de una manera o de otra, no en vano esa estancia le proporcionó una educación religiosa más completa que al común y lo familiarizó con autores místicos y con la extensa bibliografía que existe sobre la muerte, los más que editados artes de morir que preparaban con todo detalle al individuo para acabar cumplidamente con el negocio más importante de la vida, el final, claro está. No se olvide que la cultura hispánica más que a la resurrección ha tenido a la muerte como centro de meditación y de creación. No sólo en el mundo de lengua española, la muerte es la única certeza y todas las culturas le tienen como uno de sus ejes pero, sin duda, el mundo católico se ha recreado más que otros en la Parca. Basta citar los textos de fray Luís de Granada y de tantos otros, Valdés Leal en la pintura, para ejemplificar lo que afirmo.
Amado se movió entre la pasión carnal, amorosa y, según su manera de ser y sus gustos estéticos, lírica en el sentido tópico del término y la pasión amorosa trascendida por el misticismo como intención pero fracasado en última instancia. La mezcla de ambos ingredientes es explosiva y en su caso, no obstante, produjo su libro más famoso, 'La amada inmóvil' de 1922, consecuencia directa de la muerte de Ana Cecilia Luisa Dailliez, libro que no pudo ver editado. Nervo falleció, como se ha escrito, en 1919. Es terrible esta historia de amor y, quizás, de algo más espantoso que se puede sospechar de los pocos datos que se conocen.
Un amor enfermizo
En París, dónde mejor, en el Barrio Latino, claro que sí, un 31 de agosto de 1901 Amado conoció a Ana. Fue su amor, el más grande, pero un amor encerrado, enjaulado. Cuando fue destinado como segundo secretario de la embajada de Méjico en Madrid, se fueron a vivir a la calle de Bailén y ni los porteros supieron que había una mujer en el piso, extraño, muy extraño, quizás un amor enfermizo, una pasión patológica. Ana murió de fiebres tifoideas en veinte días, en 1912, parece que Amado no llamó a ningún médico y la atendió solo y en esa soledad la veló; después de estos hechos me recorre un escalofrío por la espalda al leer lo que Ana fue para Amado según las palabras del poeta: ornamento de mi soledad, alivio de mi melancolía, flora de mi heredad modesta, dignidad de mi retiro, lamparita santa y dulce de mis tinieblas.
No cabe duda de que esta pasión amorosa fue absoluta y como consecuencia de la tragedia, el libro, que se abre con un poema titulado Ofertorio y la frase Deus dedit, Deus Abstulit (Dios dio, Dios quitó). El breve texto muestra una resignación cristiana y estoica, un aceptar el dolor que la muerte del amor, palabra que se repite tres veces y dos de ellas con los adjetivos 'solo' y 'gran' y en los tres casos con el determinante 'un' le ha producido: «un amor, un solo amor, un gran amor'. El poeta no tiene nada más que ofrecer a la divinidad que ese dolor que se repite dos veces con la exclamación: «¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!» El léxico es muy sencillo, la transmisión de la emoción es directa y el resultado textual efectivo, amén del sentido del ritmo y de las repeticiones.
La renuncia de lo terrenal, coherente con el desasimiento más íntimo y más profundo de una vida que se siente acabada, es el gran tema del más famoso de sus libros. Él afirmó que esta obra la había escrito sin ningún artificio, de forma natural y sincera, como surgen las lágrimas no buscadas. El libro se divide en diez partes con un número variable de poemas en cada una de ellas. El último poema se titula 'El celaje'. Nervo interroga al Amor que no ha vuelto pese a su promesa. El Amor-Amada se perdió y el yo lírico es un desasosegado ser que espera mirando el paisaje, un celaje, una bruma luminosa es el fantasma del Amor perdido.