LA implantación de los ordenadores en los centros educativos se ha convertido en un fetiche electoral que se ha repetido, como promesa, en las últimas campañas; y esta semana, una vez más, el presidente del Gobierno ha recuperado ese recurso en el Debate sobre el Estado de la Nación. Implantar un ordenador por cada dos alumnos es ya una promesa de largo recorrido, con la que hay pocas discrepancias a priori, aunque las estadísticas están lejos de un cumplimiento exhaustivo de las previsiones. El sondeo realizado por este periódico en los colegios de Málaga, representativo de la situación en el país y desde luego en la comunidad autónoma, rebaja el triunfalismo. Apenas algo más de la mitad de los centros educativos se consideran TIC, esto es, dotados con tecnología de la información. A partir de ahí, el escenario se enrarece:
la quinta parte de los profesores son reticentes a hacer uso de esta herramienta en sus clases, en muchos casos por tratarse de docentes de la generación anterior no familiarizados con la tecnología digital, pero otros profesores, sin estar a la defensiva por tratarse de 'digital homeless', actúan así por voluntad propia. Varios factores contribuyen a esa desconfianza: el aprovechamiento requeriría de la existencia de un profesor liberado con dedicación exclusiva a la coordinación TC; los problemas técnicos se multiplican pero no se dispone de un servicio de mantenimiento y la delegación ofrece respuestas lentas; la red general a menudo resulta lenta; y por añadidura los alumnos a menudo desbordan el seguimiento, hasta requerir su vigilancia mediante el programa espía Italc. No basta, así pues, con la adquisición de equipos.
Este programa, que la Junta de Andalucía desarrolla desde hace un lustro, es coherente con los planes del Ministerio en torno a la denominada Educación 2.0. Desde luego, las nuevas tecnologías constituyen un instrumento fundamental para la acción formativa, pero parece un error confundir las necesidades educativas con necesidades de tecnología, como si éstas resolvieran por sí mismas los problemas. Con seguridad unos programas formativos más interactivos, dinámicos y tecnologizados podrían contribuir a detener la sangría del fracaso escolar, que sin duda es uno de los principales problemas que se producen en el sistema educativo español; pero no es suficiente con incorporar ordenadores. Hace falta profesorado con actualizaciones formativas, con estímulos para incorporarse a los soportes tecnológicos, con un clima escolar propicio para innovar en sus actividades de clase.
Recientemente el nuevo presidente de la Junta de Andalucía ha acertado a situar su política económica sobre el eje de la educación, un pronunciamiento muy elogiado al situar la cuestión en el plano exacto: invertir en generaciones mejor formadas para garantizar el espíritu emprendedor, la innovación en el I+D, la renovación del sistema productivo. Pero eso exige una inversión en recursos humanos realmente mucho más que en equipos, aunque naturalmente éstos sean un requisito incuestionable para un modelo educativo TIC.