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Cultura

CULTURA Y ESPECTÁCULOS

15.05.09 -

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E SPAÑA , que tan a menudo ha vivido a espaldas de sus compositores, parece tener con Isaac Albéniz -y más ahora que su silencio cumple, el 18 de mayo, un siglo- un mayor cuidado, una mejor atención aunque sea sólo por el ciclo de conciertos que en estas semanas Caja España ha estado organizando y que también han recalado en Málaga. Más allá de Falla, que llegó a aparecer en los billetes de cien pesetas, y acogido con igual respeto por ambas Españas -la que apreciaba en él al exiliado y la que aplaudía su religiosidad profunda y su nacionalismo estético-, Albéniz es quien mejor encarna en nuestro país la figura desde la perspectiva romántica según la cual el compositor es un ser aventurero, que juega con el riesgo, se guía por la intuición y acababa imponiendo sus méritos.
Cuarenta y nueve años duró la vida de Albéniz, mucho menos que las seis décadas que se mantuvo abierto el cine con su nombre en nuestra calle Alcazabilla, y que, en un detalle advertido por pocos espectadores, bautizaba a cada sala con títulos de obras del músico relacionadas con paisajes malagueños. Del mismo modo que otra curiosidad acerca de Albéniz tampoco es tan conocida: una bisnieta suya es Cecilia Ciganer Albéniz, la ex esposa de Nicolas Sarkozy; otro bisnieto del compositor es Alberto Ruiz Gallardón.
El niño y los prodigios
Obstinado, confiado siempre en sus capacidades, a Isaac Albéniz le vino pequeño no sólo el tiempo, sino también el mundo. Isaac Manuel Francisco Albéniz nació en Camprodón, Gerona, cerca de la frontera francesa, el 21 de mayo de 1860. Hijo de un administrador de aduanas allí destinado, los Albéniz provenían de Vitoria, aunque su madre, Dolores Pascual, pese a nacer en Figueras, era andaluza de origen. Con todo, y dado que los años en el pueblo natal fueron escasos, sólo tres, y por la movilidad del empleo de don Ángel Albéniz (la familia vivirá en lugares como Sitges, Barcelona, Almería, Cáceres y Madrid), Isaac mostraría en su conducta y su obra un amplio cariño, más que por Cataluña, por Andalucía.
Hijo menor de la familia y precedido por tres hermanas con aficiones musicales (una de ellas, Blanca, corista, llegará a suicidarse en el parque el Retiro en 1874, a los 19 años -Isaac tenía 14-, desengañada al no haber sido contratada por el Teatro de la Zarzuela), ya a los cuatro años tocó al piano una fantasía sobre 'I Vespri Siciliani' de Verdi en el teatro Romea de Barcelona con tal maestría que los espectadores supusieron algún artificio, alguna impostura, ante la estampa del diminuto virtuoso.
Convertido su padre en promotor del portento, el niño Albéniz se prodigó en conciertos infantiles que hacen recordar el caso de Mozart con una llamativa diferencia: Albéniz era más joven que el salzburgués. Con todo, la composición más temprana en el catálogo de la obra de Albéniz es una marcha militar fechada en 1868. Es decir con ocho años de edad. Tanta fue la voracidad musical del niño Albéniz, volcado en aprender piano por encima de cualquier otra disciplina, que se dice que aprendió a leer descifrando su nombre en los carteles que anunciaban sus actuaciones.
Tras dos años de clases en Barcelona, llega el momento del aprendizaje en París, donde pasa nueve meses recibiendo lecciones de quien había sido el maestro de Bizet y en breve lo sería también de Debussy. La meta, accesible, es el ingreso en el Conservatorio de París, que queda aplazado para dos años más tardes porque Albéniz rompió con una pelota un cristal de la sala mientras llegaba el momento de su entrevista definitiva tras haber pasado con soltura las pruebas prácticas. Este rechazo del niño de seis años le condujo de regreso a Barcelona, e inicia nuevas giras de conciertos que llevan a los críticos a compararlo insistentemente con Mozart. En la primera mención que la prensa hace de un concierto suyo, en 'La correspondencia teatral' de Valladolid, el 15 de febrero de 1872, cuando tenía ya 12 años, el cronista afirma: «Nos faltan frases para encomiar tanta maestría, tanto sentimiento, tanta perfección. Será una de las glorias del arte español».
Esta gira de conciertos terminará en Málaga el 29 de agosto, y elegirá también nuestra ciudad para iniciar su siguiente gira en noviembre del mismo año. Aquí volverá en 1882 con un nombramiento como profesor del Conservatorio de Málaga a la vez que lo era de los de Cádiz, Valencia y Barcelona, mientras que en 1886 ofreció un concierto con 26 piezas y regaló otras 5 o 6 al público entusiasmado. En su colección de piezas para piano 'Recuerdos de viaje', op. 71 (1887) incluye una de las más populares: 'Rumores de la Caleta (malagueña)'. En la 'Suite Iberia', su obra cumbre y, a decir de algunos, la obra maestra de la música española, escrita entre fines de 1905 y comienzos de 1909, entre las doce piezas que la componen hay once de inspiración andaluza, y dos de ellas, 'Rondeña' y 'Málaga' remiten a esta tierra.
Lector de la sensación del momento, Julio Verne, el niño Albéniz decide lanzarse a la aventura. Es 1870, tiene diez años y huye del hogar madrileño. Viaja sin dinero en el bolsillo, en un compartimento de tren que también ocupa el alcalde de El Escorial, que accede a facilitarle algunos recitales en el casino de la localidad a cambio de sacarle la promesa de regresar al hogar. El niño cumple el trato, pero en el regreso, a la altura de Villalba, cambia de planes e improvisa una gira que le lleva a Ávila, Zamora, Salamanca, Peñaranda de Bracamonte y Toro.
Entre Toro y Zamora, en la diligencia que le llevaba de regreso a Madrid, el vehículo es asaltado y pierde todas las ganancias de sus conciertos. Incapaz de regresar al hogar con los bolsillos vacíos, decide alargar la aventura y actúa en los principales escenarios de Galicia, Castilla, León, Logroño, Zaragoza, Valencia y Barcelona, donde triunfa pero que abandona con urgencia al tener noticia del pistoletazo fatal de su hermana.
En Andalucía
El retorno parece encaminarle por los senderos de la disciplina. Pero los estudios en Madrid no bastan y emprende una improvisada gira andaluza. Estando en Cádiz, el gobernador de la ciudad, avisado de que el joven de doce años está reclamado por sus padres, amenaza con detenerlo si no accede al regreso. Asustado, se embarca el 30 de abril de 1875 como polizón en el navío 'España', con destino Puerto Rico. Descubierto, la presencia de un piano a bordo basta para que su trabajo como pianista pague el costo del viaje. El 21 de mayo debuta en San Juan de Puerto Rico, ataviado de mosquetero con espada al cinto. Siguen recitales en Mayágüez y en Caguas. Argentina, Uruguay, Brasil y Cuba serían testigos de las andanzas del mozalbete, que tras un regreso breve a España volverá a las Américas donde su padre es interventor de la aduana de La Habana, para hacer una incursión también en Estados Unidos, donde llega a rebajarse a exhibiciones lindantes con lo circense como tocar de espaldas al teclado o con las teclas tapadas por un paño. Agotado por la experiencia, regresa a Europa, con actuaciones en Londres y estudios breves en Leipzig. A los quince años, nace al fin el músico serio al ser becado por Alfonso XII que le concede una pensión real y se le facilitan estudios en el Real Conservatorio de Bruselas.
En 1879 concluye sus estudios de piano y solfeo en Bruselas, graduándose con el primer premio de piano. Su carrera a partir de ahí es fulgurante. Conoce a Liszt en 1880 (aunque puede ser tanto una fantasía de Albéniz como un hecho real), lo que le provoca una crisis espiritual que le llevará a ingresar en un monasterio dominico de Salamanca en el que sólo soportó dos meses la disciplina. De Liszt recibió el amor por las melodías populares, lo que plasmaría en la 'Suite Iberia' y en la 'Suite española' (1886).
Pianista oficial de la corte, poseedor de numerosas distinciones oficiales, amado por un público entusiasta, Albéniz era más un intérprete maravilloso que un compositor reconocido. De estos años quedan los títulos, pero no las partituras, de tres zarzuelas por él compuestas ('Cuanto más viejo', 'Catalanes de Gracia' y 'El canto de la salvación'), animado por Felipe Pedrell, el gran impulsor de la recuperación de la música tradicional española. En 1883 se casa con Rosina Jordana, hija de un hombre de negocios, con la que tiene tres hijos, siendo la menor, Laura, el gran apoyo de su padre además de su secretaria. Los contratos millonarios se suceden alrededor del músico.
Gloria y muerte
La fama pasa a ser internacional. París y Londres son ahora ciudades en las que pasa largas y triunfales temporadas. Nadie en el mundo musical podía privarse de tratar a Albéniz: Fauré, Dukas, Debussy, Granados, Falla, se disputan su amistad. En 1906 el mal de Bright, que le había sido diagnosticado en Londres ocho años antes, hace su aparición: albúmina, afección cardiaca, nefritis crónica, uremia. El 1 de abril de 1909, por recomendación médica, se instala en el balneario pirenaico de Cambo-les-Bains. Allí recibe las visitas de un emocionado Enrique Granados, que el día 14 publica en 'La Vanguardia' de Barcelona una carta contando su último encuentro y comunica: «Firmada por los maestros Fauré, Dukas, Vincent d'Indy, Debussy y Lalo, había sido presentada una propuesta y cursada favorablemente por el Consejo. El gobierno francés acababa de conceder la Legión de Honor al genial compositor Isaac Albéniz». Y sigue con su relato y con una vibrante valoración de la obra del músico: «A las ocho de la mañana de ayer sábado llegué á Cambo-les-Bains; después de abrazar a nuestro queridísimo enfermo y besar su noble frente, le di, de parte del maestro Fauré, la noticia que tanto había de agradarle... ¡Albéniz pensó mucho en España, cuando supo que el gobierno francés había sabido premiar su gran obra de arte!... ¡Vi saltársele las lágrimas de alegría... y de tristeza! La obra de Isaac Albéniz es definitiva y quedará. ¡Oh, si yo pudiera reflejar la impresión que me producen los ritmos y los colores de los admirables arabescos de Albéniz!».
Al caer la tarde del 18 de mayo de hace un siglo, muere rodeado de los suyos. Los restos serán sepultados días después en Barcelona en una impresionante manifestación de luto y respeto. Valga el poema 'Epitafio a Isaac Albéniz', escrito por García Lorca en 1935 para cerrar esta evocación del genio a los cien años de su muerte: «Esta piedra que vemos levantada / sobre hierbas de muerte y barro oscuro / guarda lira de sombra, sol maduro, / urna de canto sola y derramada. / Desde la sal de Cádiz a Granada / que erige en agua un perpetuo muro / en caballo andaluz de acento duro / tu sombra gime por la luz dorada. / ¡Oh dulce muerto de pequeña mano! / ¡Oh música y bondad entretejida! / ¡Oh pupila de azor, corazón sano! / Duerme cielo sin fin, nieve tendida / Sueña invierno de lumbre, gris verano / ¡Duerme en olvido de tu vieja vida!».
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