EN este mes de mayo es rara la persona que no tiene un niño cercano que haga la primera comunión. El fausto acontecimiento de recibir la sagrada forma es celebrado a lo grande. En Málaga, más de siete mil familias se enfrentan cada año a este gasto desmesurado. La Unión de Consumidores ha evaluado que el coste de una primera comunión alcanza los 3.600 euros de media (600.000 pesetas), algo totalmente impensable hace cuarenta o cincuenta años cuando era obligatoria la ceremonia religiosa para todos los niños (ahora es voluntaria).
Los abuelos pasaron por esa tesitura. Todos, o casi todos, tienen recuerdos imborrables de ese día tan especial. Hoy, miran sus fotos y no pueden por menos que sonreírse y observar cómo han pasado los años. Y los tiempos, las modas, las formas de pensar.
«Para un padre y una madre / no hay alegría mayor / que ver hacer a sus hijos / la primera comunión», sonaba a finales de los años cincuenta en las radios del país la canción de Juanito Valderrama, que le reportó, por cierto, grandes beneficios. El hecho de que los hijos recibieran por vez primera el llamado 'pan de los ángeles' era motivo de satisfacción en casa, sobre todo porque suponía un paso más en la crianza del vástago.
Los niños iban a comulgar bien temprano: a las nueve de la mañana. Eso sí, sin desayunar porque para recibir la sagrada forma había que ir en ayunas -se confesaba el día anterior-. Luego, la celebración se ceñía a un austero desayuno en el que era obligado el chocolate con churros y galletas. Los invitados quedaban restringidos a los cuatro o cinco amiguitos del comulgante. Así era prácticamente la celebración en la mayoría de las casas de las clases obreras (entonces apenas había clase media). En las familias más pudientes se ampliaba algo más el número de invitados y se incorporaba la bollería o los dulces. Para ello se acudía a dos establecimientos de referencia: La Española, en la calle Granada, o La Imperial, en la calle Nueva.
Tras el desayuno, venían los regalos. Muy bien diferenciados según el sexo. A las niñas, el joyero, virgencitas para las mesitas de noche, las cajas de bombones, la colonia Heno de Pravia con jaboncitos, pendientes, esclavas y anillos. A los chicos, a los que se les presuponía la intelectualidad, les regalaban libros, estilográficas, lápices 'Alpino', un reloj, gemelos, cruces para las mesitas de noche y misales.
Era habitual dejar una estampita-recordatorio a la vecina y a esperar a ver qué caía: dos o tres pesetas o, incluso un duro. Con cara de no haber roto un plato, el niño y la niña respondía con un «gracias» a la dadivosa vecina.
De los trajes también se podría hablar largo y tendido. Según los entendidos, hubo dos épocas. La previa al Concilio Vaticano II, y la posterior. El caso es que antes de que el Papa Juan XXIII dijese que había mucho boato en las comuniones, los niños se vestían de almirantes con charreteras y galones, de marineros o con trajes blancos o azul marino combinados. Y las niñas, de princesitas o de novias. Algunas parecía que se iban a casar en vez de hacer la primera comunión. Sin embargo, la época postconciliar fue mucho más austera: las niñas se vestían de monjitas y los niños se decantaban más por la indumentaria sencilla y, a veces, incluso de fraile.
Los trajes se cosían en casa. Se compraban las telas, y quien podía se lo encargaba a una modista. Quien no, se apañaba con la ayuda de alguna vecina o de alguna amiga.
En los años setenta, cuando mejoró la economía familiar, comenzaron las celebraciones en las ventas de Puerto de la Torre, que se hacían extensibles a familiares más lejanos o a amigos de los padres. Hoy, el banquete se acerca al de una boda. Algunos, seguro, echarán de menos aquellos chocolates que le recordarán su primera comunión.