EL 12 de febrero se cumplieron doscientos años del nacimiento de Charles Darwin, el padre intelectual de la teoría de la evolución. Darwin no inventó el concepto de evolución. Otros autores ya habían defendido la heterodoxa doctrina 'transformista', como por entonces se la conocía. El mérito de Darwin estuvo en dotarla de un mecanismo plausible -la selección natural- que explicara el cambio evolutivo, y en apoyarla con innumerables ejemplos. A estos dos fines están dedicadas las páginas de su obra más conocida, El origen de las especies. Algunos de los ejemplos que Darwin cita en ella fueron recogidos a lo largo de sus cinco años de viaje a bordo del Beagle, un barco cuya misión era trazar mejores mapas de la costa sudamericana. No obstante, Darwin no llegó a las tesis evolucionistas mientras navegaba en el 'Beagle', como a veces se dice. Cuando desembarcó el 2 de octubre de 1836 en el puerto de Falmouth, en Inglaterra, seguía siendo un creacionista, como casi todos los naturalistas de su tiempo.
Fue al año siguiente, tras revisar sus datos y observaciones, y particularmente los especímenes de pinzones de las Galápagos, frente a la costa peruana, cuando Darwin comenzó a especular sobre la posibilidad de la transformación de unas especies en otras. El empujón definitivo se lo proporcionó el libro de Thomas Malthus Ensayo sobre el principio de la población. En él encontró la pieza que le faltaba: la dura lucha por la existencia en la que sólo los más aptos sobreviven.
La teoría darwinista afirma que los rasgos complejos que poseen los seres vivos se forman en un proceso gradual que implica tres factores esenciales. En primer lugar, en toda población de seres vivos existe una amplia variación en sus rasgos (altura, tamaño, velocidad, agresividad, resistencia a enfermedades o a parásitos, etc.). En segundo lugar, puesto que los recursos casi siempre son escasos con respecto a las capacidades reproductivas de los organismos, en la naturaleza se da una dura lucha por la existencia, y aquellos individuos que posean ciertas variedades apropiadas de esos rasgos tendrán ventaja sobre otros individuos en esa lucha. En tercer lugar, muchos de esos rasgos serán heredables, con lo que los individuos seleccionados dotarán a las generaciones futuras con los rasgos que han resultado ventajosos. Este proceso en el tiempo es el que explica la evolución de las especies y su adaptación, a veces tan maravillosa, al entorno.
La idea era tan arriesgada que Darwin, ya naturalista de prestigio, no se atrevió a publicarla y pospuso el asunto más de veinte años. Su publicación vino forzada finalmente por un acontecimiento inesperado; la recepción de una carta del naturalista Alfred Russel Wallace en la que éste le pedía ayuda para publicar las conclusiones a las que había llegado en su trabajo de campo en Las Molucas y que eran, sin que Wallace lo supiera, similares a las de Darwin. 'El Origen de las especies' se publicó en 1859, cuando Darwin contaba ya con medio siglo de vida (este año 2009 se celebra también el 150 aniversario de esta publicación).
Tras un periodo de declive a finales del siglo XIX y principios del XX, las ideas de Darwin fueron armonizadas con la teoría de la herencia de Mendel en los años treinta y cuarenta del siglo XX, en lo que se conoce como Teoría Sintética de la Evolución. Desde entonces han ido extendiendo su influencia y su capacidad explicativa a campos muy diversos, desde la inmunología a las ciencias sociales. Hasta tal punto es así que no sería en absoluto exagerado decir que Darwin es el científico que más ha influido en la configuración de la cultura contemporánea. Otras teorías, como la cuántica, han constituido la base de nuestra tecnología actual y en esa medida han posibilitado el éxito material de esa cultura. Otros científicos, como Einstein, representan mejor que Darwin en la imaginación popular al científico genial, creativo y preocupado por cuestiones filosóficas y político-sociales. Pero el darwinismo en su versión contemporánea ha proporcionado los elementos centrales para una explicación naturalista de nuestra existencia como especie y del modo en que la vida se ha desplegado en este planeta.
Una aportación así no podía desde luego pasar desapercibida para la filosofía, la literatura, la psicología, la sociología, la teología, y otros muchos ámbitos de la cultura. Eso no significa que esta naturalización de lo humano haya sido bien recibida por todos. Las resistencias al darwinismo son fuertes, como muestra el caso de los Estados Unidos, donde los tribunales han tenido que intervenir varias veces para que en las escuelas no sea suprimido o presentado como una explicación más entre otras igualmente posibles. No obstante, pese a estas resistencias, y a pesar también de que los biólogos son cada vez más conscientes de que la teoría de Darwin, como todas, tiene sus limitaciones, el darwinismo sigue extendiendo su poder explicativo a otros campos. No se trata, o al menos no debería tratarse, de reducir todos los aspectos de los seres vivos ni de la cultura humana a productos de la evolución. No todos lo son. Pero no tenemos por el momento una mejor explicación científica del origen de la complejidad en la naturaleza. Y esto tiene implicaciones también sobre la conducta humana, puesto que nuestro cerebro es uno de los sistemas naturales más complejos que existen.
La Universidad de Málaga no podía dejar de celebrar el año Darwin. Se está preparando con el apoyo de Vicerrectorado de Investigación un ciclo de conferencias divulgativas del que los arriba firmantes somos los promotores. Esperamos que la acogida sea tan buena como Darwin merece y como esta ciudad es capaz de ofrecer.