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SURtv.esSURtv.es | RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 24 mayo 2012

Sociedad

SOCIEDAD

Lo habitual es que hoy el padre y la madre trabajen fuera de casa. Sin embargo, a los hijos cada vez les cuesta más colaborar en las tareas domésticas pese a que beneficia su desarrollo
25.01.09 -

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Leonera: según la Real Academia de la Lengua, lugar en que se tienen encerrados los leones o aposento habitualmente desarreglado y revuelto; según la familia media española, habitación de su hijo. ¿Qué padre no ha discutido alguna vez con su prole por el desorden de su dormitorio? No suelen ser muy hacendosos los adolescentes de hoy a la hora de colaborar en las labores del hogar. Y eso que, a diferencia de otros tiempos, tanto el padre como la madre suelen trabajar fuera de casa y toda mano extra se agradece. Sin embargo, y paradójicamente, ahí está el quid de la cuestión: los progenitores pasan tanto tiempo alejados de sus hijos que en el poco que comparten con él intentan mimarlos lo máximo posible. Así lo constata la neuropsicóloga María Luisa Ferrerós, para quien colaborar en las tareas del hogar ayuda al niño «a organizar su mente, a aprender a ser disciplinado e independiente, y a fomentar su autoestima al sentirse útil e integrado».
Hay quien empieza a tomar conciencia. Véase el ejemplo del recién elegido presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que ya avisó de que sus hijas tendrían que seguir ayudando en las labores hogareñas cuando se mudaran a la Casa Blanca. Dicho y hecho. Pese a contar con todos los lujos y comodidades, Sasha, de siete años, y Malia, de diez, tendrán vidas lo más normales posible, y ahí se incluye hacer sus camas y ayudar en la organización de sus habitaciones. Es lo primero que advirtió la madre, Michelle Obama, a los miembros del personal.
Una rutina más
Cualquier edad es buena. Eso sí, cuanto antes mejor. Entre los dos y los tres años es un buen momento. Se puede empezar por recoger los juguetes y poco a poco ir aumentando las responsabilidades, ayudando a poner la mesa, doblando la ropa o haciendo la cama. Actividades, en un principio, poco apetecibles, pero que, vistas como algo positivo, pueden convertirse en una rutina más en la vida del niño, como lavarse los dientes o hacer los deberes.
Pero la pelota está en el tejado de los padres, y no en el de los pequeños, como muchos piensan. «Ahora los padres tienen la idea de que son una especie de monitores de tiempo libre para sus hijos e intentan que los momentos que pasen juntos sean más una diversión para que no les vean como algo negativo. Y no les hacen ningún favor», asegura Ferrerós, convencida de que, de esta forma, los niños «interiorizan que no tienen obligaciones» y, cuando crecen, «se sienten confundidos porque han vivido alejados de la realidad».
No en vano, como entiende la pedagoga de www.solohijos.com Elena Roger, «es un gran error pensar que nuestro hijo es demasiado pequeño para hacer determinadas tareas o que es mejor hacerlas directamente porque así nos ahorramos tiempo y peleas». Hay otra solución: que ellos mismos hagan lo que sean capaces, en la medida de sus posibilidades y su edad, «independientemente de la calidad del resultado o de lo que tarden», aclara la especialista. Y, aunque cueste, lo aconsejable es intentar no intervenir, dejando que sean ellos mismos los que superen las dificultades -o al menos lo intenten- que se les presenten. «Si hacemos las cosas por ellos porque a nosotros nos salen mejor terminarán por pensar: 'Para qué voy a esforzarme si ya hay quien lo hace por mí'», observa la pedagoga Esther García, que recomienda tratar de buscar el lado positivo de las responsabilidades hogareñas. Y, como recuerda María Luisa Ferrerós, siempre desligándolo del castigo. Aunque no de la recompensa. «Se le puede incentivar con cinco euros por bajar la basura o ayudar a lavar el coche, lo que no sería correcto es pagarle por aprobar en el colegio porque esa es su primera obligación», puntualiza la neuropsicóloga.
Un buen comienzo puede ser hacer un organigrama. Es hora de dar uso a esa vieja pizarra que acumula polvo en el trastero y repartir las tareas entre los distintos miembros de la familia. Cada uno tendría así asignada una labor, que iría rotando de forma periódica para no aburrir. Siempre teniendo en cuenta las habilidades de cada uno y la edad, claro.
Poco a poco
A los dos o tres años, por ejemplo, ya pueden empezar a tener contacto con el sentido de la responsabilidad con pequeñas ayudas, como recoger los juguetes y guardarlos, apilar los periódicos viejos para reciclar, retirar su plato de la mesa, o guardar y sacar alimentos de los cajones inferiores de la cocina.
Ya a partir de los cuatro o cinco años, los niños son capaces de ayudar en el supermercado cogiendo productos de las estanterías, dar de comer a la mascota, poner y quitar la mesa, clasificar los cubiertos limpios en el cajón, regar las plantas o dejar su plato en el lavavajillas. Un poco después, con seis y siete años, ya pueden ayudar a hacer la lista de la compra, hacerse el bocadillo, clasificar su ropa para lavar, limpiarse los zapatos, contestar al teléfono o mantener su mesa ordenada.
Entre los ocho y los nueve años, es una buena edad para enseñarles a hacer la cama, barrer, guardar la ropa limpia en el armario, sacar la basura, atarse los cordones de los zapatos, o preparar la mochila y la ropa para el día siguiente. Con diez y once años, son ya capaces de ducharse sin ayuda, mantener el armario y los cajones ordenados, dar de comer a su hermano pequeño, recoger el correo y poner en marcha la lavadora o la secadora.
Ya a los doce y trece años, deberían saber hacer la cama correctamente, recoger y limpiar la cocina, tender la ropa o sacarla de la secadora, o ayudar a vestir y desvestir a su hermano pequeño.
Sólo hay que ser un poco exigente y empezar pronto. «Si un niño nunca ha tenido que colaborar en casa, no se puede pretender que con trece años empiece a hacerlo de forma espontánea», considera Esther García.
No es que sea fácil, pero hay ciertos trucos que pueden ayudar. Según la pedagoga, «razonar, negociar y motivar» son la base de toda estrategia. La clave está en hacerles ver las ventajas de que participe. García pone un ejemplo: decirles que si nos ayudan a guardar la ropa, terminaremos antes y podremos jugar juntos a lo que quieran. «Es una forma de motivarles, haciéndoles ver que colaborando entre todos las obligaciones se resuelven más rápido y hay más tiempo para dedicar al ocio», recomienda. Habrá que darles antes unas pautas, sólo así se les podrá exigir buenos resultados. En el caso de que lo que se pretenda es que el chico meta los platos sucios en el lavavajillas, los padres deberán enseñarle cómo se clasifican, de esta manera «no tendrá excusa para amontonarlo todo, hacerlo rápido y mal», explica Elena Roger. Se pueden ir introduciendo así algunas normas de forma progresiva. Por ejemplo, que determinadas tareas, como recoger la mesa o hacer la cama, hay que realizarlas antes de jugar o de disfrutar de cualquier otra actividad gratificante.
Aunque también existe la opción de hacer de las labores domésticas un juego, o al menos un momento de diversión. En su libro 'Las tareas del hogar: juegos y actividades para que los niños se diviertan coloreando', Gisela Walter demuestra que es posible hacer que los niños no vean 'sus labores' como algo desagradable. Hacer la compra entre juegos o poner la mesa intentando darle una decoración especial son algunas de sus propuestas. No está mal para romper el hielo. María José Ferrerós añade además otro aliciente: la música, muy motivadora para los más pequeños.
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