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21.01.09 -

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Nebrera y Nebrija
SI dice el refrán, con acierto, que los ojos son el espejo del alma de cada persona, no sería difícil argumentar entonces que el lenguaje es el espejo del alma colectiva. Pero es el alma colectiva reflejada en los demás, o sea, que el habla es en gran medida la ventana a través de la cual los demás nos ven. Nunca sabremos a ciencia cierta si las cosas existen por sí mismas o en la medida en que los demás las conocen, y cómo las conocen. Según ello nosotros seríamos como nos ven los otros, y es ahí donde anidan esos casposos y arraigados tópicos sobre la idiosincrasia de las razas, pueblos y naciones. Ya pueda salir un individuo vago y manirroto porque, si es catalán, siempre será laborioso y avariento. Ya puedes toparte con un tipo hacendoso y taciturno, que si es andaluz, será un haragán, guasón y sandunguero. Ya no hay dios que cambie estos prejuicios, sobre todo cuando encima nos afanamos en alimentarlos. Se supone que los andaluces tenemos que estar todo el día desplegando el puto 'ángel' y el puto 'duende' para comportarnos como se espera de nosotros, empezando por nuestra despreocupada forma de hablar. Si hemos estado cultivando durante mucho tiempo el papel de graciosillos oficiales del reino, no podemos quejarnos luego de que otros vean en nuestra habla el lenguaje del bufón. No nos engañemos: la España cañí, siempre antigua y siempre nueva, lleva registrada la marca andaluza. Ya señalaba en estas páginas Teodoro León Gross que, entre los humoristas, el personaje del andaluz-y, últimamente el extremeño- es el comparsa atrasado, cateto, el simpático insustancial, el botarate en suma. Y todo eso tiene maldita la gracia, porque después viene la diputada catalana Montserrat Nebrera que, con la autoridad de un Antonio de Nebrija y en un arranque de sinceridad, comete el error de subestimar la capacidad intelectual de la ministra de Fomento mofándose de su acento andaluz, diciendo en voz alta lo que seguramente piensan en privado muchos de sus paisanos, como ya hizo hace algunos años la Honorable consorte Doña Marta Ferrusola refiriéndose a los inmigrantes y charnegos que, con sus bárbaras costumbres y extravagantes modismos, podían poner en peligro las esencias de la catalanidad.
Para empeorar las cosas creyendo mejorarlas, la diputada ha explicado que su intención era llamar 'chula' a la ministra, como queriendo decir que en el corral de la política no hay sitio para dos, forastera. El episodio ha escandalizado a ese tipo de andaluz de nuevo cuño que quiere aplicar el I+D+i a la fabricación de castañuelas, pero lo más importante del mismo es revelarnos dos aspectos derivados de la existencia de ese oneroso Tripartit. Uno es la sospecha de que los catalanes estén empezando a perder el 'seny', esa envidiable circunspección ante la vida que los hacía aparecer como gente maravillosamente educada, en un país que había borrado del diccionario la palabra cortesía y donde las enfermeras llaman a los ancianos de tú. El otro es haber podido comprobar que el habla catalana, por sí misma, no detentaba el monopolio de la cordura y la inteligencia, y que, tras ella, se pueden esconder los mismos listos y los mismos tontos que en cualquier lado, ni más ni menos, lo cual ha servido para aumentar un poco la autoestima de los que hablamos el minoritario dialecto español. El pasado diciembre, el diputado de ERC Joan Tardá utilizó la hermosa lengua de mosén Jacinto Verdaguer para encender una traca coronada por un desbarrado «¡Muera el Borbón!», ante la infinita comprensión de otro mosén, José Bono, que justificó al pirómano diciendo que era «una persona muy emotiva y muy primaria», o sea, como si fuera un andaluz cualquiera.
Pero no es ésta la única revelación del episodio. Involuntariamente nos ha hecho recapacitar sobre la diferencia entre el derecho a hablar cualquier lengua y el pecado de destrozarla. Bernard Shaw nos mostró en su 'Pygmalion' la importancia del lenguaje como factor determinante del estatus social, al menos en la Inglaterra victoriana. En nuestra España no ocurriría exactamente así, porque la aristocracia del pelotazo no ha precisado de una buena dicción para llegar a lo más alto del escalafón; por otro lado, los responsables educativos de nuestra democracia no han considerado importante que nuestros jóvenes cuiden la ortografía y la prosodia. Pero es innegable que el conocimiento y la inteligencia necesitan abrir las compuertas del lenguaje para que fluyan al exterior, y si no, que se lo pregunten a Rosa, la cantante de Operación Triunfo: la entrañable granadina necesitaba echar mano del canto para compensar la tortura de su habla asilvestrada, que aprisionaba un indudable talento. Claro que siempre hay a punto un mercenario de la cultura autonómica para defender su incomprensible dicción como una 'seña de identidad' de su Trasmulas natal.
Tenga el acento que tenga, una persona que habla bien, con un léxico rico y una correcta sintaxis, traduce el armazón mental con que se estructura la inteligencia. Una persona que habla mal, sencillamente parece tonta. Pirandello escribió «Así es si así os parece». Luego, asistiéndome de su autoridad y volviendo al razonamiento inicial, si una persona cuando habla parece tonta no podremos evitar que, a los ojos de los demás, definitivamente lo sea.
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