EN estos tiempos de desmoronamiento y desconfianza uno ya no puede fiarse ni de la buena reputación. Bernard Madoff gozaba de un acrisolado prestigio como gurú financiero. Una buena reputación ganada durante muchos años de aparente gestión inversora modélica. Y no. La buena reputación sólo era el disfraz del estafador, la superchería de larga urdimbre imprescindible para conseguir la confianza del inversor.
Parece mentira que la macroestafa se haya articulado una vez más mediante el sistema de la pirámide: pagas los intereses y las retiradas de fondos con las aportaciones más recientes, pero todo lo demás te lo has llevado; un ratón con cabeza y rabo, pero sin cuerpo. Si se ha descubierto la estafa es debido a la crisis. Demasiados inversores han querido retirar sus fondos al mismo tiempo y le han desbordado. ¿Cómo ha sido posible que la estafa haya funcionado tanto tiempo? Por la codicia que ofusca la perspicacia, por las auditorías amañadas... Pero sobre todo por su buena reputación, lo cual otorga al personaje una dimensión borgiana. Así, quizá un juez que lleva veinte años de labor intachable es un corrupto desde el principio que aguarda con paciencia a que la cortina de buena reputación sea tupida para poder prevaricar impunemente. O el agente doble que ha quedado como un héroe para su causa enemiga porque no tuvo oportunidad de ser eficaz para los suyos. Al fin y al cabo, como decía el cínico amante de las paradojas, quizá la más perfecta forma de mentira sea decir la verdad.
Volviendo a Madoff y al prestigio de su empresa, una pirámide con una momia sonriente dentro. ¿Podemos estar seguros de que los bancos no son en realidad pirámides? Al fin y al cabo, tampoco podrían hacer frente a una retirada general de fondos. Ya, pero porque están invertidos o prestados. ¿Seguro? Sí. Está garantizado por los controles a los que les somete el Estado y por las auditorías. ¿O se confía en su reputación y se teme su poder y los controles podrían falsificarse? ¿Toda esta crisis financiera no tiene un bastante de pirámide y de castillo de naipes? ¿De derrumbamiento encadenado de precarias columnas apoyadas unas en otras, tambaleantes por haber alcanzado una altura irresponsable debida a la voraz codicia? ¿Cuántos Bernard Madoff quedan por ahí con la careta puesta y al frente de consejos de administración? No recuerdo quién decía que el auténtico crimen no es robar un banco, sino fundarlo.