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Málaga

23.11.08 -

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El Centro Municipal de Acogida da para contar muchas anécdotas. Los trabajadores del albergue tienen muchas guardadas en el recuerdo. Algunas son entrañables. Otras, mucho más tristes. Incluso han vivido historias de amor. Rosa Martínez, directora del centro, y María Ortigosa, trabajadora social, recuerdan en especial la de dos usuarias que se conocieron en el albergue y terminaron casándose. «Nosotros fuimos a la boda como testigos y entre todos los trabajadores pagamos a las novias un hotel para que no pasasen su noche de bodas en la calle», recuerda Rosa. «Fue una historia muy bonita, al menos mientras duró, porque al final acabó en malos tratos; ¡una pena!», señala María.
También recuerdan con cariño el caso de otra usuaria que tenía muchos problemas con las drogas. «Se llamaba Ana María y era una chica con mucha gracia, te reías mucho con ella», indican. Una y otra vez intentaban alejarla de sus adicciones, pero siempre recaía. Ella decía que el mejor remedio para no pensar en el mono era hacer sopas de letras, así que se compraba un libro de crucigramas y se sentaba en la entrada del Centro de Acogida, donde se pasaba las horas muertas. «Ve, señorita, a mí esto es lo que me quita de los vicios», eran las palabras de Ana María. «Al cabo de unas horas, desaparecía y volvía al cabo de los días fatal», dice María. Al final, pudieron más las drogas que las sopas de letras y se llevaron por delante a Ana María.
Vino a cuenta
Otro caso que no olvidan es el de Dolores, una mujer que cada vez que iba a los bares de la zona a beber vino dejaba la cuenta a cargo del albergue. Al final, consiguieron que se recuperase y les escribió una carta desde su nuevo hogar en Murcia para contarles que todo le iba bien.
También han tenido usuarios de lo más devoto. Es el caso de Antonia, que ahora vive en Canarias. «Todos los años reúne dinero en las islas para viajar hasta Málaga para ver el Cautivo en Semana Santa y claro, cuando llega aquí ya está otra vez sin un duro y termina acudiendo a nosotros», asegura Rosa.
En otra ocasión, el Centro de Acogida tuvo que llevar a un anciano, Rosendo, ante el juez para incapacitarle y poder ingresarle en un psiquiátrico porque tenía problemas mentales. «Creo que ese día fue el más lúcido que tuvo el hombre y le contaba al juez que estaba harto de escapar del albergue pero que nosotros siempre le encontrábamos y le metíamos en la bañera, con lo que él odiaba el agua», rememora entre risas.
Uno de los momentos más felices para el Centro de Acogida es la feria, cuando los trabajadores se llevan a los usuarios a pasar un día en las casetas. Desde hace dos años, el Circo del Sol también invita a todos sus espectáculos en la capital a las personas que pernoctan en el albergue.
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