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Eduardo, Rosa y Nieves son sólo un ejemplo de la pesadilla que viven muchas familias a las que ya no les salen las cuentas. Al relatar su peculiar calvario los tres coinciden en que se han quedado sin margen para afrontar más incrementos e insisten en que la evolución del indicador les mantiene «en un sinvivir». Ante la previsión de una rebaja de tipos, suspiran aliviados y cruzan los dedos por que se cumpla la estimación de los analistas.
Una subida agónica
A Eduardo García, la trayectoria al alza del euríbor le ha obligado a licenciarse en economía a marchas forzadas en la escuela de la vida. Desde que firmó su hipoteca en junio de 2005, la letra le ha subido nada menos que 250 euros. «En tres años he pasado de pagar 700 euros a desembolsar 950», precisa este padre de familia con un hijo de 4 años que mantener a cuenta de una nómina cada vez más absorbida por el préstamo de su vivienda.
«Mi mujer gana unos 600 euros, por lo que para afrontar la letra necesitamos su salario y parte de el mío. Y luego suma el coche, el ordenador, el comedor del niño, la cesta de la compra... Estamos al límite, ya no nos queda casi para vivir», denuncia.
Rosa Castro, una auxiliar de clínica, comparte esta angustia. Su caso es muy similar. Empezó pagando 820 euros por un piso de 90 metros cuadrados en la capital y, para su asombro, su cuota ya supera los cuatro dígitos. «Si me hubieran dicho que se me subiría tanto dudo que me hubiera metido en comprar nada. No hay derecho a que pase esto. Mi marido se ha quedado en paro y estamos saliendo al paso gracias a la ayuda de nuestros padres», explica esta malagueña de 32 años.
Números rojos
El testimonio de Nieves de la Torre también emana desesperación. Esta administrativa cuenta que hace cuatro años pagaba 600 euros por un pequeño piso de dos habitaciones y hoy va por algo más de 800. 200 euros de diferencia que hacen que esta soltera se vea obligada a hacer auténticas acrobacias para sortear los números rojos.
Ahora sólo confía en que el euríbor le conceda una tregua. «Reviso en febrero y rezo por que me descuenten un pico. Eso, o tendré que vender la casa», señala.









