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Los errores del Nobel
PREMIADO. Le Clézio, ganador del Nobel de Literatura. / REUTERS
EL testamento del filántropo sueco Alfred Nobel causó un gran revuelo cuando se hizo público en diciembre de 1895 en San Remo, Italia. A él se opusieron desde la familia del testador hasta la propia corona sueca, con el cicatero monarca Óscar II, que intentó quedarse con buena parte de los cientos de millones de coronas destinado a premiar las excelencias humanas en Física, Química, Literatura y Paz. Los Premios Nobel salieron adelante gracias a la gestión eficaz de un gabinete de abogados de Estocolmo que defendió radicalmente la última voluntad del finado y logró crear una fundación que canalizó, fundó e instauró los galardones más prestigiosos del planeta Tierra gracias a la invención de la dinamita; parece mentira que la explosiva y destructora dinamita que ideó Alfred Nobel sirviera para condecorar anualmente a los pacíficos, médicos, físicos, letrados y químicos.

Desde que se instituyó el Premio Nobel ha sufrido presiones políticas, distintos 'lobbys' de lobos se han lanzado sobre la ingenua estrategia de destacar a los mejores. Ha habido patinazos espectaculares, grandes olvidados, canjes inauditos, enormes contradicciones. Sobre todo el premio Nobel de la Paz y el de Literatura. Se ha otorgado el premio Nobel de la Paz a personajes que no deberían haberlo recibido, como el político argentino Carlos Saavedra Lamas, que se dice estuvo implicado en tráfico de armas en la guerra del Chaco entre su país y Paraguay, o a Henry Kissinger, lo peor de la administración Nixon, incluso peor que el propio Richard Nixon, no olvidemos que Kissinger fue quien posibilitó y financió la traición y el golpe del general Pinochet contra la democracia chilena.

El Premio Nobel de Literatura ha patinado, y sigue patinando. Llama la atención que la creación literaria, que tendría que ser el territorio de la libre expresión, sea el más mediatizado. Nuestro insulso e irreverente Echegaray fue Nobel en 1904 y Proust, Ibsen, Joyce, Cocteau o Jorge Luis Borges fueron rechazados. Nunca entendí que se lo concedieran a Camilo José Cela: un narrador eficaz pero irregular. No entiendo que Mario Vargas Llosa aún no se haya hecho con el Nobel. Me alegré cuando Octavio Paz fue a Estocolmo a recibirlo, no tanto cuando Saramago viajó a la capital sueca estando vivo Kapuçinsky. Son delirantes las quinielas que se hacen específicamente sobre los Nobel literarios: a más de diez se les ve el plumero. Cuentan que los miembros del jurado de este galardón son literalmente secuestrados en un hotel y aislados del resto del mundo, pero aún así, son perseguidos con saña por las distintas capillas internacionales: embajadores, obispos, presidentes, editores e incluso reyes, interfieren con sus llamadas telefónicas y mensajes que deben ser cifrados por criptoanalistas. El jurado del Nobel literario aguanta su vela.

El Nobel 2008 para el francés Jean Marie le Clézio me ha dejado frío. Le Clézio ha renacido del cierto olvido porque tuvo su momento a mediados de los ochenta y luego se fue apagando. Su novela 'El africano' ha sido destacada como la mejor de su dilatada y prolífica carrera, sin embargo, considero que 'El africano', de 2004, no es lo más destacado de este autor. Francia llevaba años preparando este Nobel. Al profesor Le Clézio lo nombraron el mejor escritor francés vivo en 1994 y este año aparecía en las famosas quinielas en un puesto mediano. El candidato favorito era el magnífico ensayista italiano Claudio Magris, autor de esa joya de la literatura mundial titulada 'Danubio'. Magris lleva años como Nobel 'in pectore' sin ninguna suerte. Confío que el año próximo se lo concedan y que no quede su nombre congelado durante décadas, como le ocurrió a Borges y le está pasando, también, a Mario Vargas Llosa.
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