NARRATIVA

El autor portugués crea un arquetipo, un alter ego, un símbolo y lo hace con todas las reglas de la más escrupulosa verosimilitud. El narrador en primera persona queda impresionado por unos versos de Mendes que lee en un ejemplar arrugado de un periódico en 1867 aunque la amistad con el personaje arranca en París en 1880. Es imprescindible destacar esta falsa verdad para entender un libro que mezcla las memorias, el homenaje y las cartas. La construcción final es perfecta. El lector entra con todo gusto en este juego de mentiras probables para encontrarse con un tipo literario muy interesante.
El siglo XIX asistió a un gran desarrollo de las ciencias y de la tecnología, a la aparición de nuevas naciones, al desarrollo del colonialismo, a la Pax Britannica. El siglo XIX tiene como héroe al hombre de acción que se adentra en las selvas y escala las cumbres más altas, pero este modelo no se contradice con el del viajero que se mueve por el mero placer de conocer, de ir de acá para allá, un curioso observador de todo lo que ocurre a su alrededor; claro que con muy buenas rentas que le permiten no hacer otra cosa que no sea cultivar su espíritu. Se trata de una pasividad activa que lo lleva a ser un degustador de todo lo que de bueno la vida ofrece.
Un tópico repetido es el de la acción de los anglosajones frente a la inacción de los mediterráneos; ya sabemos que como todo tópico es más que discutible, pero es cierto que la cultura del sur, la nuestra, tiene un componente hedonista muy claro y el personaje creado por Queirós nos encarna muy bien aunque también en las Islas Británicas se encuentran tipos parecidos, tipos enamorados del sur casi siempre.
Poderosa atracción
Fradique Mendes es alguien con el que no es difícil identificarse, te atrae con una fuerza poderosa aunque es algo pedante, pero algún defecto tenía que tener. Es apuesto, viste muy bien, nunca comenta nada de su vida afectiva, es un viajero incansable, le encanta agotar los temas que le interesan, vive en París, pero vuelve todos los años a su hacienda de Cintra, adora Portugal a lo lejos, se deduce que tiene mucho éxito con las mujeres, rinde culto a la amistad, se considera filósofo, se apasiona con las cosas, es buen conversador y, lo más importante, no deja otro rastro que no sea el cariño de los que le conocen; se sabe que inició alguna obra de empeño, pero si existió quedó guardada en una caja y a buen recaudo de una dama que, según parece, lo amó mucho.
El libro tiene dos partes; la primera es la que se dedica a contar las cualidades de Fradique en el contexto de su vida y de su relación con el narrador que pone mucho empeño en rechazar la etiqueta de diletante que se le podría aplicar a su amigo. El diletante pasa por las cosas como deslizándose, sin implicarse; por el contrario el prócer lusitano se zambulle en los temas con una pasión desbordante aunque después no pase a la acción.
La segunda parte son las cartas que Fradique envía a diferentes personas; las de amor son las que menos me interesan, pero hay algunas que son magistrales. La carta que envía al señor E. Mollinet que le pide datos sobre el famoso Pacheco tiene una actualidad extraordinaria. El tal Pacheco estudió en Coimbra y pronto se extendió la fama de su enorme inteligencia aunque ninguna prueba hubiera dado de ella, pronto entró en política y fue diputado, su fama siguió creciendo aunque él no hablaba casi nunca y las poquísimas frases que pronunciaba eran cosas obvias, entró en el Ministerio y siguió con la misma conducta, llegó a Primer Ministro y todo el mundo seguía admirando su gran talento.
La ironía, la gracia y la agilidad de Queirós son insuperables. El tal Pacheco ocupó todos los altos cargos imaginables entre la adoración de las muchedumbres, pero nunca hizo nada de nada. Otras cartas notables son las que recrean el ambiente de una pensión de Lisboa con sus pupilos. Léase el volumen, que merece la pena.









